viernes, 25 de noviembre de 2016

¿Quién es el autor de la Imitación de Cristo?


Por: Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar


La plaqueta (palabra que significa folleto en lengua francesa) de ¿Quién es el autor de la “Imitación de Cristo”? fue la primera obra literaria publicada por el joven escritor Guillermo Jiménez (1891-1967),libro que fue editado en  su propia tierra (Ciudad Guzmán) en 1914. Ya desde está su opera prima, de este insigne e ilustre creador zapotlense, nos va dando muestras del gusto y refinamiento que su alma poseía para la escritura, así como para la publicación. Esta obra además de estar bien escrita, no escatimó en las formas, dado que se edita de una manera limpia, con su adecuada y correcta tipografía  propia de un bello libro. Siendo esta una de las principales características editoriales que Jiménez poseyó durante toda su vida.


     Son escasas las noticias que se nos da de la edición y del tema. A cerca del editor, sólo sabemos que fue R. Ramírez, impreso en los talleres de calle de San Antonio 1, de su ciudad natal. Dedicada la obra a su abuelo y padre por adopción el Lic. Jesús Próspero Jiménez y al Sr. Dr. Ladislao Chávez Gutiérrez, personaje que por cierto tiene su propia calle al poniente de Ciudad Guzmán.

     Está obra ya dentro su líneas tendrá de una manera embrionaria una de las constantes estilísticas para Guillermo Jiménez, y que de una u otra forma desarrollará en su posterior prosa, que es el recurso de la rememoración de hechos vividos o trascurridos y llevados a la pluma de una manera breve y depurada estilísticamente; además del tratamiento de un tema de una manera ensayística.

     En ¿Quién es el autor de la Imitación de Cristo?, el recuerdo de su paso como alumno del Seminario Conciliar de “San José” de Zapotlán; así como la breve disertación sobre el origen y contenido de uno de los mayores clásicos de la mística cristiana católica –La Imitación de Cristo de Tomás de Kempis-; serán los dos asuntos que tratará y que lo hará de una manera convincente. Dada la influencia que recibiera  hasta ese entonces Guillermo Jiménez de su formación confeccional; dado que antes de pasar por las aulas y pasillos del seminario, había sido mandado a estudiar al Colegio de la Inmaculada Concepción, escuela de hermanos Maristas de la ciudad de Guadalajara, todo esto nos explica el por qué de la temática.

     Cuando inicie la investigación de la vida y obra de Guillermo Jiménez, -por lo que respecta a esta plaqueta- durante un buen tiempo a lo largo mis pesquisas a cerca de la misma, no lo encontraba de manera física, porque se sabía de su existencia por los datos que presentaban diccionarios comunes como especializados.  En algún momento llegué incluso a dudar de que la hubiera escrito o editado, dado que tuve que meterme a varios archivos y bibliotecas públicas y privadas –incluso a la de la propia familia Jiménez- y no aparecía por ningún lado. Fue tiempo después, que gracias al cronista de nuestra Zapotlán el Grande, el arquitecto Fernando González Castolo, quien tuvo a bien proporcionarme una fotocopia de la citada obra, donde pude autentificar su existencia y conocer su fina prosa. En ella misma se perfila de una manera embrionaria, lo que vendrá a ser posteriormente el escritor que en otras de sus obras de ficción y ensayísticas. Invitamos a que conozca esta obra literaria a través de este medio electrónico.


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jueves, 24 de noviembre de 2016

Una prosa edificante


Guillermo Jiménez


Por: Víctor Manuel Pazarín


A Deana Molina

Ahora tengo una duda.
     ¿Thomas de Kempis es el autor de ese libro universal y único?
Guillermo Jiménez


Cantar y construir
México, se ha dicho, es una tierra de poetas y de arquitectos. La afirmación la sostienen los grandes poemas escritos desde el “Primero sueño” (de Sor Juana Inés de la Cruz) y hasta la “Piedra de Sol” (de Octavio Paz); la aclaran los poemas publicados a lo largo del tiempo. Quienes conocen la tradición poética mexicana lo saben: en los entretiempos que van de Sor Juana a Paz hay una (casi) infinidad de obras de enorme altura y profundidad. Por decir lo menos, esos versos deslumbran y nos hacen cantar cada vez que abrimos un libro donde están contenidos a manera de selección o antología o son un muestrario de este quehacer lírico mexicano.
Basta abrir los ojos en alguna parte del territorio nacional para darnos entera cuenta de que, pese al abandono de nuestros edificios, en estas tierras alguna vez se realizó una puntual y bella y grande obra arquitectónica en las calles de nuestras ciudades, pero sobre todo en espacios que pertenecieron a las culturas prehispánicas… se podría decir que poesía y arquitectura, en México, van de la mano, pues no son menores los poemas de Netzahualcóyotl y las edificaciones en, por ejemplo, el Altiplano nacional. Hay, de algún modo, un cierto paralelismo entre cantar y edificar. Existe, en todo caso, desde tiempos ahora remotos, una voluntad de cantar y labrar la piedra para elevar pirámides en un paisaje donde no había nada…
Uno tiene, en todo caso, la impresión de que para los naturales de estas tierras era lo mismo cantar y construir, edificar.
¿Acaso había alguna diferencia, entonces, entre escribir un poema y levantar un edificio en los tiempos antiguos mexicanos?

