miércoles, 27 de enero de 2016

Evocaciones a partir de una dedicatoria de Neruda a Arreola





"Cuando bebas agua, recuerda la fuente"
Proverbio chino

Por Julio César Aguilar*

            

             Hace un par de días Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar me informó desde
Zapotlán que, por fin, los restos mortales de Juan José Arreola serían trasladados en
fechas muy próximas a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres. Héctor Alfonso sabe, sin
duda alguna, que todos los zapotlenses que alguna vez aspiramos ingresar a los recintos
de la literatura, somos deudores de una manera u otra de la vocación artística de Arreola,
cuyo espíritu resurge en cada una de sus memorables páginas y que desde el 21 de
septiembre de 2015 habitará en los espacios reservados a los grandes hombres que han
contribuido a perfilar nuestro presente.



     Y ese día es hoy: acontecimiento histórico no sólo para las letras de Jalisco sino
nacionales, ya que el último juglar es uno de los primerísimos narradores de estirpe
universal que cinceló su obra con la delicadeza de un entusiasta orfebre de la palabra,
pasión por la misma que fue incuestionable en múltiples ocasiones en los ámbitos
también de la oralidad. Este suceso, por lo tanto, debe interpretarse más como una
ceremonia de justicia literaria a uno de los más sobresalientes orgullos de Zapotlán —esa
novia a la que tanto quiso y que le fue la más difícil de olvidar, según él mismo lo
expresara— que, sin dejar de serlo, como un acto político o con tintes partidistas. Con
esta alta distinción con la que se honra hoy la memoria del autor de Confabulario, una de
sus mejores obras, se justifican con todo su peso y luminosas resplandecen ya las
sencillas palabras que Neruda escribe en una dedicatoria a Arreola.



     Fue precisamente en Zapotlán donde coinciden ambos protagonistas de la
literatura hispanoamericana. Neruda, quien ya llevaba casi dos años radicando en México
como cónsul general de Chile, llega a Zapotlán el 16 de junio de 1942 por la invitación
del diputado César Martino para que escuchara recitar a Arreola. A Martino, por cierto,
Neruda le dedica un soneto que ese mismo día escribe, impulsado por la amistad e
inspirado por el ponche de granada y el cielo de Zapotlán rebosante de estrellas. Esa
noche, el joven Arreola recita de memoria los poemas “Farewell” y el “Poema XX”, del
chileno también universal, tras ofrecerle un discurso de bienvenida al poeta. Durante la
velada literaria, Arreola le pide a Neruda que le dedique su libro Veinte poemas de amor
y una canción desesperada, poemario en su quinta edición de 1938. El poeta escribe
entonces: “A Juan José Arreola con fe en su destino”. El ahora benemérito jalisciense
tenía veintitrés años de edad, pero ya era un gran artista en ciernes que vislumbraba su
sino. Y Neruda no se equivocó: esa fe que tuvo en la suerte de Arreola, este día se ve
coronada con el esplendor de la gloria literaria (perdón por mi entusiasmo y la retórica).



     Uno de los mayores privilegios que he tenido a lo largo de mis incursiones en la
literatura —y puedo asegurar que de mi vida, sin ninguna pretensión de exagerar—, fue
el haber conocido a Arreola y conversado con él cuando yo era aún niño. El impacto que
produjeron en mí esos encuentros —valga puntualizarlo— ha sido determinante en mi
carrera. Recuerdo que mi madre solía decirnos, cuando lo veíamos en su programa
televisivo, Vida y voz, durante su participación en el canal 13, que ese señor era pariente
de la familia, por parte de los Zúñigas. El padre de mi abuela materna, Daniel Zúñiga
Chávez, era tío de Juan José Arreola; por lo tanto, mi abuela Soledad Zúñiga Álzaga y él,
eran primos hermanos. Motivado por mi incipiente interés en la poesía y con el pretexto
de esa lejana relación de parentesco, en mi caso, un día le llamé por teléfono y le expuse
que era nieto de Soledad, su prima, y que deseaba mostrarle lo que yo escribía, con el fin
de recibir algún comentario sobre los textos y recomendaciones en cuanto a lecturas
debía realizar.



