jueves, 5 de enero de 2017

UN OTRO ARREOLA

Por: Yuri Girin


JUAN JOSÉ ARREOLA.

                                                                        Me gusta que hayan sido vistas
alguna vez bajo otra luz
las páginas que he escrito.
J.J.Arreola
¿Un otro Arreola? ¿Hay acaso un Arreola que desconocemos? Creo que sí lo hay. Lo hay aunque sea porque el propio escritor decía desconocerse él mismo, no poder dar consigo mismo, de ahí que su obra toda no es otra cosa que una búsqueda constante de su propio ser, de su propia identidad. Quizás ésta última consista precisamente en lo múltiple de sus manifestaciones tal y cómo se plasman en su escritura, igual de múltiple, poliforme e inacabada. Entonces, lo que nos toca a los lectores – ya que Arreola siempre consideraba al lector copartícipe de su labor creativa – es buscar la imagen del autor que es a la vez la de nosotros mismos, a través de su escritura con toda la heterogeneidad que le es inmanente.

     Pero, en eso surge otra interrogante: ¿cuál es la escritura que sea propia, “auténtica”, definitiva, si el mismo autor no dejaba de barajar sus textos durante toda su vida? Y en la edición final de sus obras que es la Narrativa completa (1997) Arreola acabó por mezclar todas las cosas, descompuso el orden precedente, añadió una sección nueva (Cantos de mal dolor) y se burló de toda cronología. Realmente, pasa sus textos de un libro a otro con la ligereza de un malabarista. Entonces, cabe preguntarse: ¿cuál habrá de ser el criterio para dar con un Arreola que sea el “verdadero”? Pero el quid de la cuestión consiste en que precisamente este mundo artístico, lúdico, trovadoresco que es la vida y obra del eminente escritor mexicano rechaza cualquier noción de punto final, de equilibrio, de sosiego. Tiene punto de partida pero no de llegada. Por lo tanto, al enfrentarnos con el mundo arreoliano necesariamente aparecen más preguntas que respuestas exhaustivas y definitorias.

     Juan José Arreola quien se dio a conocer en el escenario nacional allá por los años 40, es en el día de hoy un reconocido clásico de las letras mexicanas. Pero la condición de clásico no es la que ha de suscitar una actitud de admiración muda sino más bien la de reverente y escrupuloso análisis y una visión imparcial que permita valorar al artista en su justa medida.

     Un maromero artístico, como lo es Arreola, nunca puede pararse porque su manera de ser supone un constante movimiento, un pasar de lo uno a lo otro, un removerlo todo. Entonces, surge una nueva pregunta: ¿a qué se debe este escozor por ir barajando sin cesar su propia obra que parece cosa de puro antojo? El responder esta pregunta será cuestión de calar en la poética de la escritura arreoliana. Son innumerables las interpretaciones halagadoras pero poco atinadas de la obra de Arreola, porque todas las loas que se le elevan se fundamentan en criterios que no le son propios, los extrínsecos, de uso común y comprensión fácil y cómoda. Pero decía Alejandro Pushkin, creador de la literatura rusa, que a todo escritor debíasele juzgar a partir de las leyes que él mismo se impone en su obra. ¿Cuáles son, pues, las leyes poéticas de J.J.Arreola?

     Orso Arreola formuló una idea indiscutible al afirmar: “Más que un escritor, mi padre es un artista.” Esta misma idea la ha expresado también en varias ocasiones el propio escritor. No cabe duda, pues, que la de Arreola es una poética eminentemente lúdica. Hombre inquieto e inquietante, personaje de sí mismo, es una figura espectacular en todas sus actitudes y actividades, en toda la envergadura de su comportamiento vital. A este respecto cabría recordar su autorretrato con un sombrero muy estrambótico –y es de notar que este es el motivo recurrente en su obra al que hemos de volver más adelante-, pues este autorretrato es el que mejor define la esencia del ser arreoliano: la del actor que cambia sus apariencias como cambia sus bombines, como cambia sus disfraces en busca de sí mismo. Quisiera recalcar precisamente este punto: Arreola es más que un literato consagrado, es todo un fenómeno cultural muy propio de su lugar y de su momento histórico. Por lo tanto, sus libros son algo así como un Arreola en forma escrita.