Edificar desde la prosa
Hubo un tiempo en el cual las artes se correspondían y participaban en la configuración de nuestra nación y lograron prefigurar primero lo que después seríamos y, posteriormente, definir lo que ahora somos como mexicanos. Nuestra música, danza, pintura, poesía, y arquitectura (y las demás artes) lograron hacer de nosotros lo que bien o mal somos…
¿Estaba todo creado ya?
Faltaba algo, que luego surgió. Una narrativa contundente que nos aclaró el camino. Y no es que no la haya habido antes, sino que se afinó y pulió a un grado extraordinario y los narradores surgieron para entregarnos grandiosas novelas y excelentes cuentos. Vino entonces otra época, la de los prosistas y ensayistas en México, en los primeros años del siglo XX —uno más que otros—, pero lograron unirse al coro de voces para completar la edificación de este país, colocando cada uno su grano de arena para la argamasa que unión las piedras y ladrillos para volver los campos yermos en ciudades.
         De entre esos artífices también aparecieron aquellos que no solamente contaban historias, sino que aprovecharon todas las corrientes universales y pulieron las piedras hasta volverlas un polvo finito y suave y disfrutable; es decir, los artistas que en base al trabajo arduo nos dieron ya no solamente novelas, sino también una delicia de escritura —a partir de este momento ya me acerco a mi objetivo—, que ya el solo hecho de saberla en nuestros labios resultaba un alimento no solamente nutritivo sino al mismo tiempo delicioso.
La narrativa mexicana, a comienzos del siglo pasado, en algunas voces, entonces, se convirtió en un gozo. De la dura narrativa costumbrista, y realista se fue hacia momentos cumbres de contar de manera excelente una historia y, a su vez, a hacer disfrutar a quienes leían los ya no rigurosos cuentos, sino una nueva modalidad que se nombró “prosas” o “bien poemas en prosa” y, asimismo, “prosa poética”, plenas de un lirismo fresco y reconfortante.
Los nombres de Julio Torri, Alfonso Reyes, Ramón López Velarde, entre muchos otros, como Juan José Arreola lograron transformar a la dura narrativa realista en bellos textos que no correspondían sino a una especie de mixtura entre narrativa, poesía y la fina música, es decir, textos donde se cantaba y contaba, se pensaba y exponían nuevas formas de decir las cosas. Conforme a las nuevas tendencias universales nuestros escritores fueron directo a un lirismo exquisito. Entre estos autores, podríamos colocar también —y muy fácilmente— a otro autor de Zapotlán, el antecesor del propio Arreola, a Guillermo Jiménez.
En Zapotlán el Grande, entre paréntesis, hay que aclarar que desde finales del siglo XIX surgieron artistas que colaboraron en mucho en la modernización no solamente de la nación, sino del arte. Guillermo Jiménez (escritor), José Rolón (músico), José Clemente Orozco (muralista) y, finalmente, Juan José Arreola (escritor)… han sido fundamentales en el proceso de la creación de nuestra nación y, por tanto del arte mexicano que es, sabemos, universal.
Guillermo Jiménez hasta hace poco, por motivos extraños, fue poco conocido y su obra no fue valorada adecuadamente. Es hasta hace poco, cuando el escritor zapotlense Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar, con su Guillermo Jiménez: Ensayo biográfico (editado en 2010) que se ha comenzado a estudiar a nuestro autor.

Guillermo Jiménez, prosista
Se ha dicho que Jiménez es un poeta, lo cual es verdad. Sin embargo también se ha mencionado que el escritor es un novelista, de lo cual difiero de cierta manera. En esta parte del ensayo intentaré explicarlo.
La obra en prosa de Guillermo Jiménez está muy cercana a poetas como Rubén Darío, es decir, aparece en la red literaria del castellano empujado por la corriente del Modernismo; sin embargo encuentro además de esa clara influencia una cercanía con la obra de Rainer Maria Rilke, por su apego al lirismo muy particular y fuerte, además hay que advertir, cuando se lee su texto Zapotlán (1940) que se haya muy íntimamente inclinada hacia la prosa de Marcel Proust, quien huyó del realismo y el naturalismo para ir directo de un impresionismo, hacia el simbolismo y se vuelve su prosa subjetiva y una delicia del lenguaje.
Así ocurre en Zapotlán, de esa manera se abre casi todo texto de Guillermo Jiménez. Y de cierta forma la llamada novela del escritor no lo es del todo, puesto que a lo largo del libro lo que vemos es una serie de pasajes donde la memoria es un recurso para contar cualquier cosa que venga de manera casi espontánea. No hay trama. No hay drama. No hay no hay una clara historia en Zapotlán. Lo que encontramos es una serie de estampas muy bien logradas y puestas en una prosa exquisita y fina. No es, por lo tanto, Jiménez un novelista. No al menos como se concibe a uno de ellos. Cuando se entra a Zapotlán se entra a un sueño. Al ensueño de un lugar que bien es un lugar, una infancia, un espacio espiritual descrito de manera muy sutil y recuerda a los sonidos de los cristales finos cuando se tocan. Es un resonar, un tintineo. Pero debemos decir algo más: la escritura de Jiménez, en algunos pasajes alcanza una altura y una profundidad muy apreciables. Retrata con fidelidad un tiempo, un espacio y logra, es claro, conformar retratos nítidos de personajes que alguna vez fueron de carne y hueso y gracias a Jiménez se inmortalizaron. Recordados y descritos. Dibujados por una mano maestra. Retenidos por la memoria y, acto seguido, vueltos escritura y, por la enorme calidad de ésta, otra vez en vida. Es seguro que al leer a Zapotlán los seres de escritura se vuelvan a la vida y recorran sus pasos, al igual que lo hizo Guillermo Jiménez al escribir su obra.
Convengamos en algo. Jiménez no es novelista. Jiménez es un magnífico prosista capaz de hablar de manera estupenda de cualquier cosa y deleitarnos. En eso me recuerda a Alfonso Reyes, quien gracias a su genialidad las minucias se transforman en bellos objetos de escritura. Se hermanan, entonces, Reyes y Jiménez. Ambos son poetas, arquitectos, músicos, pintores… una reunión, un resumen.
La estirpe de prosistas mexicanos nace con ellos.

