Juan M. Negrete
La vieja discusión trabada entre muchos autores y muchas escuelas
a lo largo de la historia de la filosofía que envía al discurso florido,
ampuloso, equivocista, metafórico pues, al terreno de la literatura y deja a la
tendencia univocista, estricta, esquemática, metonímica entonces, para los
textos de la filosofía, no se sostiene por sus piernas como una caracterización
válida. La tendencia a tal dualidad pendular es observable al interior de
prácticamente todo trabajo intelectual humano, sea éste artístico, religioso,
político, literario, filosófico, moral y aún científico. Y no tenemos que
reducir este fenómeno a un maniqueísmo incurable de la especie. Habrá que
buscar en otra parte la causa de fondo de tal hecho. Mi ensayo de hoy tiende
sólo a ilustrar lo que estoy afirmando. De ninguna manera pretendo elaborar un
discurso etiológico del caso. Tengo antojo pues de bordar de manera diversa
sobre esta tradición dual, de que siempre se habla, en nuestro quehacer
intelectual. Y quiero referirme a la dualidad pendular que se encuentra en los
textos de la filosofía, para decir que no son una característica nuestra y muy
exclusiva, sino que está presente, insisto, en toda la tradición intelectual de
occidente.
Son muy conocidos los trabajos que caracterizan esta dualidad
pendular al interior del discurso literario.
Echar una ojeada al pasado tiene como sentido recrear el
inventario al que siempre se alude para confirmar la tesis por ilustrar. Pero
no está de más recordar que en la Grecia clásica, los constructores de
discursos de la época de Herodoto, y los que vinieron después, se referían al
mito, o sea al discurso tradicional, a la herencia recibida de su pasado remoto,
como a un discurso informe, difuso y ya no fiable. Podía tener todo el
prestigio de los antepasados consigo; podía ser todo lo antiguo que se
quisiera; pero ya no servía para las nuevas condiciones que se estaban
generando en su presente. Le llamaron mito, para diferenciarlo del
razonamiento sobrio y puntual, logos. Se puede abundar en citas clásicas
sobre el particular, pero creo que es irrelevante en este momento. Continuemos
pues.
Englobado en el mito, esto es, en el discurso que ya no
habría de trabajarse más, se encontraba todo lo oral, todo lo no escrito, lo
que no tenía referentes locativos, espaciales ni aún temporales. Lo mítico pasó
a ser lo emotivo y aún lo subjetivo. Pero fundamentalmente era lo
contradictorio. Llegamos con esto al punto de oro de la cuestión. Con dar paso
a la dualidad contradictoria, que luego se llamará dialéctica, deja abierta la
puerta a una extraña caracterización. Mientras los eleatas y todos sus
seguidores lógicos posteriores elevarán a la categoría de sine qua non a
la no contradicción, dejaron viva la dualidad para el discurso mítico. Lo
lógico se distingue entonces de todo lo demás, en que no contemporiza con la
ambigüedad, con la equivocidad, con el discurso dual. Acá todo es unívoco,
metonímico. Y se escindió la tierra.
Pronto surgieron hasta diferencias plásticas concretas. Las
hallaron sin esforzarse demasiado. Al discurso oral antiguo, que se había
vaciado en moldes métricos, en versos, lo llamaron poesía. Reservaron la
etiqueta de prosa para el discurso que no sólo era razonado, sino que ya
no se preocupaba de cantar nada más, de sonar agradable al oído, sino de
apuñalar mediante conceptos y categorizaciones a la mente misma, al núcleo
impávido de la ratio. Sin embargo, a la larga, esto de distinguir entre
prosa y poesía, tampoco resultó método de identificación automática. Tucídides,
por ejemplo, se alarma de que Herodoto, su colega, es decir también prosista
consumado, ceda a la tentación de esclavizarse al gusto del público y quedarse
en la superficialidad y en la frivolidad de lo no constatado. La verdad
histórica, dice él, es sacrificada por estas tentaciones, aunque se escriba en
prosa. Razón por la cual propone enviar a este tipo de prosistas (logógrafos)
al arcón despreciable de los poetas. (Tuc. I, 20-22) Y qué decir de las
invectivas esparcidas en toda la obra de Platón a los sofistas, prosistas
consumados todos ellos como él mismo, que no tienen, según sus ojos, ni la más
mínima pizca de amor a la verdad.
