lunes, 19 de junio de 2017

Dualidad pendular. Rulfo entre filósofos y científicos


Juan M. Negrete

La vieja discusión trabada entre muchos autores y muchas escuelas a lo largo de la historia de la filosofía que envía al discurso florido, ampuloso, equivocista, metafórico pues, al terreno de la literatura y deja a la tendencia univocista, estricta, esquemática, metonímica entonces, para los textos de la filosofía, no se sostiene por sus piernas como una caracterización válida. La tendencia a tal dualidad pendular es observable al interior de prácticamente todo trabajo intelectual humano, sea éste artístico, religioso, político, literario, filosófico, moral y aún científico. Y no tenemos que reducir este fenómeno a un maniqueísmo incurable de la especie. Habrá que buscar en otra parte la causa de fondo de tal hecho. Mi ensayo de hoy tiende sólo a ilustrar lo que estoy afirmando. De ninguna manera pretendo elaborar un discurso etiológico del caso. Tengo antojo pues de bordar de manera diversa sobre esta tradición dual, de que siempre se habla, en nuestro quehacer intelectual. Y quiero referirme a la dualidad pendular que se encuentra en los textos de la filosofía, para decir que no son una característica nuestra y muy exclusiva, sino que está presente, insisto, en toda la tradición intelectual de occidente.

Son muy conocidos los trabajos que caracterizan esta dualidad pendular al interior del discurso literario.

Echar una ojeada al pasado tiene como sentido recrear el inventario al que siempre se alude para confirmar la tesis por ilustrar. Pero no está de más recordar que en la Grecia clásica, los constructores de discursos de la época de Herodoto, y los que vinieron después, se referían al mito, o sea al discurso tradicional, a la herencia recibida de su pasado remoto, como a un discurso informe, difuso y ya no fiable. Podía tener todo el prestigio de los antepasados consigo; podía ser todo lo antiguo que se quisiera; pero ya no servía para las nuevas condiciones que se estaban generando en su presente. Le llamaron mito, para diferenciarlo del razonamiento sobrio y puntual, logos. Se puede abundar en citas clásicas sobre el particular, pero creo que es irrelevante en este momento. Continuemos pues.

Englobado en el mito, esto es, en el discurso que ya no habría de trabajarse más, se encontraba todo lo oral, todo lo no escrito, lo que no tenía referentes locativos, espaciales ni aún temporales. Lo mítico pasó a ser lo emotivo y aún lo subjetivo. Pero fundamentalmente era lo contradictorio. Llegamos con esto al punto de oro de la cuestión. Con dar paso a la dualidad contradictoria, que luego se llamará dialéctica, deja abierta la puerta a una extraña caracterización. Mientras los eleatas y todos sus seguidores lógicos posteriores elevarán a la categoría de sine qua non a la no contradicción, dejaron viva la dualidad para el discurso mítico. Lo lógico se distingue entonces de todo lo demás, en que no contemporiza con la ambigüedad, con la equivocidad, con el discurso dual. Acá todo es unívoco, metonímico. Y se escindió la tierra.

Pronto surgieron hasta diferencias plásticas concretas. Las hallaron sin esforzarse demasiado. Al discurso oral antiguo, que se había vaciado en moldes métricos, en versos, lo llamaron poesía. Reservaron la etiqueta de prosa para el discurso que no sólo era razonado, sino que ya no se preocupaba de cantar nada más, de sonar agradable al oído, sino de apuñalar mediante conceptos y categorizaciones a la mente misma, al núcleo impávido de la ratio. Sin embargo, a la larga, esto de distinguir entre prosa y poesía, tampoco resultó método de identificación automática. Tucídides, por ejemplo, se alarma de que Herodoto, su colega, es decir también prosista consumado, ceda a la tentación de esclavizarse al gusto del público y quedarse en la superficialidad y en la frivolidad de lo no constatado. La verdad histórica, dice él, es sacrificada por estas tentaciones, aunque se escriba en prosa. Razón por la cual propone enviar a este tipo de prosistas (logógrafos) al arcón despreciable de los poetas. (Tuc. I, 20-22) Y qué decir de las invectivas esparcidas en toda la obra de Platón a los sofistas, prosistas consumados todos ellos como él mismo, que no tienen, según sus ojos, ni la más mínima pizca de amor a la verdad.