¿Quién es el autor?
Hay un paralelismo entre Zapotlán y en el cuasi ensayo ¿Quién es el autor de la Imitación de Cristo?, es visible desde la entrada del texto. Ambos son evocativos e invocativos. Surgen los dos trabajos a partir de un recuerdo, de la memoria de un acontecimiento y describen a la perfección los modos de proceder del escritor. Una especie de ars narrativa o poética. En ellos logramos descubrir el modo en el cual procede Jiménez en su escritura.
Evoca un cierto momento e invoca, es decir, el hecho lo trae del pasado al presente y lo conversa con el posible lector. La prosa vertida en este texto en conversatoria. Anecdótica y, a su vez, histórica y personal la anécdota nos lleva por camino de su propia experiencia y las circunstancias en las cuales leyó Imitación de Cristo de Kempis. Como es muy conocido el libro —quiero suponer que aún se lee— no voy a discutir lo que en él se narra.
Se debe aclarar que el procedimiento de Jiménez, al abordar el libro, no nos lleva a lo que es en estricto un ensayo, puesto que no encuentro —quizás me equivoco— a una tesis clara y a una argumentación que la defienda. Lo cierto es: nos invita a la lectura de esta obra de una manera muy amable y, por ende, amena.
Es la prosa de Jiménez lo que se disfruta, en todo caso.
Se puede decir, por otra parte, que Guillermo Jiménez es maravilloso escritor. Contagia debido a la emoción manifiesta. Nos instruye, es verdad, y nos lleva hacia el conocimiento del otro y su trabajo. Comparte Jiménez sus pasiones y sus lecturas, pero ¿aclara o aporta algo nuevo? Yo creo que aportó en su momento, ahora ya solamente es disfrutable el escrito gracias a la factura de su prosa. Es, de algún modo, ya irrelevante reflexionar si descubre nuevas cosas de la Imitación de Cristo. Lo cierto y claro es la escritura, el medio y forma de trasmisión de esa experiencia, muy cercana a la poesía y por la tanto a la vida. Un cierto misticismo desborda la prosa —digámoslo ya— poética de Guillermo Jiménez.
Si hay algo por lo cual se deba elogiar a Jiménez ahora es por la exquisitez de su escritura. Ya no es posible seguirlo, es decir, ya no podríamos tenerlo como un ejemplo de escritor, sin embargo sí deberíamos prestarle atención a su manera en la cual trasmite emociones a través de su material siempre poético. Es un autor que nunca deja de contar y cantar. De construir. De edificar. Hay mucho por aprender de Guillermo Jiménez, un autor surgido casi de la nada que generó —nunca se le apreció del todo en su momento— una manera muy rica de hacer literatura, hoy ya no practicaba por cierto.

Quienes alaban su obra deberían mejor estudiarlo y alcanzar la altura de él. No igual hacer las cosas. No elogiarlo sin leerlo. No colocarlo en un pedestal. No volverlo inalcanzable. Aprovechar los recursos líricos de que fue capaz de hacer desde Zapotlán el Grande, un pueblo del Sur de Jalisco.

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miércoles, 23 de noviembre de 2016

A Zapotlán vía París


      Portada de la Plaquete "A Zapotlán vía París


La noche del 9 de marzo de 2011, en la sala de Cabildo de la Presidencia Municipal de Ciudad Guzmán, Jalisco, se presentó el libro Guillermo Jiménez. Ensayo biográfico, del investigador Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar, el libro aquella vez fue presentado por Roberto García Correa y Víctor Manuel Pazarín. 

El ensayo que sirvió de presentación, esa noche, ahora se publica en una plaqueta, bajo el nombre de A Zapotlán vía París (2013), que edita de manera independiente el Ayuntamiento de Ciudad Guzmán y la Editorial Sotavento Ltd, en su colección “La autopista del Sur”, que a su vez se presenta la noche del miércoles 6 de marzo, a las 20:00 horas, en la Casa de la Cultura, durante los festejos de la Semana del Natalicio del Escritor Guillermo Jiménez, con la presencia de los escritores Juan Pablo Zavala, Dr. Héctor Olivares Alvarez, Pedro Mariscal, Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar y el autor del ensayo Víctor Manuel Pazarín, quien ha permitido a Dimensión Real de Colima reproducirlo en nuestras páginas.
Francisco Castañeda Avila – Dimensión




Imagen previo al inicio de la presentación del opusculo A Zapotlán vía París, en el auditorio Consuelo Velázquez de Casa de la Cultura de Ciudad Guzmán. En la imagen de izquierda a derecha, presentadores: Pedro Mariscal (de pie), Víctor Manuel Pazarin, Juan Pablo Zavala, Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar (de pie) y Dr. Héctor Olivares. Álvarez.


Por: Víctor Manuel Pazarín
 
El libro Guillermo Jiménez. Ensayo biográfico, es un destacado ejercicio para situar el viaje que varias generaciones de artistas zapotlenses efectuaron a la “Ciudad Luz”. De José Rolón hasta Juan José Arreola, la “Atenas jalisciense” tuvo un salvoconducto con Europa a través de sus más ilustres artistas



Contemporáneo de mi abuelo paterno, la vida de Guillermo Jiménez, preparada por el ensayista Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar, ofrece no solamente la delicia de conocer la genealogía de la sociedad burguesa de un determinado tiempo en Zapotlán el Grande, sino también la oportunidad del retorno a un pasado cercano que confiere la tonalidad de la universalidad y, a la vez, el disfrute del color local de un pueblo por muchos motivos singular.

Profundo en anécdotas históricas de barrios y personas que definieron la idiosincrasia de un sector de la casta zapotlense, esta semblanza abre el conocimiento puntual sobre uno de los más importantes poetas y novelistas mexicanos —tan alto como olvidado—; es una novedad bibliográfica fundamental, pues Guillermo Jiménez. Ensayo biográfico, brinda la oportunidad de conocer un mundo no perdido, sino vibrante y vital.

Es importante la aparición de la primera biografía de Guillermo Jiménez en este año, ya que justo este 9 de marzo se cumplen ciento veinte años de su nacimiento.

Jiménez nació en 1891 y su vida y obra literaria lograron, en su momento, prolongar la vida artística y literaria de Zapotlán el Grande, que ha sido llamado por algunos la Atenas del Sur. No es casual el epíteto. En este espacio que yo llamo mágico nacieron algunos de los más importantes actores de la vida cultural de México y —lo digo sin exagerar— de orden universal.

Aunque no nació en Zapotlán, sino en Tonila, ahí vivió desde su infancia y se formó la escritora Refugio Barragán de Toscano, cuya novela La hija del bandido o Los subterráneos del Nevado (aparecida en 1894, antecedida por la novela La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, que fue, según entiendo, la primera novela escrita por una mujer en América y se editó en 1852), relata una leyenda propia de este pueblo y que perdura hasta nuestros días en la boca de muchos nativos de Zapotlán.