Al final los intelectuales griegos llegaron a un acuerdo, que ha
permanecido. Sostuvieron que hay una dualidad muy general. En el campo de la
ciencia se trabaja y se desarrolla el método unívoco. Ahí tiene lugar la
metonimia. En cambio en la literatura se da rienda suelta a la equivocidad, al
reino de lo metafórico. Quien quiera ser acólito de un modelo o de otro, tendrá
claro a dónde dirigirse. Quien decida ocuparse de lo metafórico, en las nivosas
cumbres del arte, no recibirá reproche alguno. Lo mismo le pasará a quien
dirija sus desvelos de precisión y de frase concisa, si se pierde en las
hondonadas de lo científico. Pero quien confunda los campos será recriminado y
medido con la vara del desprecio, de la crítica y de la acrimonia feroz. Así
quedaron las cosas y esta lectura es la que se trasmite hasta la fecha en todos
los espacios escolares y de divulgación. Sin embargo, no es tan sencillo el
asunto.
Dexemos a los troyanos,
Que sus males no los vimos
ni sus glorias;
dexemos a los romanos,
aunque oímos y leímos
sus historias.[1]
La gran discusión sobre los cánones artísticos, que se dio entre
los críticos de arte de los siglos xviii y xix, ya no involucró a los
científicos. Dejaron a aquellos especimenes encerrados en su torre de marfil.
Los catorrazos se dieron en el mundo del arte. Y resulta que aquí, entre los
literatos, se volvió a plantear otra vez la tan sobada dualidad, casi en los
mismos términos a como se había ventilado entre los clásicos, entre el logos y
el mito.
Resulta que se posicionaron de un lado los románticos y del otro
los ilustrados. Los primeros decían que había que dar culto a la emotividad.
Por lo tanto, prestigiaron para su discurso lo cualitativo, lo matizado, el
adorno, la espiritualidad, el misterio, el subjetivismo más extremo. Y dejaron
que volara la imaginación sin restricción alguna. Ya no se diga el culto al
formato que luego se conoce como barroco, que conoció aliento superlativo. Del
lado de enfrente, en cambio, se entronizó a la razón. Y se preconizó, con ello,
un discurso frío, crudo, escueto, descarnado. Se habló de rendirse a la diosa
razón, a la objetividad extrema. Y no tenía su formato estético nada que ver
con prescripciones científicas. Se estaba respetando la escisión propuesta en
el pasado. Empero se exigía que se reconocieran como artísticos estos trabajos
llenos de puntualidad y de esquema, fríos, exactos, apolíneos. Otra vez el
culto a la metonimia dentro del arte; de nuevo la univocidad del cacique logos,
pero en el arte.
¿Qué hacer entonces con lo mítico? ¿Se iba a quedar imperando sólo
entre los románticos?. Parecía ser expulsado de la parcela ilustrada. Sin
embargo, ésta era una mala lectura, porque todos ellos son mitómanos, dado que
son literatos. Hubo quienes aceptaron y manejaron como válida esta dicotomía.
Pero esto sólo confundió las partidas, en lugar de aclarar el campo. La
modernidad fue metida también al debate. Los ilustrados y sus acólitos se
autodefinieron como modernos y llamaron a sus opositores o no turiferarios como
premodernos. El romanticismo es pues premoderno. Pero lanzándose al futuro, la
opción es la misma. Los que no sean servidores de la razón, del logos redivivo,
del escueto y frío culto a la racionalidad, pueden ser posmodernos. Sus vicios
son los mismos que los de los premodernos. Las diferencias observables son de
detalle, superficiales, no de fondo pues. Son vistos como acólitos del viejo
mito, que se resiste a morir. Mas no se reparaba que estaban por casa, que se
movían justamente en el coto que se les había reservado para expandirse y
retozar en él.