Al final los intelectuales griegos llegaron a un acuerdo, que ha permanecido. Sostuvieron que hay una dualidad muy general. En el campo de la ciencia se trabaja y se desarrolla el método unívoco. Ahí tiene lugar la metonimia. En cambio en la literatura se da rienda suelta a la equivocidad, al reino de lo metafórico. Quien quiera ser acólito de un modelo o de otro, tendrá claro a dónde dirigirse. Quien decida ocuparse de lo metafórico, en las nivosas cumbres del arte, no recibirá reproche alguno. Lo mismo le pasará a quien dirija sus desvelos de precisión y de frase concisa, si se pierde en las hondonadas de lo científico. Pero quien confunda los campos será recriminado y medido con la vara del desprecio, de la crítica y de la acrimonia feroz. Así quedaron las cosas y esta lectura es la que se trasmite hasta la fecha en todos los espacios escolares y de divulgación. Sin embargo, no es tan sencillo el asunto.

Dexemos a los troyanos,
Que sus males no los vimos
ni sus glorias;
dexemos a los romanos,
aunque oímos y leímos
sus historias.[1]

La gran discusión sobre los cánones artísticos, que se dio entre los críticos de arte de los siglos xviii y xix, ya no involucró a los científicos. Dejaron a aquellos especimenes encerrados en su torre de marfil. Los catorrazos se dieron en el mundo del arte. Y resulta que aquí, entre los literatos, se volvió a plantear otra vez la tan sobada dualidad, casi en los mismos términos a como se había ventilado entre los clásicos, entre el logos y el mito.

Resulta que se posicionaron de un lado los románticos y del otro los ilustrados. Los primeros decían que había que dar culto a la emotividad. Por lo tanto, prestigiaron para su discurso lo cualitativo, lo matizado, el adorno, la espiritualidad, el misterio, el subjetivismo más extremo. Y dejaron que volara la imaginación sin restricción alguna. Ya no se diga el culto al formato que luego se conoce como barroco, que conoció aliento superlativo. Del lado de enfrente, en cambio, se entronizó a la razón. Y se preconizó, con ello, un discurso frío, crudo, escueto, descarnado. Se habló de rendirse a la diosa razón, a la objetividad extrema. Y no tenía su formato estético nada que ver con prescripciones científicas. Se estaba respetando la escisión propuesta en el pasado. Empero se exigía que se reconocieran como artísticos estos trabajos llenos de puntualidad y de esquema, fríos, exactos, apolíneos. Otra vez el culto a la metonimia dentro del arte; de nuevo la univocidad del cacique logos, pero en el arte.

¿Qué hacer entonces con lo mítico? ¿Se iba a quedar imperando sólo entre los románticos?. Parecía ser expulsado de la parcela ilustrada. Sin embargo, ésta era una mala lectura, porque todos ellos son mitómanos, dado que son literatos. Hubo quienes aceptaron y manejaron como válida esta dicotomía. Pero esto sólo confundió las partidas, en lugar de aclarar el campo. La modernidad fue metida también al debate. Los ilustrados y sus acólitos se autodefinieron como modernos y llamaron a sus opositores o no turiferarios como premodernos. El romanticismo es pues premoderno. Pero lanzándose al futuro, la opción es la misma. Los que no sean servidores de la razón, del logos redivivo, del escueto y frío culto a la racionalidad, pueden ser posmodernos. Sus vicios son los mismos que los de los premodernos. Las diferencias observables son de detalle, superficiales, no de fondo pues. Son vistos como acólitos del viejo mito, que se resiste a morir. Mas no se reparaba que estaban por casa, que se movían justamente en el coto que se les había reservado para expandirse y retozar en él.