A la narradora le siguió José Rolón (1876), cuya obra orquestal más importante confirmó ya con toda claridad una línea muy particular que ha perdurado como una tradición, continuada finamente por sus predecesores. Rolón viajó a París a realizar estudios musicales con Mozkowski y, luego, con Paul Dukas y Nadia Boulanger, y a su regreso compuso sus más grandes obras musicales, entre las que destacan Zapotlán y Cuauhtémoc. Viajar a París y escribir o celebrar a este pueblo con su obra, parece haber sido interrumpida por otra de las cumbres zapotlenses, pues José Clemente Orozco (1883) no tuvo esa ambición y lo que hizo fue viajar, sobre todo, a Estados Unidos, donde encontró muros en los cuales plasmar sus trabajos. Fue en Guadalajara donde, por fortuna, nos dejó su “capilla Sixtina” y que hoy son parte del acervo cultural de la humanidad. Tengo una vaga noticia de que “el pintor de llamas” (como lo llamara Octavio Paz) quiso realizar un mosaico en Zapotlán, pero la sociedad de arraigadas costumbres conservadoras se opuso, y con ello nos obligó a las nuevas generaciones a no tener una obra que nos permitiera continuar, de algún modo, sus pasos en la pintura. Hasta ahora no conozco a un pintor importante que haya nacido en Zapotlán y que su trabajo sea reconocido por su relevancia. Quizás me equivoque, sin embargo no ha llegado a mis ojos ese ser que se haya distinguido por la violencia de los pinceles orozquianos para tomar al menos cierta altura respetable.

Fue entonces, hasta el nacimiento de Guillermo Jiménez, que los nativos de Zapotlán volvieron a desear ir a París y, ya no pintar, pero sí dibujar con la pluma el paisaje de este pueblo.

Jiménez trajo de nuevo el loco deseo de ir a la Francia y describir con palabras a Zapotlán. Su obra poética y narrativa, de un lirismo encantador, revelan a un autor de orden universal, y la descripción que nos ofrece Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar en su ensayo es, sin duda, una oportunidad de reencontrarnos con un mundo para muchos desconocido y para otros anhelado desde hace mucho.

Rodríguez Aguilar afanó por años en este encargo —por al menos tres lustros—, y quienes conocíamos su labor ya habíamos perdido la esperanza de encontrarnos con su investigación a manera de libro. Por fortuna se decidió y fue acogido por el Archivo Histórico Municipal de Zapotlán, que coordina el cronista Fernando Castolo, quien es sensible a trabajos de esta magnitud.

De esta manera, Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar tiene ya un espacio dentro de la tradición literaria y cultural de Zapotlán, que si hacemos una breve lista bien podrían ser los siguientes en orden sin orden: Refugio Barragán de Toscano (narradora), José Rolón (músico), José Clemente Orozco (muralista), Guillermo Jiménez (poeta y narrador), Alfredo Velasco Cisneros (poeta), Juan José Arreola (narrador), José Gómez Ugarte (periodista), Petronilo López (músico), Consuelito Velázquez (compositora), Joaquín Vera (compositor), Esteban Cibrián (historiador), Rubén Fuentes (músico), Vicente Preciado Zacarías (ensayista), Hugo Salcedo (dramaturgo), Fernando Castolo (historiador), Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar (ensayista), Guillermo Ochoa-Rodrigues (poeta), Julio César Aguilar (poeta), Alejandrina Torres (poeta) y Jorge Rúa (arquitecto), quienes son, al menos para mí, los más destacados actores de la cultura de Zapotlán de todos los tiempos.

La nómina destaca a tres Eras de la cultura y de la historia zapotlense. Algunos de ellos mantienen sus nombres ya en alto; otros, únicamente en un ámbito local y regional; los más jóvenes apenas realizan sus mejores trabajos. Sin embargo, nadie tiene duda cuando se declara que las más altas cumbres de la cultura de Zapotlán son —y serán por siempre—: José Rolón, José Clemente Orozco, Guillermo Jiménez y Juan José Arreola, de allí la enorme exigencia para cualquiera que haya nacido en esa tierra de volcanes y lagunas y desee consagrarse a la música, la pintura o a las letras.

El viaje de Jiménez y Arreola
Plenamente destacado en Guillermo Jiménez. Ensayo biográfico, Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar narra cómo con un viaje de Zapotlán a París comienza el despegue de todas las generaciones posteriores de escritores de la mal llamada Ciudad Guzmán. Ese viaje de Guillermo Jiménez, realizado gracias a las instancias ofrecidas por Venustiano Carranza al joven de Zapotlán por haberle recibido y nombrado “Bienvenido a esta tierra caballero azul de la esperanza”, historia ampliamente divulgada por Arreola, quien por muchos motivos se sintió entusiasmado por la narración al grado de él mismo señalar a Guillermo Jiménez como un “pre-Arreola”. Ese viaje realizado por Jiménez a París, Arreola lo ambicionó y lo hizo. Fue a la Ciudad Luz durante la Segunda Guerra mundial y continuó, de manera casi mimética, los pasos del autor de la novela Zapotlán (1940). Hay una enorme deuda de Arreola a Jiménez y no es únicamente en el sentido de un viaje de un pueblo a una ciudad, sino que entre las novelas y la escritura de ambos hay una especie de reconocimiento. Es claro que La feria proviene en línea directa de la obra de Guillermo Jiménez: hay una especie de continuidad y de homenaje. Hay una imitación y, también, el planteamiento de una continuidad de la tradición instruida por Refugio Barragán de Toscano (La hija del bandido), por José Rolón (Zapotlán, sinfonía), por Guillermo Jiménez (Zapotlán) y por Juan José Arreola (La feria).

Guillermo Jiménez amó la obra de Giovanni Papini y Arreola mantiene una influencia total del escritor italiano. Arreola y Jiménez son almas gemelas y ofrecen la posibilidad de mantenerse en una sola línea lírica y narrativa. El trabajo de Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar, Guillermo Jiménez. Ensayo biográfico, es una guía magnífica para seguir estas dos vidas que, bien vistas, son de una enorme semejanza en formación y desarrollo en su escritura.

El trabajo de Rodríguez Aguilar, por su pulcritud en el desarrollo de su investigación, logra despertar el interés no únicamente sobre el autor de Zapotlán y Constanza, sino que empuja a hacer una larga circunnavegación que nos lleva hacia muchos destinos. Su trabajo es uno de los mejores que han realizado sobre Guillermo Jiménez, olvidado impunemente y para muchos desconocido. Con Guillermo Jiménez. Ensayo biográfico de Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar, no habrá pretexto para saber que su vida y su obra produjeron una hermosa tradición lírica e intelectual que permanece hasta nuestros días, y quienes nacimos en Zapotlán somos sus hijos, nietos o bisnietos.

                                   * * *
 
Guillermo Jiménez. Ensayo biográfico, de Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar, se presenta hoy 9 de marzo de 2011, en la Sala de Cabildos de la presidencia municipal de Zapotlán el Grande, a las 20:00 horas. El libro será presentado por el maestro Roberto García Correa y Víctor Manuel.

