Por: Guillermo Jiménez
Portada de la edición príncipe de la Plaquete ¿Quién es el autor de la "Imitación de Cristo"?
A mi amado padre el señor Lic. Jesús Prospéro Jiménez, con un beso en
sus venerables manos.
Al Sr. Dr. Ladislao Chávez Gutiérrez,
afectuosamente.
La riente campana del Seminario
anunciaba la salida de clase. Después de rezar todos los estudiantes
abandonábamos el aula ávidos de libertad y de sol; se oían risas jocundas,
gritos jubilosos y, en medio de tanta algarabía, vibraba la voz grave del
Rector (Sr. Pbro. Ignacio Chávez Gutiérrez), que imponía silencio.
Éramos muchachos de trece a catorce
años de edad y parecíamos una parvada de pájaros que, agitando sus ligeras alas
en la opulencia de un cielo azul, en una diáfana mañana de primavera, emprenden
el vuelo al país del Ensueño.
Dios mío: ¿por qué no guardaste
siempre blanco mi espíritu, como una flor de nieve bañada en sol?
¿Por qué permitiste que manchara mi
cándida vestidura de niño?
¡Oh! Señor, ¿para qué pondría esa
gota de púrpura en el suave armiño de mi alma?
¡Qué hermosos tiempos aquellos!
Era un enfermo día de febrero;
parecía que un gran manto de tristeza envolvía los contornos de las cosas…el
día anterior habíase celebrado el onomástico de nuestro amado Rector con una
flamante fiesta literaria.
Tarareando el melancólico ritornello de unos misterios religiosos,
se pasaba el Rector Chávez por los corredores del Colegio jugando unas llaves
minúsculas y viendo a todos los colegiales que descomponían el adorno del
salón. Unos desprendían de los arcos y de las columnas los festones de aromático
pino y de flores de papel de china, descoloridas ya por la brisa de a tarde;
otros, bajaban los pabellones de gasa, las grandes lámparas de gas que habían
iluminado la fiesta.
El patio estaba saturado de sillas y
de escombros, y un sonido ensordecedor producía el caer de los telones del foro
provisional, de las decoraciones y de las bambalinas que ostentaban horribles
cariátides de reír eterno…
-Venga jovencito- me dijo con voz
preñada de cariño el virtuoso Padre Chávez, tendiendo sobre mi hombro su mano paternal;
luego continuó -: ¿Por qué no se acomoda esa corbata y se abrocha el chaleco?
Ya sabe, no me gusta que mis estudiantes sean jarochos.- Me dio mil consejos y
ofreció hacerme bibliotecario.
Había tanta bondad y dulzura en las
frases amables del casto varón, que me pareció que de sus labios brotaban
pétalo de nardo llenando el ambiente de un perfume celeste. Me sentí envuelto
con la ternura de sus palabras, bañado con la humildad de sus pupilas,
acariciado con la seda de sus manos y pensé ser bueno.
Señor: ¿por qué no vuelves a
encender en mi alma el oro de mi fe?
Señor: ¿por qué no haces que vuelva
a florecer en mi pecho esa rosa de fuego?
Dos días después por orden del
Rector, entré a la biblioteca.
Abrí las maderas de una ventana, y
un magnífico chorro de sol inundó el silencioso salón, salón oliente a papeles
viejos.
Brillaron los aurinos lomos de os libros, los pergaminos parecían que temblaban
con la suave caricia de la luz y esta besaba reverente las góticas letras de
oro de los misales, que ocultaban viñetas admirables, hechas por linfáticos
artistas, ascetas y monjes demacrados.
Los cristales azulosos de la vieja
estantería espejearon con mágicos fulgores.
Comencé a ver títulos y libros. La Patrología, ocupaba tres
grandes estantes; seguían Opera Omnia,
Scripturam Sacram, Theologiae…No pude resistir la tentación de hojear la
espléndida edición de La Santa Biblia: lo primero que vi fue a “Adán y Eva en
el Paraíso”, encantadora estampa del atormentado dibujante Gustavo Doré. Eva
aparecía en su radiante hermosura como una excelsa figura de alabastro; Adán
ostentaba la belleza de un dios pagano, y en sus ojos de terciopelo brillaba la
inocencia de los ángeles.