     Hombre excéntrico, circense por excelencia, Arreola juega con cosas, conceptos, ideas, títulos, sujetos, idiomas, lenguajes; juega con juegos, juega consigo mismo, juega incluso con su propio don de trovar, tal como sucede en su fábula Parturien montes. Todo lo parafrasea, estiliza y problematiza. Sin embargo, lo que hace no es jugar con la realidad, sino problematizarla; tomarla tal y como es, pero haciendo ver sus convencionalismos, todo lo insegura, lo inestable y poco auténtica que es la vida circundante.

     Esta mundividencia espectacular, lúdica, se manifiesta bien a las claras a nivel de estilo. A este respecto cabría replantear la opinión común en cuanto a lo acabado y perfecto del lenguaje arreoliano. En torno a la perfección de la escritura de J.J.Arreola se ha edificado todo un mito, pero este mito debe ser desmoronado. Es cierto que en la obra de Arreola se manifiesta un afán por crear un “texto” ideal, perfecto que se corresponda con un concepto ideal de la vida. Pero no es más que una tendencia que se queda a flor de una aventura artística.  Sí, maestría del lenguaje, no cabe duda, pero, ¿maestría de qué tipo? Esta pirotecnia verbal no tiene nada que ver con la perfección absoluta, a manera de la parnasiana. Todo lo contrario: se trata de un lenguaje que se autocuestiona, se parodia a sí mismo, pone en tela de juicio el propio concepto del lenguaje en cuanto discurso cultural afirmativo, monologal, serio, moldeado y acabado, como texto cerrado.

     En realidad, Arreola tiene muchísimas imperfecciones estilísticas, así como descuidos e incongruencias lógicas y semánticas que – he de confesarlo como traductor de su obra al ruso – sólo se detectan a la hora de la traducción. Esta particularidad suya la ignoran – o la quieren ignorar de buena fe- los que no captan la esencia de la poética arreolesca. Y el descuido, la transgresión de los cánones sí que es parte inmanente de su poética, cuando no procedimiento premeditado, como se verá más adelante. Porque si hay en su obra regla común será la de cuestionarlo, de alterizarlo todo. El propio escritor manifestó: “El arte de escribir consiste en violentar las palabras, ponerlas en predicamento para que expresen más de lo que expresan.” En esto consiste precisamente su famosa “pasión artesanal por el lenguaje”: labrar la palabra a su gusto y antojo, según su propia visión del mundo, que no es lo mismo que pulir y decantarla hasta que consiga una perfección absoluta, ideal.

     ¿Que será perfeccionista Arreola? Nada más convincente que la réplica del propio escritor: “¡Ah!.. ¡Yo que soy tan imperfecto he tenido que apechugar con el calificativo de la perfección! A veces mis lectores no parecen darse cuenta de que mi perfección es humorística, tiene un aire sarcástico; que a veces la pedantería de mi prosa es de orden satírico, que yo me choteo a mí mismo y a los formalistas al escribir de ese modo... Se ha cometido la equivocación de tomarme en serio cuando yo soy un poco campanudo o rimbombante...” Por eso le es ajeno el aliento novelesco, como lo manifiesta obviamente la experiencia de su única novela, La Feria, que no es ni novela, ni narración, sino una secuencia poco menos que cinematográfica que recrea un habla puramente popular, folclórico, un suceder de voces heterogéneas y fragmentadas. En esto, Arreola retoma la tradición de los cuenteros latinoamericanos con ese aire tan típico de la oralidad que los caracteriza. De ahí que sea tan sobreabundante en toda la parquedad de su verbo. La de Arreola es una visión plural, polifacética y versátil del mundo. Por eso se hace muy dudosa la afirmación de Saúl Yurkiévich postulando que “la prosa breve de Arreola está troquelada hasta resultar definitiva.”

     Precisamente la suya no es una poética de lo finito: al contrario, es una poética de lo non finito, la que se corresponde con lo abierto, inacabado, inestructurado y magmoide que es el mundo latinoamericano, y el mexicano en particular. De ello se desprende el que no se puede hablar del estilo de Arreola, con todos los calificativos que sugiera, porque lo suyo no es un estilo, sino muchos estilos. Arreola ofreció nuevo tipo de escritura cuyos rasgos distintivos son la multiplicidad y la heterogeneidad.

