Por Martín Adalberto Sánchez Huerta*
La
televisión me dejó ver su imagen y escuchar su poderosa voz. Bebí inocentemente
de sus palabras en mis libros de texto.
Me regaló uno de mis primeros momentos de asombro frente al misterio de la
poesía cuando -hábil mago- convirtió al sapo en un
palpitante corazón entre el lodo. Después el elefante, aquel último modelo
terrestre de maquinaria pesada que nació calvo debido a una fría y remota herencia, vino a mi encuentro por entre la
página de un libro…
Pasé mi infancia en una ciudad
fronteriza y más tarde el destino llevaría mis huesos a deambular más hacia el
sur del país. Así llegué a Zamora, Michoacán, donde pasaría un año.
Después conocería (me hablaba mi madre
de un pueblito en Jalisco y sus recuerdos se llenaban de vacas mugientes por el
empedrado de las calles, de templos luminosos llamando con el tan tan de sus
campanas a misa. Las tardes de fruta
recién cortada, de domingos bulliciosos de parejas de novios dando la vuelta
por la plaza iluminada por el color de los algodones de azúcar y el temblor de
los globos en la mano de niños
inquietos) el lugar donde nací: Tecalitlán. Cuna del mariachi Vargas,
institución musical internacionalmente conocida.
Después que hube terminado mis estudios
de secundaria ingresé al Centro Regional de Educación Normal, en Ciudad Guzmán.
Ahí volví a reencontrarme con Juan José Arreola. La Feria, Confabulario,
El Bestiario, Varia Invención,
Palindroma, me atraparon. Y ya no pude,
como tantos lectores, escapar a su magia. Recuerdo mi asombro de que aquel mago
de la palabra pudiera convertir una carta, un anuncio, un corrido en un cuento.
Reducir el espacio de acción a las
dimensiones de un faro donde tres personajes encarnan desde su particular historia un ejemplo más
universal del amor y la traición. Y… ya el tren del guarda agujas había roto las fronteras de la imaginación
para llevarme a un encuentro inexorable con el maestro. Un buen día,
inconfundible, en el breve artificio de su motocicleta lo vi pasar firme y
sereno por la calle. Supe entonces que tendría que hablar con él. La
oportunidad, que nunca aproveché como debiera, se presentó tiempo después. El caminaba
cerca del centro de Zapotlán el Grande, como imagino que le gustaba llamar a su
pueblo. Unos niños se le acercaron. Creo que les dio unos dulces, no sé. Yo me
paré muy cerca y le pregunté que si iba a su casa. Me miró con sus grandes ojos
soñadores y me contestó con su voz de actor y malabarista de palabras que sólo
iba a pasear. No recuerdo exactamente esas palabras pero si el instante fugaz
en que ya no fui capaz de establecer ningún diálogo. Desapareció rápidamente de
mi vista, perdiéndose en el alma de las
calles.
El segundo encuentro fue en la escuela
Normal. Había sido invitado a jugar ajedrez con alumnos de la institución. Me
acerqué entonces como muchos condiscípulos a estrechar su mano. Sólo eso. La
imagen de su actitud pensante frente a los diez tableros que alinearon para que
jugara simultáneamente con el mismo
número de contrincantes, la de su concentrada imaginación extendiéndose más
allá de su mirada se quedaron en el preciado álbum de fotografías mentales que
aún conserva la memoria.
Muchos años después –y no frente al
pelotón de fusilamiento- en la conformación de un grupo cultural bajo la sombra
tutelar de su nombre y obra, recordaría la tarde primera de nuestros breves
encuentros.
Hace ya poco más de treinta años de
aquello. Mis ganas y tesón por escribir
me han llevado a recorrer algunos territorios sagrados de la literatura
Jalisciense. Y en un certamen de cuento organizado allá por entre el llano de
San Gabriel de Rulfo conocí a Orso Arreola. Lo había visto años antes, cuando
el gran Juan José aún vivía, en otro
certamen en Sayula, pero hasta el evento en San Gabriel cruzamos palabra. Ahora
me precio de su amistad. Las tardes de
charla, el vasto campo de los territorios de sus gustos y aficiones dejan
entrever al padre. Su emoción al declamar, ese humor fino que se desliza
fácilmente por sus palabras deja en claro al hijo. Hay momentos en que ante mí
se fusionan los dos Arreola. Orso es Orso. Su vida, la historia de su vida es
un transcurrir de anécdotas salpicadas por la presencia y personalidad de su padre. El encuentro
inevitable con Paz, Rulfo, Fuentes y un largo etcétera, está ligado al entorno
del escritor que lleva en sí mismo.
Juan
José es Juan José. Está por demás hablar de su vida y legado, la historia de la
literatura lo consigna. Su obra es libre y recorre el mundo con sus propios
pasos.
Hoy que celebramos su nacimiento, padre
e hijo se reencuentran. El hecho, histórico en sí, une más que nunca a los dos
Arreola: Le da su lugar al genial escritor y al hijo nos lo presenta dueño de
su propio nombre e historia.
Los restos mortales de Juan José
ocuparán el lugar que deben: la Rotonda de los Hombres Ilustres de Jalisco. Su
nombre el lugar preciso: Escritor universal nacido en Zapotlán, el Grande,
Jalisco.
Quizá mañana me tome un café con mi
amigo Orso, ese otro Arreola, confabulador y nostálgico que, fiel hijo, cuida
un legado universal en Ciudad Guzmán,
también Jalisco. Quizá.
Martín Adalberto Sánchez Huerta, es profesor, narrador y poeta.
Si usted gusta consultar la versión en Pdf de La gaceta Literaria puede hacerlo en este link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/01-curvas

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