Así decía la nota final, aparecido el presente artículo 'A Zapotlan vía París' en el periódico de la Gaceta Universitaria de la Universidad de Guadalajara, el lunes 7 de marzo de 2011.

(De izquierda a derecha) Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar, Roberto García Correa (quien falleció el año 2011) y Víctor Manuel Pazarín durante la presentación del libro Guillermo  Jiménez. Ensayo biográfico, el 9 de marzo de 2011 en Sala de Ayuntamiento de Zapotlan el Grande (Ciudad Guzmán) Jalisco.

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Las primeras letras, el sentido de la interpretación


Guillermo Jiménez


 Por: Rafael Nolasco Ramírez

     ¿Por qué publicar  la primera obra editada de Jiménez y más en el formato crítico en que se presenta al público está edición? Es la pregunta que irá guiando estas líneas.

      Quién es el autor de la Imitación de Cristo, es el primer texto publicado de Guillermo Jiménez en 1914, cuando éste aun contaba con la corta edad de 23 años. Este texto publicado en formato plaquette por su corta extensión, es impreso en Zapotlán en los talleres de San Antonio no. 1, por un editor del que se tiene poca información: R. Ramírez. Quién es el autor de la Imitación de Cristo, permaneció durante muchas décadas como un texto inaccesible al público lector ya que no se volvió a editar, incluso se tenía el atisbo de ser una obra ya perdida.   Hasta que en 2011 el cronista de Ciudad Guzmán Fernando González Castólo publica este texto encontrado entre los libros de la señorita Soledad Ochoa Dávalos,  conservando el estilo de la edición de 1914[1].

     Está edición que se presenta a los lectores en esta ocasión, no sólo tiene un sentido conmemorativo al celebrar los 100 años de Jiménez como escritor, ni tampoco de mera difusión literaria, sino que por la estructura de esta edición, compuesta por varios ensayos de diversos autores en torno al texto de Jiménez, tiene también una finalidad documental. ¿Documental en qué sentido? En el germinal, documentando la génesis de un escritor. Los escritores  —como cualquier otra disciplina, incluso la vida misma— no se gesta de un día para otro, hay un proceso de crecimiento y maduración, de estire y afloje, de premisas afirmadas y luego revocadas… Por ello, para ver la evolución de un escritor no sólo hace falta sumergirse en las profundidades de las obras de madurez sino también, en los textos de juventud, para dar cuenta de su crecimiento y conocer el desarrollo de su maduración. Los escritores son artesanos de la palabra, a medida que van construyendo frases van adquiriendo destreza y claridad en su hacer, si es que son buenos en su oficio. Escribe claro aquel que piensa o imagina con claridad, escribe con vigor quien con vigor piensa. Esa claridad y ese vigor se van puliendo en el hacer, en la vida misma. Y esto no quiere decir que toda vida tenga claridad de su hacer, por ello la genealogía da luces sobre esto, ayudando a entrever el proceso evolutivo de cualquier hacer.

     Quién es el autor de la Imitación de Cristo, no sólo es la simiente de su producción literaria y el adiestramiento y definición de su estilo literario, sino que también es un texto que tiene mucho de biográfico que puede otorgar claridades a los interesados en su obra. La narrativa de Jiménez está llena de notas autobiográficas entremezcladas con escenas un tanto fantasiosas. De tal manera que esa línea delgada que divide lo real de lo ideal se difuminan y se pierden en los escritos de Guillermo. Esto es parte su estilo literario, novelar y fantasear la realidad para otorgarle otros destellos de real irrealidad.

     Este texto de Jiménez, nos revela los pasos primeros de su caminar en el mundo de las palabras. Las huellas que va dejando en su camino, reflejan el proceso de su transformación literaria. A medida que Jiménez va haciendo su camino, va definiendo su rumbo y el rumbo lo va definiendo a él, es la espiral propia de la vida. La vida vivida no sólo es configuradora de la personalidad, sino que en este con-figurar, la vida va expresando la vivencia misma, va expresando su sentido. La vida vivida entonces también es palabra en sí  misma, es expresión, se expresa en la vivencia, se expresa en sus actos. Jiménez plasma la expresión de la vida en un papel, escribe lo que con claridad le expresa la vida y su pensamiento. Escribe la vivencia de una riente campana del Seminario,  la atmosfera de un enfermo día de febrero, una biblioteca oliente a papeles viejos, el primer encuentro con Cervantes, Fray Luis de León y Fray Luis de Granada, con Kempis o con Juan Gerson.

                                                Parroquia de San José de Ciudad Guzmán

     El lenguaje es el vestido transparente de la vida, del pensamiento, es el vestido que denuncia la figura de la vivencia. La vida es expresión y las palabras expresan la vida. Pero el lenguaje así como la vida misma tiene múltiples interpretaciones, porque como dice Gadamer “el lenguaje consiste en que las palabras, pese a su significado concreto, no poseen un sentido univoco”[2]. Por ello el intérprete está constantemente expuesto al error, pero también tiene la posibilidad de trazar mejores líneas de comprensión de lo que el mismo autor plasmó o pudo expresar. Por ello, la publicación de textos de juventud de un escritor, ayudan a los interesados lectores a trazar líneas de interpretación no sólo de lo que por sí mismas expresan los textos, sino también lo que propició su gestación. La hermenéutica, como método interpretativo, no consiste en explicar meramente lo exterior, la vivencia expresiva, sino también la interioridad de la que ha nacido esa vivencia. El intérprete en su tarea interpretativa no toma un texto aislado y lo comprende, sino que para comprenderlo lo inserta en su historia y traza el desarrollo de este y las relaciones con los factores que intervienen en su gestación. Esto es ir entendiendo la interioridad de lo externo.  El intérprete logra interpretar cuando se mueve dentro de lo ya comprendido. No se puede interpretar algo que no se comprende, por eso, la historia y el lenguaje son también posibilidades para la comprensión.