     Hay que poner las cosas en claro: no debemos dejarnos llevar por opiniones ajenas, por más sabias, competentes y prestigiosas que fuesen. Si Borges, por ejemplo, en su Biblioteca personal, pone como subtítulo a la compilación de cuentos arreolianos Cuentos fantásticos, eso quiere decir que, sin dejar de ser Borges, cae en un error garrafal: no tienen nada de fantásticos, es injusto y empobrecedor el calificativo, aunque sea del gusto del lector. Nada más remoto de lo fantástico porque en la escritura arreoliana funge una particularidad muy propia: no hay en ella episodio, motivo, idea que no tenga un antecedente real, concreto, biográfico. El propio escritor se ha expresado al respecto de una manera tajante: “...no puedo aceptar que... se me clasifique sencillamente, como escritor ‘fantasioso’. Yo soy un autobiógrafo continuo ¡aunque esté hablando un momento dado de Babilonia! [escribo] con la sustancia de mi vida personal, y con mi sangre, y con mi sensibilidad más exacerbada.” E insiste: “yo no he escrito nada que no sea autobiográfico.” Por cierto, son muy privativas de la obra de Arreola las situaciones inverosímiles – las invenciones, las fabulaciones – pero éstas no hacen sino recalcar la atmósfera de la cotidianidad, de lo común, lo rutinario y vulgar de una vida “normal”, acostumbrada, haciéndola aparecer como extraña y anormal. “Hago sentir incomodidad, un poco de asco. El mismo asco que yo siento por muchas cosas...”

                                                   Juan José Arreola y Fernando Benitez.


     Por todo eso y lo demás, lo suyo no es un “triunfo del verbo, de lo preciso sobre lo confuso, de la forma sobre la materia”, como se ha afirmado, sino el triunfo (aunque el triunfo no es concepto del acervo conceptual arreoliano) de la imperfección como tal, de la pura verbalidad fluida, o sea, trasunto del propio vivir, vuelto ampliamente en sus páginas. De ahí que la escritura de Arreola parece corresponder al dicho “Más vale la gracia de la imperfección que la perfección sin gracia”.
Hagámonos caso de las siguientes palabras del propio Arreola: “porque me ha sido dada la palabra, me pierdo en palabras y no puedo hallar la palabra que realmente me defina. En el fondo, no sé quién soy. Me escondo tras una muralla de palabras.” Esta confesión es algo así como un resumen de toda la vida del escritor. Mas no por lo tardío y otoñal trasluce tanta amargura, perplejidad y desasosiego ante la vida y su propio arte.  En un soneto escrito mucho más antes, dice:

           Combatido por vientos y mareas,
           sitiado por humanas tempestades,
           sólo distingo sombras de verdades
           en el confuso mar de mis ideas.
     Y esta es toda una duda ontológica, la de un hombre verdaderamente atormentado por la problemática existencial, un cuestionamiento trágico con respecto a su propio ser. “Todo lo que he escrito, breve y objetable, tiene una razón de ser ya que se compromete con el drama del hombre”, nos confiesa el escritor. ¡Cuán lejos todo eso de la supuesta autosuficiencia de un verbo pulido y brillante, de una actitud olimpuda e inapelable! Tras tantas máscaras voladizas se nos presenta un ser atribulado por interrogaciones que no tienen respuesta y lo empujan a ir buscando, cambiando y barajando variantes de un existir nunca completo y acabado. De ahí los títulos más que elocuentes: Varia invención, Confabulario, Bestiario, Variaciones sintácticas, etc. ¡Y para el colmo se le antoja titular toda una sección nada menos que Cantos de mal dolor! Se ve bien a las claras que unos títulos así sólo pueden servir para designar un mundo desequilibrado, inestable, en constante variabilidad, o sea, un mundo y una conciencia en busca de su propia identidad.