     Sin embargo, ya antes de escuchar a mi madre referirse al parentesco con Arreola,
yo tenía conocimiento del escritor a través de los libros de texto de primaria; hecho que
despertó mucho más mi interés por conocerlo. Inolvidables son las dos prosas “El sapo” y
“El elefante” que en nuestra infancia pudimos disfrutar en el libro de lecturas de sexto
grado, las cuales forman parte de su Bestiario, así como sobre todo la impecable prosa
poética que alude a la tierra natal y que todavía pervive en mi memoria palabra por
palabra: “Si camino paso a paso hasta el recuerdo más hondo, caigo en la húmeda
barranca de Toistona, bordeada de helechos y de musgo entrañable. Allí hay una flor
blanca. La perfumada estrellita de San Juan que prendió con su alfiler de aroma el primer
recuerdo de mi vida terrestre: una tarde de infancia en que salí por vez primera a conocer
el campo. Campo de Zapotlán…”. De igual modo, de esos libros de texto destaca otra
prosa contenida en La feria, y que alude precisamente a las festividades religiosas que
cada octubre se conmemoran en Zapotlán. Por otra parte, mi hermano mayor Engelberto
tenía en casa —y aún lo tiene— el libro de Lectura en voz alta, compilación de prosas
seleccionadas por Arreola y publicado en la Editorial Porrúa. Mi hermana Lola —ahora
mismo también me acuerdo—, quien por esos años estudiaba teatro en la Casa de la
Cultura, una noche me llevó a uno de los salones en donde Arreola impartía una charla.
Yo era el único niño que asistió esa vez entre adultos a escuchar, admirado, la expresión
decantada de su discurso.



     Decía entonces que desde la primera vez que me comuniqué con Arreola, ya tenía
yo cierto conocimiento de quién era y había leído por lo menos los textos mencionados
arriba. Siempre que hablaba por teléfono, me contestaba regularmente Claudia, su hija
mayor, ya que era ella quien vivía con él por ese tiempo en la casa de Loma de Barro, la
que es ahora Casa Taller Literario Juan José Arreola. A esa casa llegué un día,
transportado en el vehículo de Lourdes, mi hermana mayor, con la timidez del niño que
reconoce la superioridad del otro. Avergonzado, como si hubiera cometido yo un delito,
le extendí a Arreola las páginas mecanografiadas de los textos que llamé canciones.
Después de leerlos, benévola fue su respuesta: “para la edad que tienes, esto tiene
sentido”, dijo, recomendándome después la lectura de poetas principalmente del
modernismo, como Rubén Darío, Ramón López Velarde, entre varios otros. Ese primer
día que lo conocí en persona, una tarde de enero de 1983, antes de despedirme de él, fue
al estante donde tenía sus libros y me regaló uno suyo. Era el de Lectura en voz alta, que
todavía conservo. En la dedicatoria escribió: “A Julio César, ese regalo de año nuevo. De
su tío abuelo Juan José Arreola”.



   

     Poco tiempo después volví a verlo, cuando era director de la Casa de la Cultura de
Zapotlán. Ese mismo día tuvo la visita del poeta Germán List Arzubide, a quien tuve la
oportunidad de conocerlo en esa ocasión. De la conversación que ese mediodía
sostuvieron ambos, escuché que hablaban de Juana de Ibarbourou y de Alfonso Reyes,
entre otros asuntos. Yo llevaba conmigo el Confabulario personal en la edición de
Bruguera y de Joaquín Mortiz Varia invención. En este último, dedicándomelo, Arreola
anotó: “A Julio César, para que prosiga en su afán de formarse y escribir. Juan José
Arreola, primo hermano de Soledad Zúñiga Álzaga”. En la dedicatoria del Confabulario
simplemente expresó: “A Julio César Aguilar con fe en su destino”, y al final de la página
una nota en la que se lee: “Estas palabras me las puso en una dedicatoria Pablo Neruda
cuando estuvo en Zapotlán, hoy la he copiado para ti, jueves 21 de agosto de 1986”. Y
este 21 de septiembre de 2015, yo celebro desde College Station, Texas, el talento y la
grandeza de Juan José Arreola, y envío el más cálido abrazo a Claudia, Orso y Fuensanta,
testigos de lo que oyó su padre, aunque fuera un solo instante, “a través de la zarza
ardiente”.