Mauricio Beuchot ha estado elaborando todos estos años una
interesante propuesta, que denomina Hermenéutica analógica y que trata
de zanjar esta dualidad exasperante con una especie de tercera vía.[2] No la propone precisamente
como eclecticismo, sino como la salida del laberinto. Pero no me ocuparé de
este particular en este momento, pues me llevaría el asunto a otra parte
distinta a lo que quiero concluir.
Los científicos supusieron que, desde que los griegos
establecieron aquella dualidad, se habían curado del contagio y habían salvado
la pelleja. Así, miraban con misericordia y lástima a estos pobres
intelectuales llamados literatos o filósofos que nunca acababan de dar el do de
pecho y que seguían enmarañados con la metáfora. Mas habrá que decirles que su
mal tampoco tiene remedio. Que no es tan cierta esta confianza ingenua en la
escisión heredada del pasado y que les dejó a ellos a salvo de este mal. Tal
dualidad es visible también en su gremio y los trabajadores del volante
científico tienen que torear con estas embestidas.
Veamos lo que ocurría al interior, por ejemplo, de la discusión
por la historia a finales del siglo xix y principios del xx. Al cuestionarse si
la historia era ciencia o no, los positivistas cerraron los portones y dejaron
una sola salida. Es ciencia. Y al que no le guste, el fuste. Pero entre las
discusiones de los alemanes reapareció la dualidad de una herida mal curada:
por un lado quedan las Naturwissenschaften, por la otra las Geisteswissenschaften.
Y de ahí se volvió a desbordar el río. No se dice que esa discusión concluyó
satisfactoriamente, sino que fue abandonada más bien, con la llegada del
cuantificacionismo entre los historiadores. Pero, precisamente por dejarla mal
curada, más adelante veremos que reaparece entre sus asignaturas pendientes.
Aunque ya se encuentren, la historia y sus tareas, completamente
matematizadas, no termina de resolverse si habrá que borrarlas del mapa sin
siquiera exequias dignas de su pasado; o dejarlas aparentemente vivas,
reducidas tan solo a un simple capítulo de la economía, en atención a un
prestigio antiguo que no pesa. Los más feroces son los que mantienen la
propuesta primera, que claman a estridencia de trompeta el juicio final de la
historia. Los segundos, más modosos y renuentes, han concedido prácticamente
que haya clausurado todas sus páginas arcaicas, antaño sacrosantas, como el
debate sobre las culturas, el alma de los pueblos, la soberanía de las naciones
etc., y aceptado que las nuevas imágenes
construidas tienen harto tufo de vaucher bancario, imagen irreversible de
declaración fiscal. Estos tímidos defensores del antiguo abolengo histórico no
alínean con los arrogantes monetaristas que no quieren saber nada de tales
debates, a los que consideran meros dislates. Y entonces, aunque orgullosa ciencia
nueva, la historia nos da un ejemplo más de que la dualidad pendular no es
asignatura pendiente exclusiva de los literatos y de los filósofos.
Alguien podría defender el punto extremo y decir que en las
ciencias duras esto no acontece. Para tales ingenuos, también hay ejemplos que
lo decepcionarán. En el debate de los físicos sobre el operar mecánico o no
mecánico de la naturaleza en general, se disputó agriamente y por mucho tiempo
en torno a la causalidad y la teleología. Al igual que entre los historiadores,
el asunto no ha concluido de la mejor manera posible, aunque ya lo hayan medio
clausurado. Pero no quiero traer esta dualidad pendular, como ejemplo de que
también a ellos se les nubla la vista, sino ir más adelante.
Decidieron tomar el acuerdo de coronar a la causalidad como a la reina, como a la
norma epistémica que les zanjaría toda dificultad teórica. Desecharon cualquier
otro formato y se lanzaron a armar el mundo
de las imágenes físicas del universo con estas coordenadas. Pasaron un buen
tiempo de tranquilidad, de jauja, de cese de hostilidades. Pero tanta belleza
no podía durar. Y pronto se les apareció juan diego con su causalidad
escindida. Como encontraron que la causalidad está ausente, como principio
universal en algunas áreas del universo, concretamente en el mundo subatómico,
su optimismo se les derrumbó.