Después “Eva tentada por la
serpiente”. ¡Oh!, cuánta vida palpitaba en aquellos cuerpecitos núbiles, cuánto
fuego en los ojos y deseo en los purpúreos labios…y la serpiente se retorcía en
el árbol del “bien y del mal” que pródigo ofrecía frutas de oro.
Muchas tardes duré hojeando aquel
sagrado libro, que guardaba tantos secretos y un raudal de emociones; un gran
número de veces me deleité con los maravillosos dibujos del artista francés;
¡cuántos paisajes ideales, qué esbeltez en las figuras, qué suave armonía en
las líneas impecables, qué delicadeza en el todo y qué soberbia de luz…!
En otros entrepaños, dormía el Año
Cristiano las historias de los confesores y de los mártires…unos, macerados,
otros, arrojados a las fauces asquerosas y sanguinarias de las bestias;
aquellos, sumergidos en calderas de aceite hirviendo; pero de todos con la
sonrisa a flor de labio, poseídos del divino amor, glorificados por la gracia
del Mártir de los Mártires.
Ahí estaban las vírgenes con
epidermis de rosa y lino, ahí lucían sus rostros anémicos las santas viudas;
ahí ostentaban su estupenda hermosura Magdalena y Margarita de Cortona…el
purísimo Rey de Francia con un lirio en las liliales manos, y el inmaculado San
Estanislao.
Mis ojos se inundaron de lágrimas al
ver el cuerpo dardeado de San Sebastián y mi boca se impregnó de amargura al
contemplar los maravillosos ojos de Lucia en una bandeja de plata.
¡Qué ganas de ser santo –me decía- y
ahora…¡Oh, Dios mío!, ¿por qué no guardaste siempre blanco mi espíritu como una
flor de nieve bañada de sol?
Estaban empastados con gran lujo los
volúmenes de la historia Universal y los de la Historia de la Iglesia.
En otros estantes velaban en
compañía del rojo Dante, los poetas latinos, griegos y los clásicos españoles.
Entonces conocí a nuestro adorable
padre Don Quijote, y saludé al buen Sancho.
Seguía una legión de autores místicos:
santa rea de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Fray Luis de
Granada…y en un rincón obscuro, condenados con un mohoso candado, Voltaire,
Spencer, Roussean, los dos Dumas, Víctor Hugo y el tétrico Leopardi.
Una vez que estaba engolfado viendo
las estampas de una “Mitología”, entró el Rector Chávez y lleno de afabilidad
me preguntó qué leía.
- Es la historia
de los dioses paganos, mire usted a Leda, y a Júpiter, que tomó la forma de
cisne blanco…
- No lea usted
eso, le voy a prestar un libro hermoso a diario lea un trocito y verá cuánto
provecho sacará de él; -y me tendió un libro pequeño, empastado en tela negra
que se titulaba Imitación de Cristo;
y continuó diciéndome: -Kempis es un escrito admirable, divino; su libro es el
más popular, después de La Santa Biblia.
Leí el librito con suprema
curiosidad de estudiante, y al terminarlo no me dije: Kempis es un escritor
admirable; dije: Kempis es un gran beato.
En aquellos tiempos o me preocupaba
por las bellas letras, y el V. Thomas, se extinguió e mi memoria con la rapidez
con que se apaga el fulgor de una estrella errante.
Dos años más tarde, cuando en mi
“jardín interior” comenzaba brotar la
flor del arte: vi unos místicos versos escritos por Fray Amado –como lo
llamaron un tiempo a Nervo- dedicados a Kempis.
Entonces volvía a leer la Imitación de Cristo, y al concluirla me
dije: bien decía el sabio Rector: es un libro admirable, escrito por un asceta
divino.
Y siempre que he releído esos
versículos singulares, la figura de Thomas de Kempis, en medio de mis
pesares tristezas surge como un astro
esplendoroso de luz consolatriz que alienta mi esperanza enferma…
Ahora tengo una gran duda.
¿Thomas de Kempis es el autor de ese
libro universal y único?
Guillermo Jünemann, en su Historia de la Literatura afirma
categóricamente que la Imitación de
Cristo la compuso Thomas de Kempis, canónigo regular de San Agustín (pág.
105).