* Julio César Aguilar, es poeta, escritor y doctor en letras.

Si usted gusta consultar la versión en Pdf de La gaceta Literaria puede hacerlo en este link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/01-curvas

El Inventario de Arreola



Milton Iván Peralta*


   El hombre de la palabra extensa, el hombre del diálogo eterno, un hombre de pocos pero buenos lectores. Fue hombre de teatro y de la narración deportiva. El hombre de una obra breve pero interminable. El maestro de aula o de los libros. Es Juan José Arreola el hombre de la obra  interminable. Y aunque Arreola nos regala datos de su vida, el entendido de su obra no es tan transparente. Arreola lo abarca casi todo, el cuento, la poesía, el periodismo, el lenguaje, cada escrito  es un trabajo de orfebrería, perfecto, metódico, no hecho para la apreciación de todos los lectores.

   De toda su obra hay un libro que construyó que para mí es el más arreolino, donde podemos ver sus gustos literarios se encuentra en una breve obra, pequeña, que se construyó día a día, y a veces de forma escrita y otras de forma oral, considero que es un representante de la totalidad de su obra, este libro es Inventario. Fue una columna que salió todos los días en el periódico El Sol de México, columna intitulada "De sol a sol", que apareció desde el sábado 8 de febrero de 1975 hasta el viernes 10 de diciembre de 1976, casi siempre en la parte superior izquierda de la página cinco de la primera sección del rotativo.  Hay que decir que la palabra Inventario "viene del latín inventarium y significa la relación ordenada de los bienes y demás cosas pertenecientes a una persona o entidad. Pero también alude al documento en que constan esas cosas" contiene ciento cincuenta textos que representan, en números redondos, la tercera parte de sus colaboraciones para El Sol de México. 
  
   Inventario como libro ve la luz el último día en el que se publicó su columna, Juan José comenta: “está escrito al correr de la pluma, sin apenas corrección. Ya está en librerías... y quiero que sea o que demuestre por lo menos, una voluntad secreta. Esa que todavía no he sido capaz de cumplir: la de hablar como escribo. La de escribir como hablo.

   Este libro está lleno de los muchos arreolas que existen, escritos de un solo tema sin salirse de este, otros donde un tema te lleva a un autor y a otro, y a muchos libros más por un sinfín de laberintos de autores y libros.

   “Ven, porque las letras que escribo canjean todo el mal por el bien si cumples a primera vista la más antigua de las promesas. Soy el operario de la última hora en los flancos de tu viña. Ya no estaré solo en el lagar ni pisaré en sueños las uvas de la ira. No mancharé el vino con el delirio ni el pan con la amargura.
P.p. 7.

   Entre las páginas de Inventario podemos encontrar un diálogo con el autor, uno que nos llena de referencias y nos hace entender de forma distinta a los autores que a él le gustan, es en estas partes que encontramos el Arreola enciclopédico, analítico, el maestro que  nos explica cómo son las cosas, y que siempre dejan una enseñanza:

   “La vida se soporta, tan doliente y tan corta, solamente por eso: roce, mordisco o beso en ese pan divino para el cual nuestra sangre es nuestro vino…” Estoy de acuerdo con Darío. Y todavía más cuando dice: “Divina Psiquis, dulce mariposa invisible que desde los abismos has tenido a ser todo lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible forma la chispa sacra de la estatua de lodo!”.
Estoy de acuerdo a más no poder con Rubén en todo esto que se refiere al espíritu que tiene como soporte a la carne. 
Estoy de acuerdo con  la crisálida que resuelve dentro del capullo la aspiración del gusano.”
P.p. 21 y 22.