Mauricio Beuchot ha estado elaborando todos estos años una interesante propuesta, que denomina Hermenéutica analógica y que trata de zanjar esta dualidad exasperante con una especie de tercera vía.[2] No la propone precisamente como eclecticismo, sino como la salida del laberinto. Pero no me ocuparé de este particular en este momento, pues me llevaría el asunto a otra parte distinta a lo que quiero concluir.

Los científicos supusieron que, desde que los griegos establecieron aquella dualidad, se habían curado del contagio y habían salvado la pelleja. Así, miraban con misericordia y lástima a estos pobres intelectuales llamados literatos o filósofos que nunca acababan de dar el do de pecho y que seguían enmarañados con la metáfora. Mas habrá que decirles que su mal tampoco tiene remedio. Que no es tan cierta esta confianza ingenua en la escisión heredada del pasado y que les dejó a ellos a salvo de este mal. Tal dualidad es visible también en su gremio y los trabajadores del volante científico tienen que torear con estas embestidas.

Veamos lo que ocurría al interior, por ejemplo, de la discusión por la historia a finales del siglo xix y principios del xx. Al cuestionarse si la historia era ciencia o no, los positivistas cerraron los portones y dejaron una sola salida. Es ciencia. Y al que no le guste, el fuste. Pero entre las discusiones de los alemanes reapareció la dualidad de una herida mal curada: por un lado quedan las Naturwissenschaften, por la otra las Geisteswissenschaften. Y de ahí se volvió a desbordar el río. No se dice que esa discusión concluyó satisfactoriamente, sino que fue abandonada más bien, con la llegada del cuantificacionismo entre los historiadores. Pero, precisamente por dejarla mal curada, más adelante veremos que reaparece entre sus asignaturas pendientes.

Aunque ya se encuentren, la historia y sus tareas, completamente matematizadas, no termina de resolverse si habrá que borrarlas del mapa sin siquiera exequias dignas de su pasado; o dejarlas aparentemente vivas, reducidas tan solo a un simple capítulo de la economía, en atención a un prestigio antiguo que no pesa. Los más feroces son los que mantienen la propuesta primera, que claman a estridencia de trompeta el juicio final de la historia. Los segundos, más modosos y renuentes, han concedido prácticamente que haya clausurado todas sus páginas arcaicas, antaño sacrosantas, como el debate sobre las culturas, el alma de los pueblos, la soberanía de las naciones etc., y aceptado que las nuevas  imágenes construidas tienen harto tufo de vaucher bancario, imagen irreversible de declaración fiscal. Estos tímidos defensores del antiguo abolengo histórico no alínean con los arrogantes monetaristas que no quieren saber nada de tales debates, a los que consideran meros dislates. Y entonces, aunque orgullosa ciencia nueva, la historia nos da un ejemplo más de que la dualidad pendular no es asignatura pendiente exclusiva de los literatos y de los filósofos.

Alguien podría defender el punto extremo y decir que en las ciencias duras esto no acontece. Para tales ingenuos, también hay ejemplos que lo decepcionarán. En el debate de los físicos sobre el operar mecánico o no mecánico de la naturaleza en general, se disputó agriamente y por mucho tiempo en torno a la causalidad y la teleología. Al igual que entre los historiadores, el asunto no ha concluido de la mejor manera posible, aunque ya lo hayan medio clausurado. Pero no quiero traer esta dualidad pendular, como ejemplo de que también a ellos se les nubla la vista, sino ir más adelante.

Decidieron tomar el acuerdo de coronar a  la causalidad como a la reina, como a la norma epistémica que les zanjaría toda dificultad teórica. Desecharon cualquier otro formato y  se lanzaron a armar el mundo de las imágenes físicas del universo con estas coordenadas. Pasaron un buen tiempo de tranquilidad, de jauja, de cese de hostilidades. Pero tanta belleza no podía durar. Y pronto se les apareció juan diego con su causalidad escindida. Como encontraron que la causalidad está ausente, como principio universal en algunas áreas del universo, concretamente en el mundo subatómico, su optimismo se les derrumbó.

