Víctor Manuel Pazarín*
Amo el lenguaje por
sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el
espíritu, desde Isaías a Franz Kafka
Juan José Arreola
Arreola fue, ante todo,
un experimentador de registros narrativos y un consumado fabulador satírico de
la existencia humana. Sus cuentos ofrecen la oportunidad de mirar y de mirarnos,
y da cuenta de cada detalle de nuestros actos; hace de una sola vez una crítica
y eso lo convierte en un autor moralista muy cercano a Esopo.
En cada uno de sus
cuentos parecería que el lector se hallara ante el descubrimiento de un
escritor nuevo: Arreola crea y pule —cada vez que escribe— un mundo. Los
universos arreoleanos son piezas de joyería únicos. Es un artesano que después
de terminar su creación —y de colocarla en la mesa de trabajo—, destruye una y
otra vez los moldes para volver a comenzar, luego, desde el principio.
Leer su obra completa
es encontrarse ante varios escritores y uno en su totalidad. Quizás por eso, de
manera atinada, Alberto Paredes en Figuras
de letras, dice que Arreola es “un laberinto y un laboratorio”.
Afirma Paredes que “la
unidad de los textos de Arreola se sustenta en un extremo por la misma y
continua visión del paisaje humano; ahí donde sátira, ironía y fábula moral son
lo mismo actitud que género literario y soporte narrativo”.
Y después lo describe con
exactitud cuando dice que en el otro extremo de su prosa está “la precisión
verbal como necesidad y como compromiso en tanto escritor” y es “la rúbrica
reconocible de Arreola”.
El fabulador de Zapotlán
es, ante todo, un estilista; muy cercano a la tradición fundada por Julio Torri
y Alfonso Reyes, y a la de algunos autores del grupo de los Contemporáneos.
“El Cuidado estilístico
y narrativo de Arreola —dice Paredes— es una oportuna llamada de atención a la
importancia artesanal e intelectual que el escritor debe tener para con su material
de trabajo e imaginación: las palabras”.
En las
casas de Arreola
En mil novecientos
noventa y ocho, para celebrar los ochenta años de Arreola, la Revista Tierra Adentro preparó un número
especial. Y el poeta Juan Domingo Argüelles me encargó una entrevista con él.
Entonces tuve que
correr para llegar puntual a la cita. A diferencia de otros —quienes lo
tuvieron siempre cerca— yo lo busqué por infinitos días hasta lograr sostener
un breve diálogo por teléfono, donde me indicó la hora y fecha en la cual me
esperaba en su casa de Guadalajara…
Entonces alguien abrió
la puerta. Eran las tres de la tarde del tres de mayo, día de la Santa Cruz.
Recorrí el camino de un breve pasillo. A Juan José Arreola lo había visto por
vez primera hacía más de veinte años, cuando fuimos vecinos y yo acababa de
leer La feria. Recordé en ese breve
lapso las infinitas veces que lo había visto después, en espacios públicos, en
la televisión, en la Casa de la Cultura leyendo en voz alta para mostrarnos la
enorme calidad de algunos poemas mexicanos, cuando fui su alumno, en su casa de
Zapotlán, donde conversé con él para luego colocar sus palabras en mi libro Arreola, un taller continuo, publicado
en mil novecientos noventa y cinco.
Esa mañana me dijo:
“La vocación a mí me
viene desde muy temprano, porque tuve un padre y una hermana mayor que amaban
la literatura y que sabían leer muy bien en voz alta. Mi padre tenía un
particular gusto por leer poemas de poetas románticos y algunos romanticones.
Como estimaba mucho a Gaspar Núñez de Arce, de ahí me viene a mí algo que me
duró toda la vida: que es el gusto por la buena versificación. Núñez de Arce,
que por cierto nació en Valladolid, donde también nació Gerardo Diego. Mi padre
le tuvo estimación y leía muy bien unos poemas muy extensos de Núñez de Arce.