   Pero también vemos el Arreola que jamás dejó su terruño, que como Guillermo Jiménez lo recordaba y lo dejaba plasmado en sus páginas, es así como le hizo un homenaje eterno en La Feria, o en tantas frases como: “Zapotlán ha resultado para mí la novia más difícil de olvidar”, es en Inventario donde también vemos algunos retazos de Zapotlán de Arreola, nos recuerda su juventud, cuando recitó algunos poemas para Pablo Neruda:
“Ciudad Guzmán, primavera de 1941. Estábamos en la terraza, ¿se acuerda usted, amigo mío? La que da sobre el jardín. Y los tabachines florecidos se incendiaban bajo el sol. L grupo de amigos no podía estar más contento al ofrecer tal espectáculo de belleza pueblerina. (…) Y Pablo Neruda se quedó ensimismado oyéndose a sí mismo:”.
P.p. 58.

   Inventario es una obra rara, es una joya poco recopilada en las obras de Juan José, a diferencia de todas sus demás obras nada más tiene dos ediciones, la primera de 1976, y una segunda del 2002, una obra pequeña pero con una densidad que nos deja ver las múltiples facetas del autor. “Es una recopilación esencialmente se muestra como un humanista, un ser interesado en todo lo humano, en especial en sus semejantes”, así lo califica  Óscar Mata en su ensayo “Juan José Arreola, de Sol a Sol”. Pocos escritos podemos encontrar entorno a esta obra que no desmerece nada, al contrario, nos muestra un Arreola distinto a sus obras, o a los múltiples libros de entrevistas como: La palabra educación (1973) o Y ahora la mujer (1975) editados por Jorge Arturo Ojeda; también libros con palabras y oraciones de Juan José Arreola, pero palabras y oraciones dichas, no escritas, como Memoria y olvido (Vida de Juan José Arreola /1920- 1947), contada a Fernando del Paso (1994) y El último juglar. Memorias de Juan José Arreola (1998), dictado a su hijo Orso.  Hay que destacar que Inventario es el último libro que escribió Arreola, se nota el oficio,  la sapiencia, fue su último regalo que nos legó para que todos lo sigamos descubriendo.

   “Supongamos que yo soy usted. Respóndame pues lo que quiero preguntarle.
Supongamos que el mundo va a acabarse dentro de cinco minutos y que usted dispone de dos horas para redactar un informe sobre el Juicio Final. ¿Dónde le gustaría pasarlas? Supongamos que yo amo a la mujer de otro y que ese otro es usted. ¿Qué haría en mi lugar?”.
P.p. 39.

   Vale la pena reeditar y leerlo porque desde aquí se zarpa a una relectura más abierta de la totalidad  de su obra. Aunque Arreola no se acaba nunca.
“Lo digo por última vez; la idea de triunfar en la vida frente a los demás, nos derrota íntimamente. La única victoria que vale la pena obtener, es la que se gana dentro de las paredes de nuestra casa. Y para ir todavía más lejos o para llegar más cerca, creo que la única victoria va liosa es la que gana el corazón, dentro de nuestras propias y más íntimas costillas.”
P.p. 95.


*Milton Iván Peralta, es escritor y periodista.

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LOS DOS ARREOLA

        


Por Martín Adalberto Sánchez Huerta*

        La televisión me dejó ver su imagen y escuchar su poderosa voz. Bebí inocentemente de sus palabras  en mis libros de texto. Me regaló uno de mis primeros momentos de asombro frente al misterio de la poesía  cuando  -hábil mago- convirtió al sapo en un palpitante corazón entre el lodo. Después el elefante, aquel último modelo terrestre de maquinaria pesada que nació calvo debido  a una fría y remota  herencia, vino a mi encuentro por entre la página de un libro…

       Pasé mi infancia en una ciudad fronteriza y más tarde el destino llevaría mis huesos a deambular más hacia el sur del país. Así  llegué a  Zamora, Michoacán, donde pasaría un año. Después  conocería (me hablaba mi madre de un pueblito en Jalisco y sus recuerdos se llenaban de vacas mugientes por el empedrado de las calles, de templos luminosos llamando con el tan tan de sus campanas  a misa. Las tardes de fruta recién cortada, de domingos bulliciosos de parejas de novios dando la vuelta por la plaza iluminada por el color de los algodones de azúcar y el temblor de los globos en la mano  de niños inquietos) el lugar donde nací: Tecalitlán. Cuna del mariachi Vargas, institución musical internacionalmente conocida.