El optimismo les venía de extrapolar los principios de la mecánica clásica de manera universal y prácticamente sin excepciones. Pero pronto encontraron que esta ausencia de excepciones para un formato de comportamiento universal les ponía en situación de sostener una doctrina dogmática. Y el dogmatismo no es científico. Es propio del pensamiento religioso. Es propio de predicadores. Puede ser un vicio propio de literatos y de filósofos. Pero no es posible que los científicos, asépticos a tales prácticas, inmunes a tales contagios, de pronto aparecieran llagados de tan infame mal. Algo debía andar mal en todo el esquema. Y se sentaron a revisarlo.

Leónidas Hegenberg nos regala un acuerdo tenido sobre este extenso asunto de la causalidad en el congreso internacional de lógica y metodología celebrado en Stanford en 1960. Veámoslo:

La cuestión del determinismo en cualquier teoría física debe discutirse haciendo referencia a sus postulados básicos. Los de la mecánica clásica son:
1.- El mundo existe objetivamente, con independencia del observador.
2.- Cualquier movimiento puede ser descrito bajo las coordenadas espacio-tiempo: se describe como conjunto de posiciones sucesivas, ocupadas en tiempos diferentes.
3.- Cualquier sistema físico a investigar se considera como un conjunto de puntos materiales (adimensionales, dotados de un número finito de propiedades).
4.- El movimiento de los puntos resulta de fuerzas independientes de tales puntos; las fuerzas son regidas por ecuaciones diferenciales representativas de las leyes de la naturaleza. (i.e., las leyes existen independientes de los objetos; si conocemos posiciones, velocidades y fuerzas de un sistema, podremos prever su evolución).
5.- El sistema de leyes está completo, el número de leyes es finito y perfectamente determinado. De conocerse en un instante dado velocidades, posiciones y fuerzas, el futuro sería previsible con seguridad y sin error.

Los puntos 4 y 5 constituyen el determinismo newtoniano o laplaciano. Aquí no caben las leyes estadísticas, que reflejarían sólo la existencia de movimientos más complejos. Pero tales leyes estadísticas serían deducibles de las determinísticas en su totalidad. El desarrollo ulterior de la física provocó modificaciones a este esquema.

La teoría de la relatividad de Einstein modifica los postulados 2, 3 y 4, pero conserva el 1 y el 5. Las coordenadas espacio-tiempo y la materia que se mueve en ellas no son independientes. Se unifican los postulados 2 y 3, aseverando que la naturaleza es un campo cuyas ‘singularidades’ constituirían la materia. También se unifican los postulados 3 y 4, al afirmarse que las fuerzas (y las leyes que las rigen) reflejan las propiedades locales de ese campo, que debe ser considerado como un todo.

Las modificaciones radicales aparecen con la mecánica cuántica. Ésta fue el primer ejemplo, en física, de una teoría estadística. Parte de los siguientes postulados:
(a)    la energía está dotada de cierta atomicidad.
(b)   la materia y la energía poseen aspectos corpusculares y ondulatorios.
(c)    las leyes fundamentales de la física atómica toman necesariamente una forma estadística, de manera que toda prevención científica será también estadística.

Con la mecánica cuántica el cuadro de los postulados de la clásica queda de la siguiente manera: Se rechaza el postulado 1: No hay una existencia objetiva fuera de la observación. Sólo son válidos los enunciados que tienen en cuenta simultáneamente al observador y a la cosa observada. Se rechaza el 2: hay que describir a las partículas en términos de ‘probabilidades de distribución’. Se conservan el 3 y el 4, aunque variando (en éste último) el significado de ‘ley’: las leyes se aplican determinísticamente a las probabilidades de distribución y rigen su comportamiento en el espacio-tiempo. El postulado 5 también se conserva, pero entendiéndose la completez en sentido probabilístico.