     A estas alturas ya podemos volver una vez más a la cuestión del estilo arreoliano, que suele considerarse como acabado, perfecto y equilibrado. En uno de los artículos dedicados a la obra de J.J.Arreola, Antonio Alatorre manifestó: «“Confabulario” y “La Feria” pertenecen al canon de la literatura mexicana de este siglo [el XX]. Relatos breves y perturbantes, con un equilibrio estilístico excepcional... etc.» Evidentemente,  lo del “canon” cae por su propio peso, ya que Arreola lo que hizo, fue combatir todos los cánones, preceptos y formas prescritos. Y en cuanto a lo “acabado” y “equilibrado” también me parece que el asunto queda resuelto. Pero lo que nos urge ahora es apreciar estos conceptos no ya desde la poética del propio escritor, sino desde el contexto de la cultura mexicana y la hispanoamericana puesto que la obra arreoliana es inconcebible fuera de ésta.

     La poética de J.J.Arreola está hondamente compenetrada con la autoconceptuación del ser latinoamericano, incluso la ejemplifica. Y esta reflexión en torno a su propia manera de ser, se dio con mayor relieve precisamente en México allá por los años 30-50 del siglo XX. Ubicada en este proceso, la obra de J.J.Arreola, a la par con la de Juan Rulfo, pero muy a su manera,   significó todo un salto en la evolución de la literatura mexicana y la hispanoamericana. Era una época, cuando para dar con lo genuinamente mexicano había que romper una imagen estereotipada e institucionalizada del ser nacional, había que rebelarse contra un nacionalismo dogmático y comodín, contra “una vida cultural solemne y rígida” (Carlos Monsivais). Fue una ruptura con respecto al pasado, con respecto a los falsos conceptos de antaño, con respecto a imágenes impuestas. Fue un paso del descriptivismo al discurso sugestivo, a la escritura subjetivizada y subversiva, pero también basada en vivencias colectivas, en la vida popular. Se trataba, a la vez que de una ruptura, de una concentración del espíritu nacional, de la forja de la imagen de lo mexicano plasmada en escritura novedosa, abocada al problema de la identidad nacional.

     Este sí que fue un problema muy grande porque se trataba de cumplir con una doble misión: rechazar una imagen adulterada de sí mismo y buscar una otra, la verdadera, la auténtica. De ahí que en la obra de J.J.Arreola se dén simultáneamente dos corrientes encontradas: la del rechazo y la de la búsqueda. El escritor pone a prueba los falsos valores morales, los revuelca, uno por uno, se mofa de ellos y, a fuerza de dudar de sí mismo, llega a una visión del mundo las más de las veces negativa y escéptica. Sin embargo: “Yo soy una persona que nunca perdió ni ha perdido ni perderá jamás su condición de ser un perceptor a la muy mexicana de los fluidos universales  que circulan por todas partes.”

     Una vez planteado el problema de su manera de ser, J.J.Arreola, como todo intelectual mexicano de su tiempo, desemboca en la reflexión en torno a su otredad, su condición de ser distinto con respecto a modelos que se creían dechados existenciales. Se da cuenta de que es un ser diferente, distinto en cuanto a su propio pasado y a la noción que tenía de sí mismo. Entonces, se siente ajeno a su propia manera de ser. Y surge la conciencia de un ser escindido, desdoblado, incompleto; un ser que, apenas llegado a la mayoría de edad etnocultural, empieza a percibir su incompletez, su falta de integridad. La conciencia del narrador también se desdobla, se estratifica, genera personajes gemelos pero enfrentados uno al otro. Y esta es una razón de sobra para poder hablar de un otro Arreola: el que se busca en la otredad de su propio ser.

                                                           Juan Rulfo y Juan José Arreola.

     Un ejemplo típico de este sentimiento de la otredad lo brinda el cuento titulado Autrui: literalmente quiere decir “otro”, pero este concepto viene aún más trastocado porque aparece en francés, de ahí un doble desdoblamiento, todo un trastrueque, una verdadera jugada ajedrecística, tan propia de la mentalidad de Arreola. Como muy bien ha dicho la investigadora Sara Poot, en “este duelo verbal se percibe la presencia del otro.” Pero este duelo, creo yo, no denota antinomia sino multiplicidad. Por eso en este enfrentamiento a menudo mortal, nunca hay vencedores ni los puede haber. Según Arreola, la finalidad de la vida no es ni ganar ni perder: está en encontrarse uno consigo mismo en situación de multiplicidad, tal y cómo sucede en el tablero de ajedrez, donde el ideal, dice el Maestro, está en hacer las tablas, aunque en la practica vital este ideal de igualdad siempre resulta inalcanzable. La situación de disyuntiva o bien se soluciona con la muerte de ambos contrincantes, o bien queda sin resolver. O sea, el problema no tiene solución unívoca: “Porque yo también soy dos: el que pega y el que recibe las bofetadas.” Pero, más que una escisión, más que un desdoblamiento, es una plurivalencia, una heterogeneidad de la cosmovisión. Curiosamente, esta postura literaria tiene mucho que ver con la de Dostoievski,  quien dio un paso, en términos del gran teórico ruso M.Bajtín, de la escritura monótona a la polítona, del discurso monofónico al polifónico. Véase el caso de La Feria al respecto.

