miércoles, 27 de enero de 2016

La blanca flor de Arreola






Víctor Manuel Pazarín*

Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka
Juan José Arreola

Arreola fue, ante todo, un experimentador de registros narrativos y un consumado fabulador satírico de la existencia humana. Sus cuentos ofrecen la oportunidad de mirar y de mirarnos, y da cuenta de cada detalle de nuestros actos; hace de una sola vez una crítica y eso lo convierte en un autor moralista muy cercano a Esopo.

En cada uno de sus cuentos parecería que el lector se hallara ante el descubrimiento de un escritor nuevo: Arreola crea y pule —cada vez que escribe— un mundo. Los universos arreoleanos son piezas de joyería únicos. Es un artesano que después de terminar su creación —y de colocarla en la mesa de trabajo—, destruye una y otra vez los moldes para volver a comenzar, luego, desde el principio.

Leer su obra completa es encontrarse ante varios escritores y uno en su totalidad. Quizás por eso, de manera atinada, Alberto Paredes en Figuras de letras, dice que Arreola es “un laberinto y un laboratorio”.

Afirma Paredes que “la unidad de los textos de Arreola se sustenta en un extremo por la misma y continua visión del paisaje humano; ahí donde sátira, ironía y fábula moral son lo mismo actitud que género literario y soporte narrativo”.

Y después lo describe con exactitud cuando dice que en el otro extremo de su prosa está “la precisión verbal como necesidad y como compromiso en tanto escritor” y es “la rúbrica reconocible de Arreola”.

El fabulador de Zapotlán es, ante todo, un estilista; muy cercano a la tradición fundada por Julio Torri y Alfonso Reyes, y a la de algunos autores del grupo de los Contemporáneos.

“El Cuidado estilístico y narrativo de Arreola —dice Paredes— es una oportuna llamada de atención a la importancia artesanal e intelectual que el escritor debe tener para con su material de trabajo e imaginación: las palabras”.

En las casas de Arreola
En mil novecientos noventa y ocho, para celebrar los ochenta años de Arreola, la Revista Tierra Adentro preparó un número especial. Y el poeta Juan Domingo Argüelles me encargó una entrevista con él.

Entonces tuve que correr para llegar puntual a la cita. A diferencia de otros —quienes lo tuvieron siempre cerca— yo lo busqué por infinitos días hasta lograr sostener un breve diálogo por teléfono, donde me indicó la hora y fecha en la cual me esperaba en su casa de Guadalajara…

Entonces alguien abrió la puerta. Eran las tres de la tarde del tres de mayo, día de la Santa Cruz. Recorrí el camino de un breve pasillo. A Juan José Arreola lo había visto por vez primera hacía más de veinte años, cuando fuimos vecinos y yo acababa de leer La feria. Recordé en ese breve lapso las infinitas veces que lo había visto después, en espacios públicos, en la televisión, en la Casa de la Cultura leyendo en voz alta para mostrarnos la enorme calidad de algunos poemas mexicanos, cuando fui su alumno, en su casa de Zapotlán, donde conversé con él para luego colocar sus palabras en mi libro Arreola, un taller continuo, publicado en mil novecientos noventa y cinco.

Esa mañana me dijo:
“La vocación a mí me viene desde muy temprano, porque tuve un padre y una hermana mayor que amaban la literatura y que sabían leer muy bien en voz alta. Mi padre tenía un particular gusto por leer poemas de poetas románticos y algunos romanticones. Como estimaba mucho a Gaspar Núñez de Arce, de ahí me viene a mí algo que me duró toda la vida: que es el gusto por la buena versificación. Núñez de Arce, que por cierto nació en Valladolid, donde también nació Gerardo Diego. Mi padre le tuvo estimación y leía muy bien unos poemas muy extensos de Núñez de Arce. Entonces a mí me cautivó la serie de sonoridades que se podían conseguir con el idioma, con las palabras que utilizábamos todos los días en Zapotlán, y que de pronto los poetas, los versificadores buenos, las transfiguraban: se convertían, por decirlo así, en verdaderos objetos. Borges los llamaría después objetos verbales, hablando nada menos que de don Francisco de Quevedo: con el cual acabo de tener otra resurrección, por la memoria... En general te podría decir, para que lo tomes en cuenta (se me ocurrió nada menos ahorita en el momento en que llegabas): sólo puedo hablar de las cosas que viven en mi memoria”.

Antes, en mil novecientos noventa, conversé con Arreola en su casa del bosque, en Zapotlán; allí recordó sus inicios como maestro, que lo fue toda su vida.

“Aquí yo no puedo olvidar —me dijo— que siendo, como tú dices, profesor, empecé ya a ejercer esta condición, digamos, de maestro natural-improvisado, más bien natural: lo de improvisado todos lo somos, de alguna manera, en mucho. En mil novecientos cuarenta y uno —aquí en Zapotlán— tuve un grupo en una secundaria recién abierta. Daba historia de la literatura universal e hispanoamericana y, luego, historia universal y patria. Y ya con eso empecé a hacer las armas que después hicieron nacer a este tipo de maestro especial que he sido, muy desordenado, poco formal y demás. Pero eso es lo que me ha valido un poco…”.

La rosa blanca de Arreola
Juan José Arreola, tras una larga enfermedad, murió el tres de diciembre de dos mil uno. Yo, que había leído infinitamente sus obras, pero en especial La feria (1963), como muchos, me sentí dolorido.

         De La feria, en mil novecientos setenta y dos, Octavio Paz había dicho que es una “obra en la que la prodigiosa pirotecnia verbal se alía a la mirada, a un tiempo imparcial e irónica, de un historiador de las costumbres y las almas”.

Y el cuatro de diciembre la imagen que yo veía, a mí, me probaba que todo artista en cierto momento, se convierte en parte de su propia escritura, pues vi llegar el féretro donde estaba el cuerpo mortal del narrador de Zapotlán, y todo hacía recordar su trabajo y su persona. Una larga fila de personas lo seguía y recordaba alguna escena de su novela. Fue Guadalajara, entonces, Zapotlán. Fue el Paraninfo el templo de la velación. Fuimos todos personajes de una imaginación en ese momento ya dormida, pero despierta en cada uno de sus cuentos.

Yo me paré a la entrada del recinto, sobre la escalinata, para ver pasar por vez última a Arreola. Al féretro de finas maderas lo adornaba un arreglo de rosas blancas, que a esa hora de mucho sol resplandecía. A su paso no pude evitar la tentación de alargar mi brazo y tomar una, guardarla en el bolsillo interior del saco y, luego que vi perderse el ataúd donde estaba el cuerpo de Arreola, huir con ese diamante. Quizás mi mano resplandecía, porque sentía su luz. Tal vez el hurto fue una forma de despedir al maestro, al narrador.


La blanca flor, luego, la deposité en una vasija especial. Allí ha permanecido oculta. Ahora que escribo estas líneas, después de muchos años, la he vuelto a sacar. Está en mis manos. Brilla. Deslumbra en mis ojos. Abre en mi corazón el sentimiento y el cariño que tuve, desde muy joven, por Arreola. Desde que leí por vez primera La feria en la escuela primaria. Desde que supe que Juan José Arreola era mi vecino o yo de él, pero no lo sabía. Ahora lo sé. Siempre debí haberlo sabido porque el mismo cielo —el mismo y distinto— a ambos nos abrigó en Zapotlán… 

*Víctor Manuel Pazarín, es escritor, editor y periodista. 

Si usted gusta consultar la versión en Pdf de La gaceta Literaria puede hacerlo en este link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/01-curvas

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