Entonces a mí me cautivó la serie de sonoridades que se podían conseguir con el
idioma, con las palabras que utilizábamos todos los días en Zapotlán, y que de
pronto los poetas, los versificadores buenos, las transfiguraban: se
convertían, por decirlo así, en verdaderos objetos. Borges los llamaría después
objetos verbales, hablando nada menos que de don Francisco de Quevedo: con el
cual acabo de tener otra resurrección, por la memoria... En general te podría
decir, para que lo tomes en cuenta (se me ocurrió nada menos ahorita en el
momento en que llegabas): sólo puedo hablar de las cosas que viven en mi
memoria”.
Antes, en mil
novecientos noventa, conversé con Arreola en su casa del bosque, en Zapotlán;
allí recordó sus inicios como maestro, que lo fue toda su vida.
“Aquí yo no puedo
olvidar —me dijo— que siendo, como tú dices, profesor, empecé ya a ejercer esta
condición, digamos, de maestro natural-improvisado, más bien natural: lo de
improvisado todos lo somos, de alguna manera, en mucho. En mil novecientos
cuarenta y uno —aquí en Zapotlán— tuve un grupo en una secundaria recién
abierta. Daba historia de la literatura universal e hispanoamericana y, luego,
historia universal y patria. Y ya con eso empecé a hacer las armas que después hicieron
nacer a este tipo de maestro especial que he sido, muy desordenado, poco formal
y demás. Pero eso es lo que me ha valido un poco…”.
La rosa
blanca de Arreola
Juan José Arreola, tras
una larga enfermedad, murió el tres de diciembre de dos mil uno. Yo, que había
leído infinitamente sus obras, pero en especial La feria (1963), como muchos, me sentí dolorido.
De La feria, en
mil novecientos setenta y dos, Octavio Paz había dicho que es una “obra en la
que la prodigiosa pirotecnia verbal se alía a la mirada, a un tiempo imparcial
e irónica, de un historiador de las costumbres y las almas”.
Y el cuatro de
diciembre la imagen que yo veía, a mí, me probaba que todo artista en cierto
momento, se convierte en parte de su propia escritura, pues vi llegar el
féretro donde estaba el cuerpo mortal del narrador de Zapotlán, y todo hacía
recordar su trabajo y su persona. Una larga fila de personas lo seguía y
recordaba alguna escena de su novela. Fue Guadalajara, entonces, Zapotlán. Fue
el Paraninfo el templo de la velación. Fuimos todos personajes de una
imaginación en ese momento ya dormida, pero despierta en cada uno de sus cuentos.
Yo me paré a la entrada
del recinto, sobre la escalinata, para ver pasar por vez última a Arreola. Al
féretro de finas maderas lo adornaba un arreglo de rosas blancas, que a esa
hora de mucho sol resplandecía. A su paso no pude evitar la tentación de
alargar mi brazo y tomar una, guardarla en el bolsillo interior del saco y,
luego que vi perderse el ataúd donde estaba el cuerpo de Arreola, huir con ese
diamante. Quizás mi mano resplandecía, porque sentía su luz. Tal vez el hurto
fue una forma de despedir al maestro, al narrador.
La blanca flor, luego,
la deposité en una vasija especial. Allí ha permanecido oculta. Ahora que
escribo estas líneas, después de muchos años, la he vuelto a sacar. Está en mis
manos. Brilla. Deslumbra en mis ojos. Abre en mi corazón el sentimiento y el
cariño que tuve, desde muy joven, por Arreola. Desde que leí por vez primera La feria en la escuela primaria. Desde
que supe que Juan José Arreola era mi vecino o yo de él, pero no lo sabía.
Ahora lo sé. Siempre debí haberlo sabido porque el mismo cielo —el mismo y
distinto— a ambos nos abrigó en Zapotlán…
*Víctor Manuel Pazarín, es escritor, editor y periodista.
Si usted gusta consultar la versión en Pdf de La gaceta Literaria puede hacerlo en este link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/01-curvas
*Víctor Manuel Pazarín, es escritor, editor y periodista.
Si usted gusta consultar la versión en Pdf de La gaceta Literaria puede hacerlo en este link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/01-curvas

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