     Esta revolución artística realizada por Arreola, todo un antiinstitucionalista, significó que el mexicano, deseoso de elaborar el verdadero concepto de sí mismo, debía primero rechazar una imagen íntegra pero falsa y caduca para aceptar la otra, la verdadera con todo lo desdoblante, múltiple y enfrentada que fuese.

     Para leer a Arreola tal y cómo es, hay que saber distinguir dos cosas en su narrativa: la estructura externa, o sea, la discursiva, y la interna, que es la forma interior de su pensamiento artístico. Esta última sólo se revela a nivel de metatexto que comprende toda la obra en su conjunto. Así, sólo a nivel de metatexto puede cobrar una interpretación idónea el motivo del sombrero que aparece en varios textos de Arreola, incluido el de sus dibujos y el de su vestuario. Símbolo y prenda del hombre, del arquetípico macho mexicano por excelencia, con todas las connotaciones negativas que lleva implícitas, el sombrero deviene toda una metáfora de la vida falsa, impropia, que hay que rechazar, cambiar por otra que mejor se avenga con uno. Siendo símbolo masculino (a la vez que prenda del juglar), el sombrero en la obra de Arreola se cuestiona porque se está cuestionando todo un sistema de valores propios del pasado.

     Lo mismo podría decirse con respecto a otro símbolo del hombre mexicano: los zapatos (este culto a zapatos, zapatos negros y siempre lustrosos bien se aprecia a distancia, visto con ojos de extranjero). Cabría recordar su memorable Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos. Claro que el motivo de los zapatos tiene sus antecedentes en la biografía del autor a quién le tocó andar de vendedor ambulante de zapatos, como también tiene que ver con su afición por cosas-cosas, por la  artesanía. Pero a nivel de metatexto, tanto el sombrero como los zapatos, desempeñan un papel simbólico para designar una existencia mal hecha o maltrecha, la que hay que cambiar por una otra, más conveniente.

     Y ya con base a este sistema de criterios, cabe dilucidar otro motivo, igual de recurrente, que lamentablemente le costó mala fama al escritor. En efecto, mucho se ha hablado sobre la supuesta misoginia de éste. Es cierto, muchos son también los textos que, al parecer, detectan su desprecio por lo femenino; más chocante suele resultar la forma en que se expresa este desprecio. Sin embargo, esta actitud negativa con respecto a lo femenino, dista mucho de ser una manifestación de machismo o de una sicología personal dizque desviada, que importa sólo a nivel biográfico y de ninguna manera debe tomarse al pie de la letra. Aquí la trama, lo que se expone a nivel narrativo, no es más que una corteza, una superficie, una forma convencional que adquiren sus ideas que van más allá de lo meramente anecdótico.

     Ahora bien, ¿por qué Arreola se ensaña tanto con la imagen de la mujer? No es él ningún misógino, por cierto. El mundo artístico de Arreola, como se ha dicho ya, todo lo pone en tela de juicio, todo lo cuestiona con tal de dar con el meollo de las cosas, de develar las hondas verdades de la existencia. Pero... “sólo encuentro sombras de verdades / en el confuso mar de mis ideas”, confiesa el escritor. Y en este confuso mar de las ideas, la imagen de la mujer, símbolo de la vida, del hogar, de la tradición, de todo lo estable, adquiere una interpretación completamente novedosa como lo es toda la obra de Arreola.