Los físicos en general tomaron la formulación del principio de incertidumbre de Heisenberg como el fin de la mecánica clásica. Con esto se inhumaba teóricamente a la causalidad, sin remedio. Empero, inmediatamente se elevaron voces señalando que los cuánticos estaban cometiendo el mismo error de extrapolación de la clásica. Estaban elevando el principio de incertidumbre a nivel de ley natural, con validez en todos los dominios del universo, en vez de considerarlo sólo como consecuencia de la teoría cuántica. Los científicos actuales, que se pronuncian a favor de la restauración de la causalidad en la física, señalan como ilícita la pretensión de elevar este principio a nivel de ley absoluta y le restringen su validez al dominio cuántico. Se conoce a estos actuales neoadeptos a la causalidad como ‘la escuela Copenhague’. Para ellos, todo lo que hay por saber con respecto a las partículas elementales está expresado por las leyes de la mecánica cuántica. Pero en lo demás, la mecánica clásica sigue avante, dominando la escena.

En la actualidad se tiende a encontrar una fórmula intermedia, conciliatoria de ambas posiciones irreductibles. No da la razón a los hombres de Copenhague (los cuánticos), pero tampoco a los restauradores universales de la causalidad clásica. Esta postura, a la que curiosamente se le denomina ‘Anticopenhague’, se sintetizaría de la siguiente manera:

I- Retorno al postulado 1 (las partículas son independientes del observador) aunque admitiendo la imposibilidad de hacer experimentos con microobjetos sin perturbarlos.
II- Aproximación a las teorías de Einstein según las cuales las partículas poseen una estructura y no son ‘puntos geométricos’. Las partículas podrían ser consideradas como diversos tipos de ‘excitación’ en un campo universal.
III- Abandono del ideal de la ‘completez’ del postulado 5. La naturaleza posee infinitos niveles, de modo que las teorías de un nivel dado no pueden tener la pretensión de explicar todos los fenómenos que se manifiesten a diversos niveles.

El nivel macroscópico sería el de las distancias superiores a 10-8 cm donde prevalecería como aproximación satisfactoria la mecánica clásica. En el nivel especificado por las distancias entre 10-8 y 10-13 cm, aparecen nuevas propiedades, para las cuales es forzoso introducir la mecánica cuántica. Con todo, en el dominio de las distancias inferiores a 10-13 cm podrían tener validez nuevas mecánicas, necesarias para dar cuenta de las propiedades que no se puedan estudiar ahora por medio de la mecánica cuántica. Esta es una conjetura que gana fuerza en la época actual.

En este esquema serían necesarias tanto las leyes determinísticas como las probabilísticas. El determinismo recobraría un comportamiento estadístico, que a su vez podría ser analizado en cuanto dinamismo autónomo más profundo, y así hasta el infinito.[3]

No me interesa particularizar la cuestión a detalle, sino solamente presentar que la tal dualidad pendular está viva y presente hasta en los más cuidados y guardados salones del castillo del conocimiento humano. Nada más. No quiero decir tampoco que la ciencia pierde con esto calidad y baja infamada al reino de los mortales. Sólo dejo constancia que esta doble perspectiva es un báratro difícil de ser llenado. En general, los teóricos de las ciencias duras aceptan que no pueden escaparse de la perspectiva dualista que significa su axiomatización como esencialista, enfrentada a los convencionalistas o contingencialistas de manera irreductible. Así que sigamos cantando la petenera, poniendo un ojo en oriente y el otro en occidente, como la bizca de mi pueblo.

Vengamos a ejemplos de la tal dualidad en algunos textos de literatos nuestros, que son muy enjundiosos, pero menos alebrestados que los cuadros de las ciencias duras. Traeré para ustedes los siguientes cuadros: dos de Rulfo, tomados de su Pedro Páramo; uno de Revueltas, de esa insondable novela que llamó Los días terrenales; y, para cerrar, una larga reflexión de nuestro poeta Amado Nervo, que sabía mucho de estas cosas. A ver si nos ilustra sobre esto que hemos querido bordar aquí.