En la Historia General de la
Iglesia, escrita por el señor Abad de Chorsi, impresa en Madrid en el año de
M.DCC.LV. Tomo Décimo págs.: 333y 334; se pone en duda que Thomas de Kempis sea
el autor del mencionado libro.
Oíd lo que escribe el Abad de
Chorsi:
“A Juan Gerson, Canciller de la
Iglesia Universidad de París le atribuyeron mucho tiempo el libro del Comtemptus Mundi, o Imitación de Jesu-Christo, impreso en su nombre. Después de
atribuyó, sin razón, a Thomas de Kempis, Canónico Regular de San Agustín. vivía
Kempis en el decimoquinto silo y su estilo y todo afectuoso en otras Obras se parece
en algo a esta. Otros, fundándose mejor sobre algunos manuscritos, anteriores a
Kempis, dijeron, que el Abad de Jesén de la Orden de San Benito, era su
Autor…”.
Don Wenceslao Ayguals de Izco, en su
Panteón Universal –Madrid, 853, págs.
305. Tomo III-, dice lo siguiente:
“Kempis (Thomas Haemmerlen de A.),
nació en 1380. Dedicado al estado eclesiástico desde niño, tomó el hábito de
canónigo regular del monte de Santa Inés, el cual era prior su hermano, y en
aquel retiro se ocupó principalmente el traducir la Biblia, y otras obras ascéticas, hasta que electo sub-prior del
mismo convento, dio a la luz varias copias, muy apreciada por su belleza
caligráfica. Son estas, el antiguo y nuevo testamento, y una recopilación de
las máximas de los libros santos, titulada: Imitación
de Cristo, que aun cando se ha encontrado escrita de propio puño y letra de
A. Kempis, su verdadero autor es Juan Gerson…”.
Ernesto Renan, en sus Estudios
Religiosos, al ocuparse del autor de la Imitación
de Jesucristo, escribe entre otras cosas:
“El libro que bajo el título equivocado
de Imitación de Jesucristo, ha
alcanzado tan extraordinaria fortuna, ha ejercitado más que otro alguno la
sagacidad de los eruditos. La historia de las diversas literaturas no ofrece a
caso ninguna otra obra cuya paternidad esté tan borrada. El autor no ha dejado
ni una huella de sí mismo para él no existe ni en el lugar ni en el tiempo; se
creería en una inspiración de lo alto que no ha atravesado para llegar hasta
nosotros, la conciencia de un hombre. Desde las relaciones absolutamente
impersonales de los primeros evangelistas, jamás voz tan desprendida de todo
rasgo individual había hablado el hombre de Dios y de sus deberes.
La hipótesis de que su autor sea
Thomas de Kempis, no es mucho más aceptable de que lo sea Gerson, bien que,
bajo ciertos puntos de vista, encierre una parte de verdad. La fórmula que se
encuentra al final del manuscrito de Amberes: FINITUS ET COPLETUS PER MANUS
THOMAE ANNO DOMINI 1441, indica, seguramente, la mano del copista o del
copilador, pero no la del autor”.
El R. P. Mercier, S. J., en su obra concordancia entre “Imitación de
Cristo y los Ejercicios espirituales de San Ignacio escribe en Advertencia
preliminar (pág. 11):
“En el siglo XVII, el P. Heser, de
la Compañía de Jesús ardiente defensor de Thomas de Kempis, cuando la discusión
acerca del autor de la Imitación de Cristo…desde
aquella época, algunos eruditos de primer orden en Francia, en Italia en
Alemania, en Inglaterra, en Bélgica y en Holanda, no han cesado de reivindicar
a favor de Thomas de Kempis la paternidad de la Imitación, pero aún no se ha
dicho la última palabra: ADHUC SUB JUDICE LIS EST”.
¿Quién será el autor de esas
celestiales páginas?
¿Qué pluma divina escribiría esos
bellos versículos, que han sido traducidos a todos los idiomas; y que según
Tritemio y Belarmino, visitando un religioso la biblioteca del Rey de Marruecos
encontró un ejemplar del Contemptus Mundi
traducido en lengua turca?
¿Fuiste tú, divino Kempis?
¿Fuiste tú, iluminado Gerson?
¿De tu pluma de radio, brotó eses
pequeño y admirable libro, beatífico Abad de Jesén?
Guillermo Jiménez
Año de M.CM.XIV
Editor Ramírez, 1914.
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