     No olvidemos que son precisamente los conceptos de la estabilidad, de la tradición  devenidos puro estancamiento, contra los que pugna Arreola a lo largo y a lo ancho de toda su creación artística. De ahí que no es contra la mujer que se rebela Arreola sino contra todos lo conceptos y valores caducos, añejos, enfermizos de los que adolecía la sociedad mexicana de su tiempo. Pero el hombre Arreola es también parte de esta misma sociedad, por lo tanto su actitud hacia la mujer es doble,   ambigua (“la dicotomía radical que sufro, un afán muy grande de pureza al que se opone mi radical impureza”), como lo son otros motivos magistrales de su obra, teológicos y existencialistas, ante todo. “Esa radical amagura la he recargado en la mujer.” En la obra arreoliana, la imagen de la mujer deviene algo así como un campo de batalla de valores antagónicos que no encuentran reconciliación. 

     Y toda su obra es en realidad un continuo diálogo consigo mismo, un pleito, un duelo sin resolver.
No es nada casual que su verbo sea acre y subversivo: dudando de la condición humana, renuente de aceptar soluciones  que provengan de arterías teológicas, el artista pensador se queda a solas consigo mismo y entonces decide salir a la calle y aceptar la cotidianidad como la única realidad posible. Mas tampoco ésta le brinda consuelo porque dista mucho de ser ideal, a la que no deja de aspirar el sujeto de su drama vivencial. “Lucho por mi concepción del mundo. Quiero entender mi vida personal. Quiero saber quién soy. Y quiero también, humildemente, entender la historia y la evolución del espíritu. Hasta ahora, la veo como un fracaso gigantesco, a pesar de todas las tentativas religiosas, científicas, políticas. Por eso pienso en un nuevo mundo. Y al pensar en un nuevo mundo, vuelvo a pensar también en mi propio encuentro, en mi propia organización, en mi vida nueva, aunque sea en mis años ya últimos y breves. ...De allí que todo en mí apunte a un apocalipsis, a una nostalgia de aurora, a una visión de la tierra prometida, aunque sea en el momento de la muerte.”

     Esta doble visión, anhelante y angustiosa a la vez, es la que define la mundividencia arreoliana. Personalidad desequilibrada, artista neurótico como los hay pocos en la cultura universal, Arreola es como una cuerda sutil que vibra al toque de los aires de la época.

                                                      Vicente Leñero y Juan José Arreola.

     Su papel en la cultura mexicana es, antes que nada, el de un jugador que rompe, con su ironía y actitud burlesca, el monolito de la seriedad oficialesca, de una sociedad que ya se sabe obsoleta. Al mismo tiempo el gran juglar lucha contra la solemnidad de un discurso cultural devenido falsedad, contra los muertos cánones literarios. Y este revolcar los valores falsos es la característica principal que define toda su obra, empezando por una de sus cosas más tempranas, el relato todavía muy discursivo Hizo el bien mientras vivió. De este actitud lúdica y burlesca proviene también su Bestiario: animales como plasmaciones grotescas de caracteres y procederes humanos.

     Finalmente, cabría preguntarse: ¿cómo se corresponde la obra de J.J.Arreola con el proceso literario mexicano? Cuestión nada fácil porque Arreola prácticamente no es un escritor como para encasillarlo dentro de un esquema generacional ni estético. Paradójicamente, creador de talleres y forjador de escritores, Arreola acabó por ser un caso excepcional en las letras mexicanas. Sin pertenecer a la pléyade de escritores que promovieron el llamado boom latinoamericano, más bien lo precedió.

     Sin embargo, la poética de Arreola posee muchos rasgos y propiedades que permiten trazar correspondencias tipológicas tanto con la literatura latinoamericana como con la universal. Digamos, este mirarse en el espejo de lo inalcanzable, de lo inapresable, el de una utopía, quizás, es una actitud común a todas las literaturas de América Latina. Se trata de un intento de modelación de una identidad cultural mediante fantasmas, espejismos, imágenes irreales. Recordemos que Arreola mismo ha confesado que nunca se ha encontrado a sí mismo en esta búsqueda afanosa y este cambiar de apariencias.

     Por otra parte, y como contrapeso a las búsquedas utópicas, encontramos en su obra otra particularidad, también muy propia de la mentalidad latinoamericana: se trata de algo opuesto, de timbre muy terrenal, del afán  de hacer suyas todas las cosas de este mundo, de hacer un inventario de éstas (de ahí tanto “–ario” en los títulos de sus libros), de hacer un inventario total del mundo latinoamericano, que aún está por descubrir y por conocer, de “nombrar las cosas por sus nombres”, al decir de A.Carpentier, o más bien, de renombrarlas de acuerdo a su manera de ser inmanente.