Los cuadros de Rulfo son de un laconismo excepcional. Escuchen:

Ruidos. Voces. Rumores. Canciones lejanas:
            Mi novia me dio un pañuelo
            con orillas de llorar...
En falsete. Como si fueran mujeres las que cantaran.[4]

Otro, un poco más extenso:

Vi pasar las carretas. Los bueyes moviéndose despacio. El crujir de las piedras bajo las ruedas. Los hombres como si vinieran dormidos...
Carretas vacías, remoliendo el silencio de las calles. Perdiéndose en el oscuro camino de la noche. Y las sombras. El eco de las sombras.
Pensé regresar. Sentí allá arriba la huella por donde había venido, como una herida abierta entre la negrura de los cerros.
Entonces alguien me tocó los hombros: ¿qué hace usted aquí?... [5]

Vayamos ahora a los extremos barrocos de José Revueltas:

Encogida sobre sí misma, los brazos sobre el pecho, cada una de las manos en el hombro contrario, la derecha aún con el sucio ramo de zempaxúchitl entre los dedos y del rostro oculto tan sólo visible la frente pálida, Julia hacía esfuerzos vanos por impedir que su cuerpo se sacudiese por los sollozos, pero esta represión, en lugar de evitarlos, acentuaba los estremecimientos del vientre, del tórax y de las rodillas, en tal forma que el ramo de zempaxúchitl se había vuelto como una desnuda raíz, un músculo herido, poco a poco tremendo y lastimoso, al que daba el llanto un impulso vibrátil incesante, un agitarse atroz, donde le sufrimiento aparecía más vivo y desamparado.

Fidel, vuelto de espaldas, con los ojos fijos sobre el rodillo de la máquina de escribir, no acertaba a penetrar el significado de las palabras escritas sobre la hoja de papel, y las repetía en su mente cual un ejercicio inútil y doloroso que, por contraste, destacaba con mayor nitidez la insistente presencia de otros pensamientos desagradablemente taimados.

... Recordó (Fidel) que alguien había afirmado algo así como que el destino de cada quien siempre corresponde a su imagen y semejanza, y esta idea se le hizo de pronto muy rica y profunda, capaz de servir para la interpretación y comprensión de no importa qué caos, como el de Julia, por ejemplo, la muerte de cuya hija era un suceso muy de ella, muy suyo, muy biográficamente suyo, idéntico a Julia misma y a la misión que tenía en la vida en tanto que estaba llamada a padecer los sufrimientos de la existencia común de ambos, relevando a Fidel de esta carga y en tanto que, para servir a dichos fines mientras Fidel podía entregarse a otro género de sufrimiento, impersonal, más hondo y genérico, le estaba prohibido - <<contagiar>> le pareció el término más adecuado -, le estaba prohibido contagiar tal clase <<inferior>> de amarguras y dolores a Fidel, no obstante ser ambos los padres de la niña muerta. [6]

De Amado Nervo cito la siguiente aclaración:

Pasada la tormenta romántica, el desordenado, el incontenible aguacero de imágenes, de adjetivos, de antítesis opulentas, de hiperbatones modosos, de sinónimos matizados, todos hemos vuelto a convenir en que la condición por excelencia de un bello estilo debe ser la sobriedad. Entendámoslo bien, la sobriedad; en modo alguno la pobreza. Decir lo que decir hemos sin hojarasca de palabras inútiles; que nuestra frase mejor que abundante y opima, sea nítida, lisa, bruñida; que exprese lo que se propone sin todos esos empavesados multicolores que fatigan la vista y ultrajan el ideal de elegante simplicidad que todos nos afanamos por alcanzar.

Algunos autores se figuran que para comunicar al lector la expresión verdadera de una cosa, se necesitan muchas palabras. Lo que se necesita es la palabra justa. Los tales ensayan con la abundancia lo que obtiene sólo la precisión del léxico; más bien parece que imaginan que, arrojando al papel muchas combinaciones verbales, el lector acabará por hallar las que él necesita para comprender lo que se pretende insinuarle. ¡Grave error! El lector no verá más que una llamarada de colores, una confusión de imágenes o de voces.