      El lenguaje está instalado en la historia, en el mundo, con un sentido particular, con un sentido propio de la época. Las cosas no tienen un significado en sí mismas, pues significan algo distinto según el proyecto y según el momento histórico por  el que fueron hechas.  El sentido de las cosas no sólo está fundado en la realidad de las cosas, sino también en la relación que tienen con la propia vida del hombre. La obra de arte, en esta línea, no sólo es mera representación,  imitación o incluso desrealización  de la realidad, sino que es la presentación de un sentido, de un proyecto referido a la vida. Si una cosa “no tiene sentido”, es que no está referida a la vida.  Martin Heidegger, filosofo alemán dice que el “sentido es el horizonte del proyecto estructurado por el haber-previo, la manera previa de ver y la manera de entender previa, horizonte desde el cual algo se hace comprensible en cuanto algo”[3]. El sentido no tiene un modo independiente del modo como nos relacionamos o nos comportamos. El sentido es el horizonte desde el que comprendemos la vida vivida. Por esto, y en referencia a lo que nos toca aquí, el sentido de una obra de arte implica siempre interpretar la realidad, la vida, aunque en su interpretación, lo repito, desproporcionen y desrealicen la realidad. Por ello es interpretación.

      Los textos de Jiménez, su expresión lingüística, son el receptáculo de la experiencia de un pueblo, el sedimento de su pensar. Son las expresiones y el modo de vida del pueblo de Zapotlán  en la primera mitad del siglo XX. Las obras de Guillermo tienen palabras marcadas por las huellas del espíritu colectivo de los zapotlenses. Por eso, la obra de Jiménez, como la de cualquier otro, es la actualización de una historia, es hacer presente a los lectores un pasado. Quién es el autor de la Imitación de Cristo, dibuja con palabras una vivencia rodeada por una tradición cristiana de mediados del siglo XX, los juicios y prejuicios propios de la tradición junto con sus anhelos y añoranzas. Por ello, el desarrollo de la comprensión de un texto, no sólo revela el pasado en tanto que pasó, sino el pasado como algo que tiene sentido para el hombre de hoy. Las tradiciones viven en el fondo del presente sustentándolo, constituyéndolo, fundándolo.

    La tradición es una transmisión, en sentido estricto es entrega de un modo, no sólo de ver la realidad, sino también de estar en ella. Por ello lo transmitido interpela nuestro presente y abre las interrogantes sobre los modos como construimos y desarrollamos la vida. El pasado y el presente en esa interpelación que surge, se funden y en este proceso de fusión nacen nuevos horizontes, nuevas perspectivas, nuevas interrogantes, nuevas interpretaciones… La interpretación es apertura dia-logante, si el interprete no dialoga abiertamente con el pasado y se deja interpelar por él, sino dialoga con el contexto histórico y sus variables, y con su presente, caerá irremediablemente en una interpretación mono-logante, es decir, una interpretación dónde su visión prejuiciosa se impondrá sobre lo que intenta interpretar. El diálogo es vinculante, es la apertura al otro, a lo que el otro me pueda decir e interpelar en mi propia vivencia. Por ello la interpretación es un esfuerzo por salir de sí mismo hacia el otro, esperando comprender y comunicar más.

     ¿Qué se genera con la publicación de la primera obra publicada de Jiménez? Precisamente la apertura al dialogo con él, con su época, su circunstancia, con su formación y sus influencias primeras, con el inicio de un camino literario. Recibir un modo de estar y de ver la realidad de Zapotlán y la de él para trazar líneas de comprensión con un pasado común y nuestro presente. Se genera también la visión del proceso germinal de un estilo literario que ha tenido influencias en muchos personajes de Zapotlán. Con esta edición, se abre la posibilidad para los lectores de acceder  al inicio de la marcha literaria de Jiménez y a otras interpretaciones y otros estudios referentes a este primer paso.

Esta edición, como decía al principio, no sólo es conmemorativa, sino también documental, pero sobre todo, lo es para el disfrute de los lectores, ya que la vida es fiesta, la vida es danza, la vida es caricia, la vida es escucha, la vida es lectura, la vida vivida es disfrute.


                                                 Rafael Nolasco Ramírez, autor del ensayo


Bibliografía
Gadamer, Hans-George, Verdad y método, Editorial Sígueme, Salamanca, (Vol. II), 2006.

Heidegger, Martin, Ser y tiempo, Editorial Trotta, Madrid, 2006.

Presentación del primer libro de Guillermo Jiménez, en: http://www.periodicoelsur.com/noticias_guzman.aspx?idnoticia=59145 (vi: enero 2014).



[1] Presentación del primer libro de Guillermo Jiménez,  Miércoles 1 de Junio del 2011, http://www.periodicoelsur.com/noticias_guzman.aspx?idnoticia=59145 (vi: enero 2014).

[2] Hans-Georg Gadamer, Verdad y Método, Vol. II, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2006, p. 193.

[3] Martin Heidegger, Ser y tiempo, Editorial Trotta, Madrid, 2006, p. 175p.


LOS TEMAS A TRATAR EN EL PRIMER LIBRO DE GUILLERMO JIMÉNEZ



Por: Cayetano Chávez Villalvazo


     El primer libro que publica Guillermo Jiménez, fue: ¿Quién es el autor de la Imitación de Cristo? Publicado en 1914.  Un ensayo donde se relata al estudiante del Seminario de Ciudad Guzmán. En el vemos a un adolescente que inicia su lucha entre la fe para seguir en el camino al sacerdocio como estilo de vida o el descubrimiento de la luz del conocimiento. 

     Al ser nombrado por el rector del seminario como bibliotecario –en ese momento a los 13 años de edad y siendo el año de 1904- tuvo un significativo acercamiento a los libros, al conocimiento científico, que estaba vedado para la generalidad de los mortales, y solo quienes tenían la posibilidad de estudiar en aquella Zapotlán en un seminario podían hacerlo. Para Guillermo Jiménez ser bibliotecario le da la oportunidad de tener a la mano lo más preciado del conocimiento de la época: los libros. En aquel momento, hago la referencia que era pecado leer la Biblia, y por su puesto las Sagradas Escrituras estaban escritas en latín. 

     De tal manera, que hoy al leer esta obra literaria  de Jiménez, podemos ver el cómo va descubriendo el mundo, el conocimiento y la lucha por la santidad: “¡Que ganas de ser santo ¡ -me decía- y ahora… ¿Oh Dios mío? ¿Por qué no guardaste siempre blanco mi espíritu como una flor de nieve bañada de sol?”. El rector Chávez lo descubre leyendo libros que para esa época eran considerados como “prohibidos”, y le pone  en la mano el libro de La Imitación de cristo. 