El optimismo les venía de extrapolar los principios de la mecánica
clásica de manera universal y prácticamente sin excepciones. Pero pronto
encontraron que esta ausencia de excepciones para un formato de comportamiento
universal les ponía en situación de sostener una doctrina dogmática. Y el
dogmatismo no es científico. Es propio del pensamiento religioso. Es propio de
predicadores. Puede ser un vicio propio de literatos y de filósofos. Pero no es
posible que los científicos, asépticos a tales prácticas, inmunes a tales
contagios, de pronto aparecieran llagados de tan infame mal. Algo debía andar
mal en todo el esquema. Y se sentaron a revisarlo.
Leónidas Hegenberg nos regala un acuerdo tenido sobre este extenso
asunto de la causalidad en el congreso internacional de lógica y metodología
celebrado en Stanford en 1960. Veámoslo:
La cuestión del determinismo en cualquier teoría física debe discutirse
haciendo referencia a sus postulados básicos. Los de la mecánica clásica son:
1.- El mundo existe objetivamente, con independencia del observador.
2.- Cualquier movimiento puede ser descrito bajo las coordenadas
espacio-tiempo: se describe como conjunto de posiciones sucesivas, ocupadas en
tiempos diferentes.
3.- Cualquier sistema físico a investigar se considera como un conjunto
de puntos materiales (adimensionales, dotados de un número finito de
propiedades).
4.- El movimiento de los puntos resulta de fuerzas independientes de
tales puntos; las fuerzas son regidas por ecuaciones diferenciales
representativas de las leyes de la naturaleza. (i.e., las leyes existen
independientes de los objetos; si conocemos posiciones, velocidades y fuerzas
de un sistema, podremos prever su evolución).
5.- El sistema de leyes está completo, el número de leyes es
finito y perfectamente determinado. De conocerse en un instante dado
velocidades, posiciones y fuerzas, el futuro sería previsible con seguridad y
sin error.
Los puntos 4 y 5 constituyen el determinismo newtoniano o laplaciano.
Aquí no caben las leyes estadísticas, que reflejarían sólo la existencia de
movimientos más complejos. Pero tales leyes estadísticas serían deducibles de
las determinísticas en su totalidad. El desarrollo ulterior de la física
provocó modificaciones a este esquema.
La teoría de la relatividad de Einstein modifica los postulados
2, 3 y 4, pero conserva el 1 y el 5. Las coordenadas espacio-tiempo y la
materia que se mueve en ellas no son independientes. Se unifican los postulados
2 y 3, aseverando que la naturaleza es un campo cuyas ‘singularidades’
constituirían la materia. También se unifican los postulados 3 y 4, al
afirmarse que las fuerzas (y las leyes que las rigen) reflejan las propiedades
locales de ese campo, que debe ser considerado como un todo.
Las modificaciones radicales aparecen con la mecánica cuántica.
Ésta fue el primer ejemplo, en física, de una teoría estadística. Parte de los
siguientes postulados:
(a)
la energía está dotada de cierta
atomicidad.
(b)
la materia y la energía poseen
aspectos corpusculares y ondulatorios.
(c)
las leyes fundamentales de la
física atómica toman necesariamente una forma estadística, de manera que toda
prevención científica será también estadística.
Con la mecánica cuántica el cuadro de los postulados de la
clásica queda de la siguiente manera: Se rechaza el postulado 1: No hay una
existencia objetiva fuera de la observación. Sólo son válidos los enunciados
que tienen en cuenta simultáneamente al observador y a la cosa observada. Se rechaza
el 2: hay que describir a las partículas en términos de ‘probabilidades de
distribución’. Se conservan el 3 y el 4, aunque variando (en éste último) el
significado de ‘ley’: las leyes se aplican determinísticamente a las
probabilidades de distribución y rigen su comportamiento en el espacio-tiempo.
