"Cuando bebas agua, recuerda la fuente"
Proverbio chino
Por Julio César Aguilar*
Hace un par de días
Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar me informó desde
Zapotlán que, por
fin, los restos mortales de Juan José Arreola serían trasladados en
fechas muy próximas
a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres. Héctor Alfonso sabe, sin
duda alguna, que
todos los zapotlenses que alguna vez aspiramos ingresar a los recintos
de la literatura,
somos deudores de una manera u otra de la vocación artística de Arreola,
cuyo espíritu resurge en cada una de sus memorables
páginas y que desde el 21 de
septiembre de 2015 habitará en los espacios
reservados a los grandes hombres que han
contribuido a perfilar nuestro presente.
Y ese día es hoy: acontecimiento histórico no sólo para las letras de
Jalisco sino
nacionales, ya que
el último juglar es uno de los primerísimos narradores de estirpe
universal que cinceló su obra con la delicadeza de
un entusiasta orfebre de la palabra,
pasión por la misma que fue incuestionable en
múltiples ocasiones en los ámbitos
también de la oralidad. Este suceso, por lo tanto,
debe interpretarse más como una
ceremonia de justicia literaria a uno de los más
sobresalientes orgullos de Zapotlán —esa
novia a la que tanto quiso y que le fue la más
difícil de olvidar, según él mismo lo
expresara— que, sin dejar de serlo, como un acto
político o con tintes partidistas. Con
esta alta distinción con la que se honra hoy la
memoria del autor de Confabulario, una de
sus mejores obras, se justifican con todo su peso y
luminosas resplandecen ya las
sencillas palabras que Neruda escribe en una
dedicatoria a Arreola.
Fue precisamente en Zapotlán donde coinciden ambos protagonistas de la
literatura
hispanoamericana. Neruda, quien ya llevaba casi dos años radicando en México
como cónsul general de Chile, llega a Zapotlán el
16 de junio de 1942 por la invitación
del diputado César Martino para que escuchara
recitar a Arreola. A Martino, por cierto,
Neruda le dedica un soneto que ese mismo día
escribe, impulsado por la amistad e
inspirado por el ponche de granada y el cielo de
Zapotlán rebosante de estrellas. Esa
noche, el joven Arreola recita de memoria los
poemas “Farewell” y el “Poema XX”, del
chileno también universal, tras ofrecerle un
discurso de bienvenida al poeta. Durante la
velada literaria, Arreola le pide a Neruda que le
dedique su libro Veinte poemas de amor
y una canción desesperada, poemario en su quinta
edición de 1938. El poeta escribe
entonces: “A Juan José Arreola con fe en su
destino”. El ahora benemérito jalisciense
tenía veintitrés años de edad, pero ya era un gran
artista en ciernes que vislumbraba su
sino. Y Neruda no se equivocó: esa fe que tuvo en
la suerte de Arreola, este día se ve
coronada con el esplendor de la gloria literaria
(perdón por mi entusiasmo y la retórica).
Uno de los mayores privilegios que he tenido a lo largo de mis
incursiones en la
literatura —y puedo
asegurar que de mi vida, sin ninguna pretensión de exagerar—, fue
el haber conocido a Arreola y conversado con él
cuando yo era aún niño. El impacto que
produjeron en mí esos encuentros —valga
puntualizarlo— ha sido determinante en mi
carrera. Recuerdo que mi madre solía decirnos,
cuando lo veíamos en su programa
televisivo, Vida y voz, durante su participación en
el canal 13, que ese señor era pariente
de la familia, por parte de los Zúñigas. El padre
de mi abuela materna, Daniel Zúñiga
Chávez, era tío de Juan José Arreola; por lo tanto,
mi abuela Soledad Zúñiga Álzaga y él,
eran primos hermanos. Motivado por mi incipiente
interés en la poesía y con el pretexto
de esa lejana relación de parentesco, en mi caso,
un día le llamé por teléfono y le expuse
que era nieto de Soledad, su prima, y que deseaba
mostrarle lo que yo escribía, con el fin
de recibir algún comentario sobre los textos y
recomendaciones en cuanto a lecturas
debía realizar.
Sin embargo, ya antes de escuchar a mi madre referirse al parentesco con
Arreola,
yo tenía
conocimiento del escritor a través de los libros de texto de primaria; hecho
que
despertó mucho más mi interés por conocerlo.