     En el texto Don Guillermo recuerda como durante muchos años se ha puesto en duda la autoría de este texto y finalmente a quien le confieren es a Thomas V. Kempis. Toda la segunda parte de esta obra literaria es pues, la discusión de la autenticidad sobre obra y autor, como tema principal del texto.

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¿Quién es el autor de la IMITACIÓN DE CRISTO?

Por: Guillermo Jiménez

                         Portada de la edición príncipe de la Plaquete ¿Quién es el autor de la "Imitación de Cristo"? 



A mi amado padre el señor Lic. Jesús Prospéro Jiménez, con un beso en sus venerables manos.

Al Sr. Dr. Ladislao Chávez Gutiérrez, 
afectuosamente. 

     La riente campana del Seminario anunciaba la salida de clase. Después de rezar todos los estudiantes abandonábamos el aula ávidos de libertad y de sol; se oían risas jocundas, gritos jubilosos y, en medio de tanta algarabía, vibraba la voz grave del Rector (Sr. Pbro. Ignacio Chávez Gutiérrez), que imponía silencio.

     Éramos muchachos de trece a catorce años de edad y parecíamos una parvada de pájaros que, agitando sus ligeras alas en la opulencia de un cielo azul, en una diáfana mañana de primavera, emprenden el vuelo al país del Ensueño.

     Dios mío: ¿por qué no guardaste siempre blanco mi espíritu, como una flor de nieve bañada en sol?
¿Por qué permitiste que manchara mi cándida vestidura de niño?
¡Oh! Señor, ¿para qué pondría esa gota de púrpura en el suave armiño de mi alma?
¡Qué hermosos tiempos aquellos!

     Era un enfermo día de febrero; parecía que un gran manto de tristeza envolvía los contornos de las cosas…el día anterior habíase celebrado el onomástico de nuestro amado Rector con una flamante fiesta literaria.

     Tarareando el melancólico ritornello de unos misterios religiosos, se pasaba el Rector Chávez por los corredores del Colegio jugando unas llaves minúsculas y viendo a todos los colegiales que descomponían el adorno del salón. Unos desprendían de los arcos y de las columnas los festones de aromático pino y de flores de papel de china, descoloridas ya por la brisa de a tarde; otros, bajaban los pabellones de gasa, las grandes lámparas de gas que habían iluminado la fiesta. 

     El patio estaba saturado de sillas y de escombros, y un sonido ensordecedor producía el caer de los telones del foro provisional, de las decoraciones y de las bambalinas que ostentaban horribles cariátides de reír eterno…

     -Venga jovencito- me dijo con voz preñada de cariño el virtuoso Padre Chávez, tendiendo sobre mi hombro su mano paternal; luego continuó -: ¿Por qué no se acomoda esa corbata y se abrocha el chaleco? Ya sabe, no me gusta que mis estudiantes sean jarochos.- Me dio mil consejos y ofreció hacerme bibliotecario.

     Había tanta bondad y dulzura en las frases amables del casto varón, que me pareció que de sus labios brotaban pétalo de nardo llenando el ambiente de un perfume celeste. Me sentí envuelto con la ternura de sus palabras, bañado con la humildad de sus pupilas, acariciado con la seda de sus manos y pensé ser bueno.

     Señor: ¿por qué no vuelves a encender en mi alma el oro de mi fe?

     Señor: ¿por qué no haces que vuelva a florecer en mi pecho esa rosa de fuego?

     Dos días después por orden del Rector, entré a la biblioteca.
Abrí las maderas de una ventana, y un magnífico chorro de sol inundó el silencioso salón, salón oliente a papeles viejos.

     Brillaron los aurinos lomos de os libros, los pergaminos parecían que temblaban con la suave caricia de la luz y esta besaba reverente las góticas letras de oro de los misales, que ocultaban viñetas admirables, hechas por linfáticos artistas, ascetas y monjes demacrados.

     Los cristales azulosos de la vieja estantería espejearon con mágicos fulgores.

     Comencé a ver títulos y libros. La Patrología, ocupaba tres grandes estantes; seguían Opera Omnia, Scripturam Sacram, Theologiae…No pude resistir la tentación de hojear la espléndida edición de La Santa Biblia: lo primero que vi fue a “Adán y Eva en el Paraíso”, encantadora estampa del atormentado dibujante Gustavo Doré. Eva aparecía en su radiante hermosura como una excelsa figura de alabastro; Adán ostentaba la belleza de un dios pagano, y en sus ojos de terciopelo brillaba la inocencia de los ángeles.

     Después “Eva tentada por la serpiente”. ¡Oh!, cuánta vida palpitaba en aquellos cuerpecitos núbiles, cuánto fuego en los ojos y deseo en los purpúreos labios…y la serpiente se retorcía en el árbol del “bien y del mal” que pródigo ofrecía frutas de oro.

     Muchas tardes duré hojeando aquel sagrado libro, que guardaba tantos secretos y un raudal de emociones; un gran número de veces me deleité con los maravillosos dibujos del artista francés; ¡cuántos paisajes ideales, qué esbeltez en las figuras, qué suave armonía en las líneas impecables, qué delicadeza en el todo y qué soberbia de luz…!

     En otros entrepaños, dormía el Año Cristiano las historias de los confesores y de los mártires…unos, macerados, otros, arrojados a las fauces asquerosas y sanguinarias de las bestias; aquellos, sumergidos en calderas de aceite hirviendo; pero de todos con la sonrisa a flor de labio, poseídos del divino amor, glorificados por la gracia del Mártir de los Mártires.

     Ahí estaban las vírgenes con epidermis de rosa y lino, ahí lucían sus rostros anémicos las santas viudas; ahí ostentaban su estupenda hermosura Magdalena y Margarita de Cortona…el purísimo Rey de Francia con un lirio en las liliales manos, y el inmaculado San Estanislao.

     Mis ojos se inundaron de lágrimas al ver el cuerpo dardeado de San Sebastián y mi boca se impregnó de amargura al contemplar los maravillosos ojos de Lucia en una bandeja de plata.

     ¡Qué ganas de ser santo –me decía- y ahora…¡Oh, Dios mío!, ¿por qué no guardaste siempre blanco mi espíritu como una flor de nieve bañada de sol?

     Estaban empastados con gran lujo los volúmenes de la historia Universal y los de la Historia de la Iglesia.

     En otros estantes velaban en compañía del rojo Dante, los poetas latinos, griegos y los clásicos españoles.