El postulado 5 también se conserva, pero entendiéndose la completez en sentido
probabilístico.
Los físicos en general tomaron la formulación del principio de
incertidumbre de Heisenberg como el fin de la mecánica clásica. Con esto se
inhumaba teóricamente a la causalidad, sin remedio. Empero, inmediatamente se
elevaron voces señalando que los cuánticos estaban cometiendo el mismo error de
extrapolación de la clásica. Estaban elevando el principio de incertidumbre a
nivel de ley natural, con validez en todos los dominios del universo, en vez de
considerarlo sólo como consecuencia de la teoría cuántica. Los científicos
actuales, que se pronuncian a favor de la restauración de la causalidad en la
física, señalan como ilícita la pretensión de elevar este principio a nivel de
ley absoluta y le restringen su validez al dominio cuántico. Se conoce a estos
actuales neoadeptos a la causalidad como ‘la escuela Copenhague’. Para ellos,
todo lo que hay por saber con respecto a las partículas elementales está
expresado por las leyes de la mecánica cuántica. Pero en lo demás, la mecánica
clásica sigue avante, dominando la escena.
En la actualidad se tiende a encontrar una fórmula intermedia,
conciliatoria de ambas posiciones irreductibles. No da la razón a los hombres
de Copenhague (los cuánticos), pero tampoco a los restauradores universales de
la causalidad clásica. Esta postura, a la que curiosamente se le denomina
‘Anticopenhague’, se sintetizaría de la siguiente manera:
I- Retorno al postulado 1 (las partículas son independientes del
observador) aunque admitiendo la imposibilidad de hacer experimentos con
microobjetos sin perturbarlos.
II- Aproximación a las teorías de Einstein según las cuales las
partículas poseen una estructura y no son ‘puntos geométricos’. Las partículas
podrían ser consideradas como diversos tipos de ‘excitación’ en un campo
universal.
III- Abandono del ideal de la ‘completez’ del postulado 5. La
naturaleza posee infinitos niveles, de modo que las teorías de un nivel dado no
pueden tener la pretensión de explicar todos los fenómenos que se manifiesten a
diversos niveles.
El nivel macroscópico sería el de las distancias superiores a 10-8
cm donde prevalecería como aproximación satisfactoria la mecánica clásica. En
el nivel especificado por las distancias entre 10-8 y 10-13
cm, aparecen nuevas propiedades, para las cuales es forzoso introducir la
mecánica cuántica. Con todo, en el dominio de las distancias inferiores a 10-13
cm podrían tener validez nuevas mecánicas, necesarias para dar cuenta de
las propiedades que no se puedan estudiar ahora por medio de la mecánica
cuántica. Esta es una conjetura que gana fuerza en la época actual.
En este
esquema serían necesarias tanto las leyes determinísticas como las
probabilísticas. El determinismo recobraría un comportamiento estadístico, que
a su vez podría ser analizado en cuanto dinamismo autónomo más profundo, y así
hasta el infinito.[3]
No me interesa particularizar la cuestión a detalle, sino
solamente presentar que la tal dualidad pendular está viva y presente hasta en
los más cuidados y guardados salones del castillo del conocimiento humano. Nada
más. No quiero decir tampoco que la ciencia pierde con esto calidad y baja
infamada al reino de los mortales. Sólo dejo constancia que esta doble
perspectiva es un báratro difícil de ser llenado. En general, los teóricos de
las ciencias duras aceptan que no pueden escaparse de la perspectiva dualista
que significa su axiomatización como esencialista, enfrentada a los
convencionalistas o contingencialistas de manera irreductible. Así que sigamos
cantando la petenera, poniendo un ojo en oriente y el otro en occidente, como
la bizca de mi pueblo.
Vengamos a ejemplos de la tal dualidad en algunos textos de
literatos nuestros, que son muy enjundiosos, pero menos alebrestados que los
cuadros de las ciencias duras. Traeré para ustedes los siguientes cuadros: dos
de Rulfo, tomados de su Pedro Páramo; uno de Revueltas, de esa
insondable novela que llamó Los días terrenales; y, para cerrar, una
larga reflexión de nuestro poeta Amado Nervo, que sabía mucho de estas cosas. A
ver si nos ilustra sobre esto que hemos querido bordar aquí.