     En fin, lo uno y lo otro, lo utópico y lo terrenal, confluyen en una estrategia cultural orientada a la construcción de un mundo nuevo, a la modelación de una identidad cultural auténtica, la nacional y la latinoamericana. Esta aleación de visiones (una, utópica y la otra, terrenal) genera un enfoque escatológico: “De allí que todo en mí apunte a un apocalipsis, a una nostalgia de aurora, a una visión de la tierra prometida, aunque sea en el momento de la muerte.” Este apuntar a un más allá ontológico supone un comportamiento activo de parte del artista. Es entonces que surge el fenómeno de la actitud lúdica.

     Queda por dilucidar el por qué de este fenómeno. Por supuesto que es un rasgo muy peculiar, específico de la personalidad de Arreola. Pero vistas las cosas a nivel de metatexto cultural, el que incluye su vida personal, su obra y el acontecer histórico, resulta que semejante tipo de personalidad artística no aparece así por así: es reclamada por el propio devenir histórico-social. A esta situación se refería Octavio Paz, al decir: “Escribir, jugar y vivir se vuelven realidades intercambiables.” 

     Semejente tipo de personalidad artística siempre aparece en los momentos cruciales de historia nacional. Este fenómeno se dio a conocer en el gozne de los siglos XIX y XX, cuando se trataba de un gran cambio en los paradigmas universales. En Rusia, país reformador por antonomasia, dicho tipo de actitud artística recibió el nombre de zhisnetvorchestvo, que quiere decir algo así como “creación de la vida” o “el vivir artístico”. Este “vivir artístico” con mayor relevancia se manifestó en el krausismo español lidereado por Fr.Giner de los Ríos y J.Sanz del Río. En Latinoamérica este “vivir artístico” se plasmó en la vida y obra de los grandes creadores del Modernismo hispanoamericano, en las figuras de Rubén Darío y José Martí, ante todo. En el Modernismo hispanoamericano se dio con mayor relieve el afán por inventar un mundo nuevo, el que se correspondiera con el sentir y el vivir del hombre latinoamericano.

     Y ya a comienzos del siglo XXI, con una desastrosa centuria que acabamos de dejar a nuestras espaldas, a la hora de buscar un paradigma cultural nuevo, este papel de renovador le correspondió al artista mexicano J.J.Arreola quien lo cumplió plenamente, ejemplificando en su figura uno de los momentos decisivos del devenir nacional y continental.

Acerca del autor del artículo:

                                                                         Yuri Girin.

Yury Girin (Yuri Nikolaevich Guirin)

Nació en una Stanitsa del don (campamento cosaco) cercano a la ciudad de Rostov, URSS., el 8 de noviembre de 1946. Su formación la realizó en el Instituto Pedagógico de Idiomas Extranjeros, Facultad del español de la ciudad de Piatigorsk  de 1965 a 1970. Y en la Universidad Lomonosov de Moscú en la especialidad de literatura latinoamericana. Tiene el grado de Doctorado en Letras.

          Sus actividades profesiones ha sido como redactor y traductor en las editoriales: “Progreso” y “Raduga” de 1981 a 1991. Así como colaborador científico en el Instituto de América Latina en la Academia de Ciencias de Rusia de 1992 a 1993. Es desde 1993 hasta en la actualidad investigador y traductor en el Instituto de Literatura Universal de la propia Academia de Ciencias de Rusia.

          Autor de numerosos trabajos dedicados a las literaturas nacionales de América Latina, así como a las figuras más eminentes de ésta: José Martí, José Lezama Lima, Pablo Neruda, César Vallejo, Gabriel García Márquez. Es el traductor de la novela “La Feria” de Juan José Arreola al Ruso.

          Monografías: “La poesía de José Martí” (2002, en ruso y en español), “La poética de lo extraliminal” (2008), “El cuadro del mundo de la época de la vanguardia” (1914) y también es autor de investigaciones de carácter teórico y culturológico que abordan problemas de la cultura universal. Sus trabajos han sido publicados en Cuba, México, Brasil, Bulgaria y Japón.

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