Inolvidables son las dos prosas “El sapo” y
“El elefante” que en nuestra infancia pudimos
disfrutar en el libro de lecturas de sexto
grado, las cuales forman parte de su Bestiario, así
como sobre todo la impecable prosa
poética que alude a la tierra natal y que todavía
pervive en mi memoria palabra por
palabra: “Si camino paso a paso hasta el recuerdo
más hondo, caigo en la húmeda
barranca de Toistona, bordeada de helechos y de
musgo entrañable. Allí hay una flor
blanca. La perfumada estrellita de San Juan que
prendió con su alfiler de aroma el primer
recuerdo de mi vida terrestre: una tarde de
infancia en que salí por vez primera a conocer
el campo. Campo de Zapotlán…”. De igual modo, de
esos libros de texto destaca otra
prosa contenida en La feria, y que alude
precisamente a las festividades religiosas que
cada octubre se conmemoran en Zapotlán. Por otra
parte, mi hermano mayor Engelberto
tenía en casa —y aún lo tiene— el libro de Lectura
en voz alta, compilación de prosas
seleccionadas por Arreola y publicado en la
Editorial Porrúa. Mi hermana Lola —ahora
mismo también me acuerdo—, quien por esos años
estudiaba teatro en la Casa de la
Cultura, una noche me llevó a uno de los salones en
donde Arreola impartía una charla.
Yo era el único niño que asistió esa vez entre
adultos a escuchar, admirado, la expresión
decantada de su discurso.
Decía entonces que desde la primera vez que me comuniqué con Arreola, ya
tenía
yo cierto
conocimiento de quién era y había leído por lo menos los textos mencionados
arriba. Siempre que hablaba por teléfono, me
contestaba regularmente Claudia, su hija
mayor, ya que era ella quien vivía con él por ese
tiempo en la casa de Loma de Barro, la
que es ahora Casa Taller Literario Juan José
Arreola. A esa casa llegué un día,
transportado en el vehículo de Lourdes, mi hermana
mayor, con la timidez del niño que
reconoce la superioridad del otro. Avergonzado, como
si hubiera cometido yo un delito,
le extendí a Arreola las páginas mecanografiadas de
los textos que llamé canciones.
Después de leerlos, benévola fue su respuesta:
“para la edad que tienes, esto tiene
sentido”, dijo, recomendándome después la lectura de
poetas principalmente del
modernismo, como Rubén Darío, Ramón López Velarde,
entre varios otros. Ese primer
día que lo conocí en persona, una tarde de enero de
1983, antes de despedirme de él, fue
al estante donde tenía sus libros y me regaló uno
suyo. Era el de Lectura en voz alta, que
todavía conservo. En la dedicatoria escribió: “A
Julio César, ese regalo de año nuevo. De
su tío abuelo Juan José Arreola”.
Poco tiempo después volví a verlo, cuando
era director de la Casa de la Cultura de
Zapotlán. Ese mismo
día tuvo la visita del poeta Germán List Arzubide, a quien tuve la
oportunidad de conocerlo en esa ocasión. De la
conversación que ese mediodía
sostuvieron ambos, escuché que hablaban de Juana de
Ibarbourou y de Alfonso Reyes,
entre otros asuntos. Yo llevaba conmigo el
Confabulario personal en la edición de
Bruguera y de Joaquín Mortiz Varia invención. En
este último, dedicándomelo, Arreola
anotó: “A Julio César, para que prosiga en su afán
de formarse y escribir. Juan José
Arreola, primo hermano de Soledad Zúñiga Álzaga”.
En la dedicatoria del Confabulario
simplemente expresó: “A Julio César Aguilar con fe
en su destino”, y al final de la página
una nota en la que se lee: “Estas palabras me las
puso en una dedicatoria Pablo Neruda
cuando estuvo en Zapotlán, hoy la he copiado para
ti, jueves 21 de agosto de 1986”. Y
este 21 de septiembre de 2015, yo celebro desde
College Station, Texas, el talento y la
grandeza de Juan José Arreola, y envío el más
cálido abrazo a Claudia, Orso y Fuensanta,
testigos de lo que oyó su padre, aunque fuera un
solo instante, “a través de la zarza
ardiente”.
* Julio
César Aguilar, es poeta,
escritor y doctor en letras.
Si usted gusta consultar la versión en Pdf de La gaceta Literaria puede hacerlo en este link: http://issuu.com/aquinatenses/docs/01-curvas
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