Los cuadros de Rulfo son de un laconismo excepcional. Escuchen:
Ruidos. Voces. Rumores. Canciones lejanas:
Mi novia me
dio un pañuelo
con orillas de
llorar...
En falsete. Como si fueran mujeres las que cantaran.[4]
Otro, un poco más extenso:
Vi pasar las carretas. Los bueyes moviéndose despacio. El crujir
de las piedras bajo las ruedas. Los hombres como si vinieran dormidos...
Carretas vacías, remoliendo el silencio de las calles. Perdiéndose
en el oscuro camino de la noche. Y las sombras. El eco de las sombras.
Pensé regresar. Sentí allá arriba la huella por donde había
venido, como una herida abierta entre la negrura de los cerros.
Entonces alguien me tocó los hombros: ¿qué hace usted aquí?... [5]
Vayamos ahora a los extremos barrocos de José Revueltas:
Encogida sobre sí misma, los brazos sobre el pecho, cada una de
las manos en el hombro contrario, la derecha aún con el sucio ramo de
zempaxúchitl entre los dedos y del rostro oculto tan sólo visible la frente
pálida, Julia hacía esfuerzos vanos por impedir que su cuerpo se sacudiese por
los sollozos, pero esta represión, en lugar de evitarlos, acentuaba los
estremecimientos del vientre, del tórax y de las rodillas, en tal forma que el
ramo de zempaxúchitl se había vuelto como una desnuda raíz, un músculo herido,
poco a poco tremendo y lastimoso, al que daba el llanto un impulso vibrátil incesante,
un agitarse atroz, donde le sufrimiento aparecía más vivo y desamparado.
Fidel, vuelto de espaldas, con los ojos fijos sobre el rodillo de
la máquina de escribir, no acertaba a penetrar el significado de las palabras
escritas sobre la hoja de papel, y las repetía en su mente cual un ejercicio
inútil y doloroso que, por contraste, destacaba con mayor nitidez la insistente
presencia de otros pensamientos desagradablemente taimados.
... Recordó (Fidel) que alguien había afirmado algo así como que el
destino de cada quien siempre corresponde a su imagen y semejanza, y esta idea
se le hizo de pronto muy rica y profunda, capaz de servir para la
interpretación y comprensión de no importa qué caos, como el de Julia, por
ejemplo, la muerte de cuya hija era un suceso muy de ella, muy suyo, muy
biográficamente suyo, idéntico a Julia misma y a la misión que tenía en la vida
en tanto que estaba llamada a padecer los sufrimientos de la existencia común
de ambos, relevando a Fidel de esta carga y en tanto que, para servir a dichos
fines mientras Fidel podía entregarse a otro género de sufrimiento, impersonal,
más hondo y genérico, le estaba prohibido - <<contagiar>> le
pareció el término más adecuado -, le estaba prohibido contagiar tal clase <<inferior>>
de amarguras y dolores a Fidel, no obstante ser ambos los padres de la niña
muerta. [6]
De Amado Nervo cito la siguiente aclaración:
Pasada la tormenta romántica, el desordenado, el incontenible
aguacero de imágenes, de adjetivos, de antítesis opulentas, de hiperbatones
modosos, de sinónimos matizados, todos hemos vuelto a convenir en que la
condición por excelencia de un bello estilo debe ser la sobriedad. Entendámoslo
bien, la sobriedad; en modo alguno la pobreza. Decir lo que decir hemos sin
hojarasca de palabras inútiles; que nuestra frase mejor que abundante y opima,
sea nítida, lisa, bruñida; que exprese lo que se propone sin todos esos
empavesados multicolores que fatigan la vista y ultrajan el ideal de elegante
simplicidad que todos nos afanamos por alcanzar.