Es preciso, antes de escribir, buscar la palabra adecuada, aquella que tiene el colorido justo que necesitamos.[7]

Del mismo autor, recojo un trozo que ya no sólo me significa clarificación precisa y justa, sino un breve tratado de preceptiva y declaración estética. La transcribo:

Ahora que, según Rubén Darío, “he llegado a uno de los puntos más difíciles y más elevados del alpinismo poético: a la planicie de la sencillez, que se encuentra entre picos muy altos y abismos muy profundos”; ahora que no pongo toda la tienda sobre el mostrador en cada uno de mis artículos; ahora que me espanta el estilo gerundiano; que me asusta el restacuerismo (sic) de los adjetivos vistosos, de la logomaquia de cacatúa, de la palabrería inútil; ahora que busco el tono discreto, el matiz medio, el colorido que no detona; ahora que sé decir lo que quiero y cómo lo quiero; que no me empujan las palabras sino que me enseñoreo de ellas; ahora, en fin, que dejo escuro el borrador y el verso claro y llamo al pan pan y me entiende todo mundo ([8]), seguro estoy de no incurrir en juicio temerario si pienso que alguno ha de llamarme chabacano.

Dicen que el miedo ha creado a los dioses: no fue el miedo, fue la obscuridad. Si el Oráculo de Delfos y las pitonisas todas hubiesen hablado claro, a la porra se van el Oráculo y las pitonisas.

Credo quia absurdum.

Así pues, tentacioncillas me vienen de tomar de nuevo el pelo con todo respeto a aquellos de mis lectores que no sean calvos, y dedicarles un tomo de versos y prosas cuneiformes; algo como el Sueño, de Sor Juana, o análogo a lo que hace el gran Lugones cuando endereza a “sus cretinos” sus guasonas lunofilias... Pero, francamente, estoy fatigado de alpinismo y ya que según el amable Darío llegué a la deseada altiplanicie, allí me planto, exclamando como el francés famoso:
J’y suis, j’y reste.[9]

¿A quién habrá pues que creerle?


[ponencia presentada en el XII Congreso Nacional de Filosofía, Mesa: Filosofía y Literatura, Guadalajara, 27 de noviembre de 2003]





[1] Manrique, Jorge: Coplas a la muerte de su padre, 15ª copla. En Obras, Ed. Alambra, Madrid, 1986, págs. 260-261
[2] Cfr. entre otras, de Beuchot, Mauricio: Hermenéutica analógica y del umbral, Ed. San Esteban, Col. Aletheia, Salamanca, 2003; y Tratado de hermenéutica analógica (hacia un nuevo modelo de interpretación), coedición Ítaca y UNAM, México, 2000.
[3] Hegenberg, Leonidas: Introducción a la filosofía de la ciencia, E. Herder, Barcelona, 1969, págs. 150-155
[4] Rulfo, Juan: Pedro Páramo, Ed. FCE/SEP, Col. Lecturas Mexicanas No. 50, México, 1984, pág. 60
[5] Ibídem, págs. 50-61
[6] Revueltas, José: Los días terrenales, Col. Archivos, CONACULTA, México 1992, pág. 71,72
[7] Nervo, Amado: La lengua y la literatura, en Obras Completas, Vol. II, Ed. Aguilar,  México 1991, pag. 53
([8]) “Llaneza, muchacho, que toda afectación es mala”, decía maese Pedro a cierto chico que delante de Don Quijote explicaba los muñecos de un retablo [Esta nota es propia del texto original de Nervo; de ahí la razón de encerrarla entre paréntesis]
[9] Nervo, Amado: en su Juana de Asbaje, op. cit., págs. 466, 467 [todos los subrayados y palabras arcaicas de la cita son factura del original. Salvo el (sic) a restacuerismo, no señalo uno más. Hubieran abundado.]

Puedes consultar la versión Pdf de La Gaceta Literaria en esta dirección: https://issuu.com/hectoralfonsorodriguezaguilar/docs/gaceta_literaria_no_4


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