       Después que hube terminado mis estudios de secundaria ingresé al Centro Regional de Educación Normal, en Ciudad Guzmán. Ahí volví a reencontrarme con Juan José Arreola. La Feria, Confabulario, El  Bestiario, Varia Invención, Palindroma,  me atraparon. Y ya no pude, como tantos lectores, escapar a su magia. Recuerdo mi asombro de que aquel mago de la palabra pudiera convertir una carta, un anuncio, un corrido en un cuento. Reducir el espacio  de acción a las dimensiones de un faro donde tres personajes encarnan  desde su particular historia un ejemplo más universal del amor y la traición. Y… ya el tren del guarda agujas  había roto las fronteras de la imaginación para llevarme a un encuentro inexorable con el maestro. Un buen día, inconfundible, en el breve artificio de su motocicleta lo vi pasar firme y sereno por la calle. Supe entonces que tendría que hablar con él. La oportunidad, que nunca aproveché como debiera, se presentó tiempo después. El caminaba cerca del centro de Zapotlán el Grande, como imagino que le gustaba llamar a su pueblo. Unos niños se le acercaron. Creo que les dio unos dulces, no sé. Yo me paré muy cerca y le pregunté que si iba a su casa. Me miró con sus grandes ojos soñadores y me contestó con su voz de actor y malabarista de palabras que sólo iba a pasear. No recuerdo exactamente esas palabras pero si el instante fugaz en que ya no fui capaz de establecer ningún diálogo. Desapareció rápidamente de mi vista, perdiéndose  en el alma de las calles.

      El segundo encuentro fue en la escuela Normal. Había sido invitado a jugar ajedrez con alumnos de la institución. Me acerqué entonces como muchos condiscípulos a estrechar su mano. Sólo eso. La imagen de su actitud pensante frente a los diez tableros que alinearon para que jugara simultáneamente  con el mismo número de contrincantes, la de su concentrada imaginación extendiéndose más allá de su mirada se quedaron en el preciado álbum de fotografías mentales que aún conserva la memoria.

       Muchos años después –y no frente al pelotón de fusilamiento- en la conformación de un grupo cultural bajo la sombra tutelar de su nombre y obra, recordaría la tarde primera de nuestros breves encuentros.

       Hace ya poco más de treinta años de aquello. Mis ganas y tesón por  escribir me han llevado a recorrer algunos territorios sagrados de la literatura Jalisciense. Y en un certamen de cuento organizado allá por entre el llano de San Gabriel de Rulfo conocí a Orso Arreola. Lo había visto años antes, cuando el gran Juan José aún vivía,  en otro certamen en Sayula, pero hasta el evento en San Gabriel cruzamos palabra. Ahora me precio de su amistad. Las tardes  de charla, el vasto campo de los territorios de sus gustos y aficiones dejan entrever al padre. Su emoción al declamar, ese humor fino que se desliza fácilmente por sus palabras deja en claro al hijo. Hay momentos en que ante mí se fusionan los dos Arreola. Orso es Orso. Su vida, la historia de su vida es un transcurrir de anécdotas salpicadas por la presencia  y personalidad de su padre. El encuentro inevitable con Paz, Rulfo, Fuentes y un largo etcétera, está ligado al entorno del escritor que lleva en sí mismo.

       Juan José es Juan José. Está por demás hablar de su vida y legado, la historia de la literatura lo consigna. Su obra es libre y recorre el mundo con sus propios pasos.

       Hoy que celebramos su nacimiento, padre e hijo se reencuentran. El hecho, histórico en sí, une más que nunca a los dos Arreola: Le da su lugar al genial escritor y al hijo nos lo presenta dueño de su propio nombre e historia.

