lunes, 19 de junio de 2017

Rulfo y el amor imposible

Así, el nombre de Susana evoca esa figura asediada por dos hombres lascivos. 



Por Dra. María Guadalupe Mercado Méndez

Aunque la vida personal de este autor fuera feliz en un matrimonio largamente deseado[1], logrado a fuerza de amor distante que se acercaba a través de lo más íntimo, las sentidas cartas que alguien tan sensible podía enviarle a su amada, el amor no logrado campea entre los sueños del creador. En su novela, uno de los personajes más impactantes del texto es quien representa el amor inalcanzable del protagonista.
            Susana San Juan es una entelequia, un espejismo y una posible inexistencia.  
            Para comenzar hay que decir que Susana es una figura de museo, una inocente mujer [2] que es   acosada por dos viejos que la espían en su baño, según el Libro de Daniel. En los siglos XVI y XVII el tema bíblico atrajo a numerosos pintores por la oportunidad que ofrecía de mostrar la técnica pictórica del desnudo y la fascinación por el tema religioso, ya que Susana se convierte en símbolo de la pureza frente a la libido exacerbada de los dos viejos frente a su belleza[3].
 En  el texto de Juan Rulfo, Susana es obsesión de Pedro Páramo, pero antes y primero lo ha sido de su padre, Bartolomé San Juan.  Susana ha enloquecido por la forma brutal de trato que recibió de su padre. El lazo que la une a él es simbólico,  representado por el  que la introducía en el estrecho hueco de la mina de la que él esperaba la riqueza…
-Busca bien, Susana. Haz por encontrar algo.
- No veo nada, papá.
-Más abajo, Susana. Más abajo. Dime si ves algo.
-¡Dame lo que está allí, Susana!
Y ella agarró la calavera entre sus manos y cuando la luz le dio de lleno la soltó.
  
Así, el nombre de Susana evoca esa figura asediada por dos hombres lascivos.

El misterio Rulfo


Celebremos el centenario de una estrella que apareció en el sur de Jalisco para iluminar todo el universo; aquí presento un humildísimo homenaje a quien trastocó los conceptos de literatura en todo el mundo: “toda la literatura se encuentra ahí”, diría uno de sus traductores.

¿A quién habla Juan Preciado cuando habla?

¿A quién le dice “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre,
un tal Pedro Páramo”…?
La difícil estructura del texto nos hace sumergirnos en un mar de personajes, sus anécdotas y sus dolores. De repente olvidamos que llevábamos un hilo conductor que iniciaba precisamente con esa frase: “-Vine a Comala porque me dijeron…”, y Ariadna se nos pierde una vez que hemos usado su hilo, ingratos como Teseo. La podemos dejar en la isla abandonada, en espera del dios que la convertirá en la constelación de Ariadna, luego de regalarle la diadema de joyas incandescentes.  Y si el olvido es definitivo, estaremos condenados a perecer en el laberinto que es el lugar donde se quedan las almas irredentas de Comala.  
Mi madre me decía que, en cuanto comenzaba a llover, todo se llenaba de luces y del olor verde de los retoños. (…) Mi madre, que vivió su infancia y sus mejores años en este pueblo y que ni siquiera pudo venir a morir aquí. Hasta para eso me mandó a mí en su lugar.
 Así, tenemos que descubrir quién es la Ariadna que presta su hilo al intrépido viajero que viene en misión a Comala. En el centro de ese laberinto encontrará  la bestia más temible: la de la carne, en el lecho de la hermana incestuosa de Donis.  
El calor me hizo despertar al filo de la medianoche. Y el sudor. El cuerpo de aquella mujer hecho de tierra, envuelto en costras de tierra, se desbarataba como si estuviera derritiéndose en un charco de lodo. Yo me sentía nadar entre el sudor que chorreaba de ella y me faltó el aire que se necesita para respirar. Entonces me levanté. La mujer dormía. De su boca borbotaba un ruido de burbujas muy parecido al del estertor. (…) No había aire. Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera. Lo sentía ir y venir, cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre.
     Digo para siempre. (p. 74)

Una voz como guía    

Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz.” Mi madre… la viva. (p. 12)
Ella lo conduce con su voz por los senderos perdidos. Hasta que su hijo le reclama el “me mandaste al dónde es esto y dónde lo otro”. Hubiera querido decirle: “Te equivocaste de domicilio. Me diste una dirección mal dada. Me mandaste al  ´¿dónde es esto y dónde es aquello?´ A un pueblo solitario. Buscando a alguien que no existe”. (p. 12)
Y la voz de la madre parece difuminarse poco a poco, para dar lugar luego a la guía sustituta...
-¿No me oyes? –pregunté en voz baja.    Y su voz me respondió:
   -¿Dónde estás?
   -Estoy aquí, en tu pueblo. Junto a tu gente. ¿No me ves?
   -No, hijo, no te veo.
   Su voz parecía abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra.
   -No te veo. (p. 73)