     Entonces conocí a nuestro adorable padre Don Quijote, y saludé al buen Sancho.

     Seguía una legión de autores místicos: santa rea de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Fray Luis de Granada…y en un rincón obscuro, condenados con un mohoso candado, Voltaire, Spencer, Roussean, los dos Dumas, Víctor Hugo y el tétrico Leopardi.

     Una vez que estaba engolfado viendo las estampas de una “Mitología”, entró el Rector Chávez y lleno de afabilidad me preguntó qué leía.
     - Es la historia de los dioses paganos, mire usted a Leda, y a Júpiter, que tomó la forma de cisne blanco…
     - No lea usted eso, le voy a prestar un libro hermoso a diario lea un trocito y verá cuánto provecho sacará de él; -y me tendió un libro pequeño, empastado en tela negra que se titulaba Imitación de Cristo; y continuó diciéndome: -Kempis es un escrito admirable, divino; su libro es el más popular, después de La Santa Biblia.

     Leí el librito con suprema curiosidad de estudiante, y al terminarlo no me dije: Kempis es un escritor admirable; dije: Kempis es un gran beato.

     En aquellos tiempos o me preocupaba por las bellas letras, y el V. Thomas, se extinguió e mi memoria con la rapidez con que se apaga el fulgor de una estrella errante.

  Dos años más tarde, cuando en mi “jardín interior” comenzaba  brotar la flor del arte: vi unos místicos versos escritos por Fray Amado –como lo llamaron un tiempo a Nervo- dedicados a Kempis.

     Entonces volvía a leer la Imitación de Cristo, y al concluirla me dije: bien decía el sabio Rector: es un libro admirable, escrito por un asceta divino.

     Y siempre que he releído esos versículos singulares, la figura de Thomas de Kempis, en medio de mis pesares  tristezas surge como un astro esplendoroso de luz consolatriz que alienta mi esperanza enferma…

     Ahora tengo una gran duda.
  ¿Thomas de Kempis es el autor de ese libro universal y único?

     Guillermo Jünemann, en su Historia de la Literatura afirma categóricamente que la Imitación de Cristo la compuso Thomas de Kempis, canónigo regular de San Agustín (pág. 105).

     En la Historia General de la Iglesia, escrita por el señor Abad de Chorsi, impresa en Madrid en el año de M.DCC.LV. Tomo Décimo págs.: 333y 334; se pone en duda que Thomas de Kempis sea el autor del mencionado libro.

     Oíd lo que escribe el Abad de Chorsi:
   “A Juan Gerson, Canciller de la Iglesia Universidad de París le atribuyeron mucho tiempo el libro del Comtemptus Mundi, o Imitación de Jesu-Christo, impreso en su nombre. Después de atribuyó, sin razón, a Thomas de Kempis, Canónico Regular de San Agustín. vivía Kempis en el decimoquinto silo y su estilo y todo afectuoso en otras Obras se parece en algo a esta. Otros, fundándose mejor sobre algunos manuscritos, anteriores a Kempis, dijeron, que el Abad de Jesén de la Orden de San Benito, era su Autor…”.

     Don Wenceslao Ayguals de Izco, en su Panteón Universal –Madrid, 853, págs. 305. Tomo III-, dice lo siguiente:
“Kempis (Thomas Haemmerlen de A.), nació en 1380. Dedicado al estado eclesiástico desde niño, tomó el hábito de canónigo regular del monte de Santa Inés, el cual era prior su hermano, y en aquel retiro se ocupó principalmente el traducir la Biblia, y otras obras ascéticas, hasta que electo sub-prior del mismo convento, dio a la luz varias copias, muy apreciada por su belleza caligráfica. Son estas, el antiguo y nuevo testamento, y una recopilación de las máximas de los libros santos, titulada: Imitación de Cristo, que aun cando se ha encontrado escrita de propio puño y letra de A. Kempis, su verdadero autor es Juan Gerson…”.

      Ernesto Renan, en sus Estudios Religiosos, al ocuparse del autor de la Imitación de Jesucristo, escribe entre otras cosas:
“El libro que bajo el título equivocado de Imitación de Jesucristo, ha alcanzado tan extraordinaria fortuna, ha ejercitado más que otro alguno la sagacidad de los eruditos. La historia de las diversas literaturas no ofrece a caso ninguna otra obra cuya paternidad esté tan borrada. El autor no ha dejado ni una huella de sí mismo para él no existe ni en el lugar ni en el tiempo; se creería en una inspiración de lo alto que no ha atravesado para llegar hasta nosotros, la conciencia de un hombre. Desde las relaciones absolutamente impersonales de los primeros evangelistas, jamás voz tan desprendida de todo rasgo individual había hablado el hombre de Dios y de sus deberes.

La hipótesis de que su autor sea Thomas de Kempis, no es mucho más aceptable de que lo sea Gerson, bien que, bajo ciertos puntos de vista, encierre una parte de verdad. La fórmula que se encuentra al final del manuscrito de Amberes: FINITUS ET COPLETUS PER MANUS THOMAE ANNO DOMINI 1441, indica, seguramente, la mano del copista o del copilador, pero no la del autor”.

      El R. P. Mercier, S. J., en su obra concordancia entre “Imitación de Cristo y los Ejercicios espirituales de San Ignacio escribe en Advertencia preliminar (pág. 11):
“En el siglo XVII, el P. Heser, de la Compañía de Jesús ardiente defensor de Thomas de Kempis, cuando la discusión acerca del autor de la Imitación de Cristo…desde aquella época, algunos eruditos de primer orden en Francia, en Italia en Alemania, en Inglaterra, en Bélgica y en Holanda, no han cesado de reivindicar a favor de Thomas de Kempis la paternidad de la Imitación, pero aún no se ha dicho la última palabra: ADHUC SUB JUDICE LIS EST”.

      ¿Quién será el autor de esas celestiales páginas?
¿Qué pluma divina escribiría esos bellos versículos, que han sido traducidos a todos los idiomas; y que según Tritemio y Belarmino, visitando un religioso la biblioteca del Rey de Marruecos encontró un ejemplar del Contemptus Mundi traducido en lengua turca?
¿Fuiste tú, divino Kempis?
¿Fuiste tú, iluminado Gerson?
¿De tu pluma de radio, brotó eses pequeño y admirable libro, beatífico Abad de Jesén?

Guillermo Jiménez
Año de M.CM.XIV