Algunos autores se figuran que para comunicar al lector la
expresión verdadera de una cosa, se necesitan muchas palabras. Lo que se
necesita es la palabra justa. Los tales ensayan con la abundancia lo que
obtiene sólo la precisión del léxico; más bien parece que imaginan que,
arrojando al papel muchas combinaciones verbales, el lector acabará por hallar
las que él necesita para comprender lo que se pretende insinuarle. ¡Grave
error! El lector no verá más que una llamarada de colores, una confusión de imágenes
o de voces.
Es preciso, antes de escribir, buscar la palabra adecuada, aquella
que tiene el colorido justo que necesitamos.[7]
Del mismo autor, recojo un trozo que ya no sólo me significa
clarificación precisa y justa, sino un breve tratado de preceptiva y
declaración estética. La transcribo:
Ahora que, según Rubén Darío, “he llegado a uno de los puntos más
difíciles y más elevados del alpinismo poético: a la planicie de la sencillez,
que se encuentra entre picos muy altos y abismos muy profundos”; ahora que no
pongo toda la tienda sobre el mostrador en cada uno de mis artículos;
ahora que me espanta el estilo gerundiano; que me asusta el restacuerismo (sic)
de los adjetivos vistosos, de la logomaquia de cacatúa, de la palabrería
inútil; ahora que busco el tono discreto, el matiz medio, el colorido que no
detona; ahora que sé decir lo que quiero y cómo lo quiero; que no me empujan
las palabras sino que me enseñoreo de ellas; ahora, en fin, que dejo escuro
el borrador y el verso claro y llamo al pan pan y me entiende todo mundo ([8]), seguro estoy de no
incurrir en juicio temerario si pienso que alguno ha de llamarme chabacano.
Dicen que el miedo ha creado a los dioses: no fue el miedo, fue la
obscuridad. Si el Oráculo de Delfos y las pitonisas todas hubiesen hablado
claro, a la porra se van el Oráculo y las pitonisas.
Credo quia absurdum.
Así pues, tentacioncillas me vienen de tomar de nuevo el pelo con
todo respeto a aquellos de mis lectores que no sean calvos, y dedicarles un
tomo de versos y prosas cuneiformes; algo como el Sueño, de Sor Juana, o
análogo a lo que hace el gran Lugones cuando endereza a “sus cretinos” sus
guasonas lunofilias... Pero, francamente, estoy fatigado de alpinismo y
ya que según el amable Darío llegué a la deseada altiplanicie, allí me planto,
exclamando como el francés famoso:
J’y suis, j’y reste.[9]
¿A quién habrá pues que creerle?
[ponencia
presentada en el XII Congreso Nacional de Filosofía, Mesa: Filosofía y Literatura,
Guadalajara, 27 de noviembre de 2003]
[1] Manrique, Jorge: Coplas a la muerte de su padre, 15ª copla. En Obras,
Ed. Alambra, Madrid, 1986, págs. 260-261
[2] Cfr. entre otras, de Beuchot, Mauricio: Hermenéutica analógica y
del umbral, Ed. San Esteban, Col. Aletheia, Salamanca, 2003; y Tratado
de hermenéutica analógica (hacia un nuevo modelo de interpretación),
coedición Ítaca y UNAM, México, 2000.
[3] Hegenberg, Leonidas: Introducción a la filosofía de la ciencia,
E. Herder, Barcelona, 1969, págs. 150-155
[5] Ibídem, págs. 50-61
[6] Revueltas, José: Los días terrenales, Col. Archivos, CONACULTA,
México 1992, pág. 71,72
[7] Nervo, Amado: La lengua y la literatura, en Obras Completas,
Vol. II, Ed. Aguilar, México 1991, pag.
53
[9] Nervo, Amado: en su Juana de Asbaje, op. cit., págs. 466, 467
[todos los subrayados y palabras arcaicas de la cita son factura del original.
Salvo el (sic) a restacuerismo, no señalo uno más. Hubieran abundado.]
Puedes consultar la versión Pdf de La Gaceta Literaria en esta dirección: https://issuu.com/hectoralfonsorodriguezaguilar/docs/gaceta_literaria_no_4
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