       Los restos mortales de Juan José ocuparán el lugar que deben: la Rotonda de los Hombres Ilustres de Jalisco. Su nombre el lugar preciso: Escritor universal nacido en Zapotlán, el Grande, Jalisco.

       Quizá mañana me tome un café con mi amigo Orso, ese otro Arreola, confabulador y nostálgico que, fiel hijo, cuida un legado universal en  Ciudad Guzmán, también Jalisco. Quizá.

Martín Adalberto Sánchez Huerta, es profesor, narrador y poeta.


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La blanca flor de Arreola






Víctor Manuel Pazarín*

Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka
Juan José Arreola

Arreola fue, ante todo, un experimentador de registros narrativos y un consumado fabulador satírico de la existencia humana. Sus cuentos ofrecen la oportunidad de mirar y de mirarnos, y da cuenta de cada detalle de nuestros actos; hace de una sola vez una crítica y eso lo convierte en un autor moralista muy cercano a Esopo.

En cada uno de sus cuentos parecería que el lector se hallara ante el descubrimiento de un escritor nuevo: Arreola crea y pule —cada vez que escribe— un mundo. Los universos arreoleanos son piezas de joyería únicos. Es un artesano que después de terminar su creación —y de colocarla en la mesa de trabajo—, destruye una y otra vez los moldes para volver a comenzar, luego, desde el principio.

Leer su obra completa es encontrarse ante varios escritores y uno en su totalidad. Quizás por eso, de manera atinada, Alberto Paredes en Figuras de letras, dice que Arreola es “un laberinto y un laboratorio”.

Afirma Paredes que “la unidad de los textos de Arreola se sustenta en un extremo por la misma y continua visión del paisaje humano; ahí donde sátira, ironía y fábula moral son lo mismo actitud que género literario y soporte narrativo”.

Y después lo describe con exactitud cuando dice que en el otro extremo de su prosa está “la precisión verbal como necesidad y como compromiso en tanto escritor” y es “la rúbrica reconocible de Arreola”.

El fabulador de Zapotlán es, ante todo, un estilista; muy cercano a la tradición fundada por Julio Torri y Alfonso Reyes, y a la de algunos autores del grupo de los Contemporáneos.

“El Cuidado estilístico y narrativo de Arreola —dice Paredes— es una oportuna llamada de atención a la importancia artesanal e intelectual que el escritor debe tener para con su material de trabajo e imaginación: las palabras”.

En las casas de Arreola
En mil novecientos noventa y ocho, para celebrar los ochenta años de Arreola, la Revista Tierra Adentro preparó un número especial. Y el poeta Juan Domingo Argüelles me encargó una entrevista con él.

Entonces tuve que correr para llegar puntual a la cita. A diferencia de otros —quienes lo tuvieron siempre cerca— yo lo busqué por infinitos días hasta lograr sostener un breve diálogo por teléfono, donde me indicó la hora y fecha en la cual me esperaba en su casa de Guadalajara…

Entonces alguien abrió la puerta. Eran las tres de la tarde del tres de mayo, día de la Santa Cruz. Recorrí el camino de un breve pasillo. A Juan José Arreola lo había visto por vez primera hacía más de veinte años, cuando fuimos vecinos y yo acababa de leer La feria. Recordé en ese breve lapso las infinitas veces que lo había visto después, en espacios públicos, en la televisión, en la Casa de la Cultura leyendo en voz alta para mostrarnos la enorme calidad de algunos poemas mexicanos, cuando fui su alumno, en su casa de Zapotlán, donde conversé con él para luego colocar sus palabras en mi libro Arreola, un taller continuo, publicado en mil novecientos noventa y cinco.