El tránsito de una vida a otra lo encuentra en los brazos de una mujer. La vida en la eternidad la pasará con otra, a quien él porta en sus brazos dentro de la tumba.
      A esa mujer le declarará la ilusión que sintió por conocer a su padre; y ella le hablará de su ilusión por el hijo que creyó haber tenido. Instancia  reveladora es el sueño, que la interlocutora tiene por partida doble, y uno será “el bendito” y otro “el maldito”. En el cielo se resuelven sus dudas, ya que “se equivocaron con ella: le dieron corazón de madre y seno de cualquiera”. Y la mandan a seguir en la tierra, para acortar su estancia en el purgatorio. Ya anciana, comprende que nunca había tenido ningún hijo. Al despoblarse el pueblo, se sentó a esperar la muerte.
 Después que te encontramos a ti, se resolvieron mis huesos a quedarse quietos. (…) Ya ves, ni siquiera le robé el espacio a la tierra. Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde me tienes ahora. Sólo se me ocurre que debería ser yo la que te tuviera abrazado a ti. (p. 79)[4]
La gran paradoja del texto sería, entonces, que Juan Preciado haya venido a Comala a buscar a su padre, pero que termine encontrando cada una de las distintas madres sustitutas que existen en el texto;  (Eduviges Dyada, quien estuvo a punto de ser su madre, ya que Doloritas la envió a pasar su noche de bodas con Pedro Páramo porque ella no podía hacerlo, siguiendo las recomendaciones del Saltaperico, Inocencio Osorio. Es ella la encargada de recibirlo y hospedarlo en Comala. Pero desaparecerá de la que fue su casa en medio de los gritos del Aldrete, dando lugar al surgimiento de la aparición de Damiana Cisneros ). A ella la pierde caminando por las calles de Comala, yendo hacia la Media Luna. Para  ser sustituida por Donis, quien lo invita a pasar a su casa.
          Pero volvamos a nuestra pregunta original: ¿a quién habla Juan Preciado cuando habla? Para sorpresa nuestra, el hilo del relato va a tejerse en este punto con un personaje femenino el más inesperado, el más insólito, el menos agradable de la historia. Una alienada que vive de la limosna del pueblo, que siempre carga un bulto creyendo que es su bebé, será portada en brazos de Juan Preciado : -¿No sientes el golpear de la lluvia? –Siento como si alguien caminara sobre nosotros. –Ya déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados. (p. 65)   
Con la lluvia, los rumores, los quejidos y los dramas emergen del silencio. Los muertos aquí hablan solos, como Susana San Juan. Y son escuchados por la extraña pareja, porque vienen de la tumba grande, que está a su lado. Así  se enteran de las obsesiones de Susana por su esposo.
-“Mi cuerpo se sentía a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los ojos cerrados, los brazos abiertos, desdobladas las piernas a la brisa del mar
 -- Ahora   sí es ella la que habla, Juan Preciado. No se te olvide decirme lo que dice.
-“… Era temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de la espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas. (p. 99)

Sobre su muerte también Juan Preciado tendrá sus reflexiones: la rapidez de la misma, por ejemplo.
Es curioso, Dorotea, cómo no alcancé a ver ni el cielo. Al menos, quizá, debe ser el mismo que ella conoció.
            -No lo sé, Juan Preciado. Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo. (Pedro Páramo, pp. 84-85[5])
Desde  la más profunda actitud filosófica hasta lo más cotidiano de un crujir de maderos rotos, este personaje nos ofrece una gama de emociones y de sabiduría cuasi materna.  Otro espacio en el que reconocemos la habilidosa redacción de la obra, se encuentra en la p. 103.
         -¿Qué es lo que dice, Juan Preciado?
-Dice que ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan. Dice que él le mordía los pies diciéndole que eran como pan dorado en el horno. Que dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda; sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido. Pero que le había dolido más su muerte. Eso dice.
(….) –Se ha de haber roto el cajón donde la enterraron, porque se oye como un crujir de tablas.
-Sí, yo también lo oigo.


Nos encontramos entonces con un diálogo espaciado entre dos seres que yacen en la tumba juntos. Felizmente pueden dialogar, resolver sus dudas, intercambiar ideas. Es así que Juan Preciado sabe que Dorotea no tuvo hijo alguno y ella se entera de que a Juan lo mataron los murmullos. Sobre todo, Dorotea (o Doroteo) libera su alma de todos los resentimientos que tiene con la vida. A la pregunta de Juan: ¿Y tu alma? Dorotea responde que debe andar vagando por la tierra como tantas otras. Narra que cuando se sentó a morir, su alma le rogó que continuara, pero ella dijo: Aquí se acaba el camino –le dije-. Ya no me quedan fuerzas para más”. Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón. (p. 70).

El diálogo como forma de conocimiento ha sido empleado desde tiempos inmemoriales. Mucha de la información a propósito de la gente de Comala la obtenemos a través de ese medio tan eficaz. “¿Eres tú la que ha dicho todo eso, Dorotea? -¿Quién, yo? Me quedé dormida un rato. ¿Te siguen asustando? –Oí que alguien hablaba. Una voz de mujer. Creí que eras tú. P. 82)
La sorprendente declaración de la mujer a propósito de su condenación (enunciada por el padre Rentería) la hace preferir el lugar en que se encuentra al infierno que le estaba siendo destinado por las circunstancias: “-pero cuando a una le cierran una puerta y la que queda abierta es nomás la del infierno, más vale no haber nacido… El cielo para mí, Juan Preciado, está aquí donde estoy ahora.” (p. 70).


Notas:


[1] Juan Rulfo,  Cartas a Clara; México, Plaza y Valdés, 2000.  
[2] Susana y los viejos,  en el Museo del Prado de Madrid se pueden ver varias versiones: Tintoretto, Gian Francesco Barbieri, Giordano Luca, Maura y Montuner y otros, quienes se han inspirado en esta historia del Libro de Daniel, de la Biblia.
[3] RÉAU, Louis (2000): Iconografía del arte cristiano. Iconografía de la Biblia. El Antiguo Testamento. Ediciones del Serbal, Barcelona.
[4] Las referencias son tomadas de la segunda edición revisada por el autor en 1981.
[5] Todas las notas serán tomadas de la edición del Fondo de Cultura Económica del año 1971, Decimaprimera reimpresión.

Puedes consultar la versión Pdf de La Gaceta Literaria en esta dirección: https://issuu.com/hectoralfonsorodriguezaguilar/docs/gaceta_literaria_no_4











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