miércoles, 27 de enero de 2016

LOS DOS ARREOLA

        


Por Martín Adalberto Sánchez Huerta*

        La televisión me dejó ver su imagen y escuchar su poderosa voz. Bebí inocentemente de sus palabras  en mis libros de texto. Me regaló uno de mis primeros momentos de asombro frente al misterio de la poesía  cuando  -hábil mago- convirtió al sapo en un palpitante corazón entre el lodo. Después el elefante, aquel último modelo terrestre de maquinaria pesada que nació calvo debido  a una fría y remota  herencia, vino a mi encuentro por entre la página de un libro…

       Pasé mi infancia en una ciudad fronteriza y más tarde el destino llevaría mis huesos a deambular más hacia el sur del país. Así  llegué a  Zamora, Michoacán, donde pasaría un año. Después  conocería (me hablaba mi madre de un pueblito en Jalisco y sus recuerdos se llenaban de vacas mugientes por el empedrado de las calles, de templos luminosos llamando con el tan tan de sus campanas  a misa. Las tardes de fruta recién cortada, de domingos bulliciosos de parejas de novios dando la vuelta por la plaza iluminada por el color de los algodones de azúcar y el temblor de los globos en la mano  de niños inquietos) el lugar donde nací: Tecalitlán. Cuna del mariachi Vargas, institución musical internacionalmente conocida.

       Después que hube terminado mis estudios de secundaria ingresé al Centro Regional de Educación Normal, en Ciudad Guzmán. Ahí volví a reencontrarme con Juan José Arreola. La Feria, Confabulario, El  Bestiario, Varia Invención, Palindroma,  me atraparon. Y ya no pude, como tantos lectores, escapar a su magia. Recuerdo mi asombro de que aquel mago de la palabra pudiera convertir una carta, un anuncio, un corrido en un cuento. Reducir el espacio  de acción a las dimensiones de un faro donde tres personajes encarnan  desde su particular historia un ejemplo más universal del amor y la traición. Y… ya el tren del guarda agujas  había roto las fronteras de la imaginación para llevarme a un encuentro inexorable con el maestro. Un buen día, inconfundible, en el breve artificio de su motocicleta lo vi pasar firme y sereno por la calle. Supe entonces que tendría que hablar con él. La oportunidad, que nunca aproveché como debiera, se presentó tiempo después. El caminaba cerca del centro de Zapotlán el Grande, como imagino que le gustaba llamar a su pueblo. Unos niños se le acercaron. Creo que les dio unos dulces, no sé. Yo me paré muy cerca y le pregunté que si iba a su casa. Me miró con sus grandes ojos soñadores y me contestó con su voz de actor y malabarista de palabras que sólo iba a pasear. No recuerdo exactamente esas palabras pero si el instante fugaz en que ya no fui capaz de establecer ningún diálogo. Desapareció rápidamente de mi vista, perdiéndose  en el alma de las calles.

      El segundo encuentro fue en la escuela Normal. Había sido invitado a jugar ajedrez con alumnos de la institución. Me acerqué entonces como muchos condiscípulos a estrechar su mano. Sólo eso. La imagen de su actitud pensante frente a los diez tableros que alinearon para que jugara simultáneamente  con el mismo número de contrincantes, la de su concentrada imaginación extendiéndose más allá de su mirada se quedaron en el preciado álbum de fotografías mentales que aún conserva la memoria.

       Muchos años después –y no frente al pelotón de fusilamiento- en la conformación de un grupo cultural bajo la sombra tutelar de su nombre y obra, recordaría la tarde primera de nuestros breves encuentros.

       Hace ya poco más de treinta años de aquello. Mis ganas y tesón por  escribir me han llevado a recorrer algunos territorios sagrados de la literatura Jalisciense. Y en un certamen de cuento organizado allá por entre el llano de San Gabriel de Rulfo conocí a Orso Arreola. Lo había visto años antes, cuando el gran Juan José aún vivía,  en otro certamen en Sayula, pero hasta el evento en San Gabriel cruzamos palabra. Ahora me precio de su amistad. Las tardes  de charla, el vasto campo de los territorios de sus gustos y aficiones dejan entrever al padre. Su emoción al declamar, ese humor fino que se desliza fácilmente por sus palabras deja en claro al hijo. Hay momentos en que ante mí se fusionan los dos Arreola. Orso es Orso. Su vida, la historia de su vida es un transcurrir de anécdotas salpicadas por la presencia  y personalidad de su padre. El encuentro inevitable con Paz, Rulfo, Fuentes y un largo etcétera, está ligado al entorno del escritor que lleva en sí mismo.

       Juan José es Juan José. Está por demás hablar de su vida y legado, la historia de la literatura lo consigna. Su obra es libre y recorre el mundo con sus propios pasos.

       Hoy que celebramos su nacimiento, padre e hijo se reencuentran. El hecho, histórico en sí, une más que nunca a los dos Arreola: Le da su lugar al genial escritor y al hijo nos lo presenta dueño de su propio nombre e historia.

       Los restos mortales de Juan José ocuparán el lugar que deben: la Rotonda de los Hombres Ilustres de Jalisco. Su nombre el lugar preciso: Escritor universal nacido en Zapotlán, el Grande, Jalisco.

       Quizá mañana me tome un café con mi amigo Orso, ese otro Arreola, confabulador y nostálgico que, fiel hijo, cuida un legado universal en  Ciudad Guzmán, también Jalisco. Quizá.

Martín Adalberto Sánchez Huerta, es profesor, narrador y poeta.


Si usted gusta consultar la versión en Pdf de La gaceta Literaria puede hacerlo en este link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/01-curvas



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