Esa mañana me dijo:
“La vocación a mí me viene desde muy temprano, porque tuve un padre y una hermana mayor que amaban la literatura y que sabían leer muy bien en voz alta. Mi padre tenía un particular gusto por leer poemas de poetas románticos y algunos romanticones. Como estimaba mucho a Gaspar Núñez de Arce, de ahí me viene a mí algo que me duró toda la vida: que es el gusto por la buena versificación. Núñez de Arce, que por cierto nació en Valladolid, donde también nació Gerardo Diego. Mi padre le tuvo estimación y leía muy bien unos poemas muy extensos de Núñez de Arce. Entonces a mí me cautivó la serie de sonoridades que se podían conseguir con el idioma, con las palabras que utilizábamos todos los días en Zapotlán, y que de pronto los poetas, los versificadores buenos, las transfiguraban: se convertían, por decirlo así, en verdaderos objetos. Borges los llamaría después objetos verbales, hablando nada menos que de don Francisco de Quevedo: con el cual acabo de tener otra resurrección, por la memoria... En general te podría decir, para que lo tomes en cuenta (se me ocurrió nada menos ahorita en el momento en que llegabas): sólo puedo hablar de las cosas que viven en mi memoria”.

Antes, en mil novecientos noventa, conversé con Arreola en su casa del bosque, en Zapotlán; allí recordó sus inicios como maestro, que lo fue toda su vida.

“Aquí yo no puedo olvidar —me dijo— que siendo, como tú dices, profesor, empecé ya a ejercer esta condición, digamos, de maestro natural-improvisado, más bien natural: lo de improvisado todos lo somos, de alguna manera, en mucho. En mil novecientos cuarenta y uno —aquí en Zapotlán— tuve un grupo en una secundaria recién abierta. Daba historia de la literatura universal e hispanoamericana y, luego, historia universal y patria. Y ya con eso empecé a hacer las armas que después hicieron nacer a este tipo de maestro especial que he sido, muy desordenado, poco formal y demás. Pero eso es lo que me ha valido un poco…”.

La rosa blanca de Arreola
Juan José Arreola, tras una larga enfermedad, murió el tres de diciembre de dos mil uno. Yo, que había leído infinitamente sus obras, pero en especial La feria (1963), como muchos, me sentí dolorido.

         De La feria, en mil novecientos setenta y dos, Octavio Paz había dicho que es una “obra en la que la prodigiosa pirotecnia verbal se alía a la mirada, a un tiempo imparcial e irónica, de un historiador de las costumbres y las almas”.

Y el cuatro de diciembre la imagen que yo veía, a mí, me probaba que todo artista en cierto momento, se convierte en parte de su propia escritura, pues vi llegar el féretro donde estaba el cuerpo mortal del narrador de Zapotlán, y todo hacía recordar su trabajo y su persona. Una larga fila de personas lo seguía y recordaba alguna escena de su novela. Fue Guadalajara, entonces, Zapotlán. Fue el Paraninfo el templo de la velación. Fuimos todos personajes de una imaginación en ese momento ya dormida, pero despierta en cada uno de sus cuentos.

Yo me paré a la entrada del recinto, sobre la escalinata, para ver pasar por vez última a Arreola. Al féretro de finas maderas lo adornaba un arreglo de rosas blancas, que a esa hora de mucho sol resplandecía. A su paso no pude evitar la tentación de alargar mi brazo y tomar una, guardarla en el bolsillo interior del saco y, luego que vi perderse el ataúd donde estaba el cuerpo de Arreola, huir con ese diamante. Quizás mi mano resplandecía, porque sentía su luz. Tal vez el hurto fue una forma de despedir al maestro, al narrador.


La blanca flor, luego, la deposité en una vasija especial. Allí ha permanecido oculta. Ahora que escribo estas líneas, después de muchos años, la he vuelto a sacar. Está en mis manos. Brilla. Deslumbra en mis ojos. Abre en mi corazón el sentimiento y el cariño que tuve, desde muy joven, por Arreola. Desde que leí por vez primera La feria en la escuela primaria. Desde que supe que Juan José Arreola era mi vecino o yo de él, pero no lo sabía. Ahora lo sé. Siempre debí haberlo sabido porque el mismo cielo —el mismo y distinto— a ambos nos abrigó en Zapotlán… 

*Víctor Manuel Pazarín, es escritor, editor y periodista. 

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